Medicina
«Habrá mejoras importantes en metástasis cerebral en 10 años»
Decidió cambiar la veterinaria por la neurociencia y se embarcó en uno de los mayores desafíos de la investigación oncológica actual: entender y frenar la metástasis cerebral, durante años el gran punto ciego del cáncer. El jefe del grupo de Metástasis Cerebral del Centro Nacional de investigaciones Oncológicas (CNIO), Manuel Valiente explica en Vigo por qué el cáncer que llega al cerebro exige mirarlo como una entidad propia, qué ha cambiado para que deje de ser «la gran olvidada» y por dónde pasan las oportunidades terapéuticas

El investigador Manuel Valente. / Pablo Hernández
Tras un seminario en el CINBIO en Vigo, el investigador y referente internacional en metástasis cerebral, Manuel Valiente repasa el papel de la red RENACER en muestras de pacientes y ensayos clínicos con participación del Chuvi. Valiente (Zaragoza, 1980), veterinario de formación, hizo su tesis doctoral en el Instituto de Neurociencias de Alicante junto a Óscar Marín, quien asegura que aún es uno de sus referentes.
—Para situarnos: cuando hablamos de metástasis cerebral, ¿de qué hablamos exactamente?
—La metástasis nace de un tumor primario. Por ejemplo, un cáncer de pulmón se origina en el pulmón, pero algunas células se diseminan y pueden acabar en el cerebro. Si allí logran crecer y colonizar el órgano, hablamos de metástasis cerebral.
—Usted insiste en que no es solo una «prolongación» del tumor original.
—Porque esas células, al instalarse en un ambiente distinto, pueden evolucionar. Se parecen al tumor primario, pero desarrollan estrategias propias para sobrevivir y crecer. Eso puede traducirse en sensibilidades distintas a fármacos: tratar «como si fuera» el tumor de origen no siempre funciona. De ahí la necesidad de investigar la metástasis como un problema específico.
—Durante años fue una gran olvidada en investigación y ensayos clínicos. ¿Qué ha cambiado?
—Ha mejorado el tratamiento del cáncer en general. Y eso destapa retos que antes quedaban al final de la lista. La metástasis cerebral suele aparecer más tarde en la evolución, se estudió poco y muchos ensayos ni siquiera admitían a estos pacientes. Hoy vemos que algunos tratamientos controlan bien la enfermedad fuera del cerebro, pero hay pacientes que, incluso tras años de respuesta sistémica, recaen en el cerebro. Eso ha movido el tablero.
—¿Por qué el cerebro puede actuar como «refugio»?
—En parte por su aislamiento. Para proteger un órgano vital existe la barrera hematoencefálica, una barrera vascular que dificulta la entrada de muchos compuestos, incluidos fármacos. Entender cuándo bloquea de verdad un tratamiento y cómo sortearla de forma segura es una prioridad.
—En su trabajo aparece otra idea clave: el microambiente cerebral.
—Sí. Hemos visto que células del cerebro se alteran en presencia del tumor metastásico: activan programas moleculares que no deberían. El tumor lo aprovecha y consigue que el microambiente, en vez de «trabajar para el cerebro», le ayude a crecer. Si cortamos esa comunicación, el tumor lo tiene más difícil. Dicho de forma gráfica: el tumor «zombifica» a células del entorno.
—A corto plazo, ¿qué ve más prometedor reutilizar fármacos, diseñar nuevos o combinar estrategias?
—No es una disyuntiva. Hay que explorar todo: fármacos más dirigidos y menos tóxicos, combinaciones y una visión clínica realista. Muchos pacientes reciben cirugía, radioterapia y terapias sistémicas, y aun así no siempre basta.
—¿Qué papel jugarán la biología computacional y la IA?
—Pueden acelerar la selección de candidatos y ayudar a priorizar mejor qué probar, además de explorar combinaciones y toxicidad. No sustituyen la evidencia clínica, pero pueden hacer más eficiente el camino.
—En el CNIO han creado una plataforma para testado personalizado y un biobanco vivo.
—Buscamos medicina de precisión funcional: no quedarnos solo en describir genes alterados, sino probar fármacos en muestras vivas seleccionadas por el perfil molecular de la metástasis. Con tejido fresco de pacientes, que cultivamos unos días, podemos medir sensibilidad a tratamientos y generar información accionable.
—¿Siguen haciendo falta más ensayos clínicos con pacientes con metástasis cerebral?
—Sí. Hace diez años era rarísimo ver ensayos que los incluyeran; ahora son más frecuentes y ya conocemos fármacos eficaces en metástasis cerebral. Pero si queremos mejorar, hay que invertir en ensayos. Permiten probar tratamientos y, a la vez, recoger muestras y datos clínicos. Hoy la recaída en el cerebro limita a muchos pacientes con enfermedad controlada fuera de él.

El investigador Manuel Valiente en el Cinbio, en el campus vigués. / Pablo Hernández
—Su grupo también mira calidad de vida y efectos cognitivos.
—Con supervivencias más largas, la calidad de vida es central. Además, crece la neurociencia del cáncer: estudiar cómo tumores y sistema nervioso se influyen mutuamente. En metástasis cerebral aún no sabemos por qué algunos pacientes desarrollan alteraciones cognitivas y otros no, y estamos trabajando en ello.
—Galicia, y en concreto Vigo, tiene un papel relevante en la Red Nacional de Metástasis Cerebral.
—Muy relevante. El Chuvi (Complejo hospitalario de Vigo en el que se integra el hospital Álvaro Cunqueiro) es uno de los hospitales más implicados desde el inicio y uno de los que más muestras aporta. Ha participado en muchos de los estudios que hemos publicado en revistas de alto impacto y algunos de esos trabajos ya se están trasladando a ensayos clínicos. Esto es posible gracias al enorme esfuerzo de los profesionales sanitarios y a la generosidad de los pacientes gallegos, que donan muestras en momentos muy difíciles, como una neurocirugía.
—¿Cuándo se creó la red y qué dimensión tiene ahora?
—La fundamos en 2021 con tres hospitales de Madrid. Hoy somos 21 hospitales, varios laboratorios y el biobanco del CNIO. Tenemos datos de 517 pacientes, lo que se traduce en miles de muestras y una enorme cantidad de información molecular y clínica. Ese crecimiento refleja el interés real por plantar cara a la metástasis cerebral desde la colaboración.
—Para terminar, una pregunta más personal. ¿Qué rasgo explica mejor su trayectoria científica?
—La paciencia no es una de mis virtudes —eso seguro—, pero sí soy muy persistente. Las cosas no me han salido a la primera y eso, en lugar de desmotivarme, me ha empujado a insistir. En investigación, creo que esa combinación de motivación y cabezonería es casi tan importante como la inteligencia.
—¿Y qué le devuelve el equilibrio cuando apaga el laboratorio?
— La familia, sin duda. Y también pequeñas cosas: algo de deporte, la música y aprovechar ratos sueltos para alimentar otras curiosidades. No siempre hay tiempo, pero es fundamental no perder ese equilibrio.
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