Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

La salud o la nota: cuando el esfuerzo por un 13 «asfixia» en Bachillerato

Insomnio y miedo a fallar en la carrera por la nota son parte del sufrimiento silencioso del alumnado más autoexigente de 2º de Bachillerato. No son muchos pero tampoco una anécdota. Pueden estudiar hasta romperse: la presión por la nota perfecta, para entrar en Medicina, Ingenierías o un doble grado provoca ansiedades impensables en otra época

Primer día de selectividad en Galicia el curso pasado.

Primer día de selectividad en Galicia el curso pasado. / FdV

Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

En segundo de Bachillerato los días empiezan pronto y terminan tarde. Clases, exámenes encadenados y una palabra que aparece una y otra vez en los pasillos: PAU.

Para una parte pequeña del alumnado, aunque cada vez más visible, la carrera por la nota perfecta deja algo más que cansancio académico. Causa ansiedad, desgaste emocional y la sensación de que todo el futuro depende de un número con dos decimales. No ocurre en todos los grados, ni le pasa a todo el alumnado. Pero tampoco es una rareza.

En Galicia, con grados sanitarios y dobles titulaciones disparados en demanda, y con cada vez más estudiantes entrando con calificaciones muy altas —más del 20% de los universitarios gallegos lo hicieron ya con notas de 12 a 14, según publicó FARO—, hay alumnos para los que el último curso de instituto deja de ser una etapa y se convierte en prueba de resistencia.

Del estrés a la ansiedad

El estudiante de Redondela, David Lago Alonso lo está viviendo este curso. Tras lograr la medalla de plata en la Olimpiada Informática Internacional en Bolivia con solo 16 años, reconoce que el salto desde primero de Bachillerato es evidente. «Segundo es mucho más estresante y difícil, sobre todo en las semanas de exámenes con asignaturas de memorizar», explica.

Y el problema no es solo la carga de trabajo, sino la sensación de que no hay margen para fallar. «Si quieres entrar en una carrera con nota alta sabes que no puedes tener un examen muy malo. Aunque los profesores sean comprensivos si fallas una vez, sigue generando mucha presión».

Y esa ansiedad se manifiesta de formas distintas entre los compañeros. «Depende mucho de la persona. Hay gente que se deprime más y otros que viven muy estresados. Hay bastantes casos de alumnos con mucha ansiedad por las notas», reconoce justo antes de participar en una prueba de física.

Pero ese desgaste no es nuevo. Carla Dopazo, estudiante de tercer curso del grado de Matemáticas y parte de la Asociación Galega de Estudantes en Matemática (MaEGA), recuerda bien su experiencia. «En Bachillerato tuve ataques de ansiedad, aunque entonces no sabía que lo eran», explica. El estrés llegó a provocarle vértigos durante el curso. Según relata, no era un caso aislado. «En mi promoción conocí a más de cinco personas que tuvieron que dejar Bachillerato por ansiedad, depresión o problemas de salud mental relacionados con los estudios».

El fenómeno, asegura, acaba normalizándose entre el alumnado. «Llega un punto en segundo en el que la mala salud mental está tan extendida que parece algo normal. Renuncias al tiempo libre, a las actividades que te gustan, y solo estudias». Incluso la vocación puede diluirse en ese proceso. «Muchos estudiantes llegan a un momento en el que ya ni quieren entrar en la carrera que soñaban. Solo quieren acabar el curso», asegura.

Una chica estudiando un examen de Bachillerato.

Una chica estudiando un examen de Bachillerato. / MJ LOPEZ

La pedagoga y orientadora gallega Sonia Camino observa esa presión creciente desde hace años. A su juicio, el aumento de las notas de corte ha reforzado una cultura de perfeccionismo entre el alumnado. «Muchos sienten que tienen que rendir al máximo y que no pueden permitirse fallar», explica.

Esa práctica, añade, se observa especialmente entre las chicas, que suelen mostrar niveles más altos de autoexigencia. Cuando la presión se intensifica aparecen síntomas cada vez más frecuentes: insomnio, pensamientos intrusivos o sensación de fracaso. Camino recuerda el impacto que le causó escuchar a un psicólogo clínico explicar que en segundo de Bachillerato se concentran numerosos intentos de suicidio relacionados con la presión académica. «Fue un dato que me dejó muy tocada», reconoce.

Asimismo, la orientadora en un centro de Secundaria y tutora del máster de profesorado, Paula Suárez, considera que parte del problema reside también en el propio sistema educativo. «Seguimos premiando la capacidad de memorizar y de superar exámenes más que el aprendizaje significativo», explica.

Eso convierte los últimos cursos de secundaria en una sucesión de evaluaciones que el alumnado percibe como determinantes para su futuro. A esa presión institucional se suman las expectativas sociales y familiares. «En ocasiones el interés por una carrera concreta no nace de la motivación del alumno, sino del prestigio o de las salidas laborales que se le atribuyen», señala.

¿Orientados por sus padres?

Desde los institutos, los docentes también detectan esa tensión. Fina Paulos, profesora del IES de Baio, describe un ambiente donde las notas se convierten en el centro de las conversaciones. «El alumnado siente que no puede permitirse fallar ni una décima. A veces dicen que en segundo solo escuchan tres palabras: PAU, nota de corte y examen». También, que en ocasiones son los padres quienes dirigen al alumnado hacia salidas que se presuponen con elevado «estatus».

La jefa de estudios del IES Xesús Ferro Couselo de Ourense, María Xosé Fernández Casas, confirma que la ansiedad se ha vuelto más visible en las aulas tras 20 años de experiencia. «Temos alumnos que chegan ós exames tras durmir so unha hora», explica. Sin embargo, también observa una paradoja: mientras crece la ansiedad, la capacidad de trabajo sostenido parece disminuir en parte del alumnado. Se frustran mucho, pero a veces falta constancia, capacidad de esfuerzo y anticipación. Sin embargo , «o temor polo exame PAU é infundado», sostiene. Ese argumento lo comparte parcialmente Bárbara, madre de dos estudiantes de instituto, que mira a esta generación con escepticismo: cree que estudian menos, que abusan del atracón final y que la tecnología ha cambiado para mal la relación con el esfuerzo.

Desde la Asociación de Directores e Directivos de Galicia (Adigga), su presidenta Isabel Ruso recuerda que ese curso siempre ha sido exigente. «La cantidad de materia, lo corto que es el curso y la importancia de las notas hacen que sea una etapa complicada», explica. Por eso los centros tratan de seguir de cerca a los alumnos y derivar a las familias cuando detectan dificultades. Entre una mirada y otra se mueve el verdadero reportaje. No todos los alumnos viven 2º de Bachillerato como un abismo. Ni todas las vocaciones exigen una carrera de fondo extenuante. Pero los casos de sufrimiento existen y merecen ser mirados sin caricaturas. La pregunta ya no es solo quién entra en la carrera que quiere. La pregunta es en qué condiciones llega.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents