Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

«El suelo degradado por los incendios pierde capacidad para retener agua»

Agustín Merino, experto en suelos, explica cómo un terreno mal conservado debido a los incendios recurrentes o a la agricultura intensiva incrementa el riesgo de inundación cuando hay lluvias intensas

Agustín Meríno, Catedrático de la USC y Edafólogo

Agustín Meríno, Catedrático de la USC y Edafólogo / USC

Santiago

La borrasca Leonardo, que está teniendo consecuencias devastadoras en toda la península, ha sido la gran protagonista de estos días, con pueblos inundados y ríos al límite de su capacidad por todo el territorio debido a las intensas lluvias. En Galicia, de hecho, hay al menos veinte ríos bajo vigilancia por posibles desbordamientos.

Pero en esta ecuación las precipitaciones no son el único factor a tener en cuenta: uno de los grandes olvidados es el suelo, que, si está «sano y vivo», cumple la función fundamental de retener el agua y liberarla poco a poco. Una tarea que el terreno no puede llevar a cabo si está degradado, y entre las muchas causas que hay detrás, en Galicia uno de los claros responsables de que así sea son los incendios. En el resto de España, en cambio, son otros los factores decisivos, como la agricultura intensiva o el sellado del suelo producido por las infraestructuras o el asfalto, que obstaculiza la infiltración natural del agua.

De hecho, tal y como explica el Catedrático de la Universidade de Santiago de Compostela (USC) del área de Edafología y Química Agrícola, Agustín Merino, si bien el cambio climático está directamente relacionado con las intensas y concentradas precipitaciones, no es el único responsable de las inundaciones y desbordamientos que se están viendo por todo el país. Sí, en muchas zonas, incluida Galicia, ha llovido por encima de la media, pero a esto se suma que el suelo ha perdido su capacidad de actuar como una «esponja».

Territorio quemado en el entorno de A Lagoa da Serpe, en Ourense, tras los incendios del verano pasado.

Territorio quemado en el entorno de A Lagoa da Serpe, en Ourense, tras los incendios del verano pasado. / EFE

«El suelo forestal bien conservado retiene el agua cuando hay un exceso», señala Merino, y tiene la capacidad de soltarla poco a poco en época de sequía. En cambio, «un suelo mal gestionado y degradado no tiene capacidad de amortiguación (esto es, de acumular aguas pluviales)», lo que genera avenidas de agua cuando llueve y recrudece los episodios de sequía.

En esta degradación del suelo influyen muchos factores, que no son los mismos en Galicia que en otras zonas del país. Para empezar, en la comunidad gallega Merino señala a los incendios como una de las principales causas, como los que arrasaron más de 100.000 hectáreas este verano y que afectan recurrentemente a la comunidad. Muchos ríos, explica, ahora están saturados de sedimentos de las zonas quemadas, pero, además, el terreno ha perdido gran parte de su capacidad para retener agua.

Tras el fuego, señala, «el suelo tarda muchísimo en recuperarse», y todavía más en pendiente, donde la erosión puede ser de varios centímetros de suelo. Además, en Galicia, debido a su particular composición rocosa, «generar un centímetro de suelo [después de un incendio] requiere cientos de años». «La degradación del suelo hizo que se desnudase, que no hubiese vegetación, y ahora con estas lluvias tan persistentes, lo están rematando», asevera.

Generar un centímetro de nuevo suelo después de un incendio lleva cientos de años

Un efecto similar al de la dana de Valencia

En cambio, en Galicia no afectan tanto cuestiones como la agricultura intensiva, que sí tiene consecuencias muy graves que ahora se están viendo en otras zonas del país. «El suelo es un sistema vivo, con microorganismos», y si se usa «de una forma tan industrial como ocurre en zonas con mucha vocación agrícola, como en el centro de España que ahora está prácticamente inundado, el suelo no infiltra por mucho que se limpien los cauces», que es una de las críticas que se han escuchado recientemente. Es similar, señala, a lo que sucedió con la dana en Valencia: «El problema no fue la canalización, sino que todos los cultivos de naranja dejan el suelo completamente sellado por falta de vegetación y de medidas de conservación hacen que no infiltre como debería y que el agua corra por la superficie». 

«Nosotros [en Galicia] no tenemos una tradición agrícola tan intensa como allí, y los suelos agrícolas están muy destinados a la ganadería». Aunque se plante maíz, en invierno vuelven a transformarse en praderas para alimentar el ganado, que por lo general «mantienen el suelo con vida y con buena salud». «Aquí lo que tenemos son los incendios, que no somos capaces de evitar. Y cuando se evitan, los gastos de extinción son tan grandes que luego no quedan recursos para restaurarlos». Como consecuencia, la salud del suelo gallego y de sus praderas cada vez es menor, si bien en esto también influye el uso de purines y fertilizantes.

Otra diferencia con el resto del país es el sellado urbano del suelo a causa de las infraestructuras. Cuando una zona está edificada o asfaltada, se crea una capa impermeable que reduce su capacidad de infiltrar el agua, por lo que ya ni siquiera tiene la posibilidad de ser absorbida. En todo caso, afortunadamente en Galicia esta cuestión no es tan problemática porque es una zona «que no está superpoblada», como sí ocurre en la costa del Mediterráneo, si bien, aunque en menor medida, también influye.

En definitiva, lo que señala este experto es que sí, el cambio climático está afectado al clima, pero no se lo puede tachar de único responsable de episodios como los que se están viviendo estos días en España. La acción humana, los incendios recurrentes, la agricultura intensiva, los usos industriales del suelo y, sobre todo, la no implementación de medidas adecuadas de conservación y restauración del territorio también tienen mucho que ver, ante lo que Merino apela a hacer un ejercicio de «autocrítica».

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents