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La dispersión poblacional avanza en Galicia, que ya concentra la mitad de núcleos de viviendas «diseminadas» de España

El Nomenclátor del INE contabiliza 20.872 agrupaciones de casas dispersas en 2025, casi 400 más que en 2010

La edificación alrededor de villas y ciudades y los precios imposibles en las urbes, las pistas que manejan los expertos

Una vista de la parroquia de Barbudo, en Pontecaldelas, con casas dispersas.

Una vista de la parroquia de Barbudo, en Pontecaldelas, con casas dispersas. / MARTA G. BREA

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Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

En Galicia hay una estadística que se entiende mejor mirando por la ventanilla del coche: carreteras que enlazan parroquias, desvíos que no llevan a una población en sí, sino a dos o tres casas, y un goteo de viviendas que dibuja un territorio habitado a distancia. Los datos recién actualizados por el INE en su Nomenclátor —el inventario oficial de entidades y asentamientos que remiten los concellos y que sostiene buena parte de la estadística territorial— ponen cifra a esa visión: los diseminados (viviendas dispersas fuera del núcleo) aumentaron casi un 2% en quince años. De 20.491 en 2010 se pasa a 20.872 en 2025: 381 más.

El avance no es homogéneo, pero sí persistente. Solo en el último lustro aparecen 156 diseminados nuevos (de 20.716 en 2020 a los citados 20.872 en 2025), y en la última década el saldo sube a 252 (desde 20.620 en 2015).

No solo eso. En términos comparados, Galicia vuelve a jugar en otra liga. Con casi 21.000 diseminados de los 41.239 que suma España, la comunidad concentra casi la mitad del total estatal. No se trata de un récord anecdótico, sino de una forma de ocupar el territorio: parroquias muy densas en nombres y lugares, pero a menudo poco sólidas en población real, y una red de casas que históricamente estuvo vinculada a la tierra y al minifundio. Hoy, esa herencia dialoga —a veces choca— con un urbanismo que intenta ordenar un territorio que no nació compacto.

Por provincias, el aumento no se reparte de forma uniforme. A Coruña es la más «afectada» en términos absolutos: gana 232 núcleos de población diseminados en quince años (de 6.402 en 2010 a 6.634 en 2025), lo que supone más del 60% de todo el crecimiento gallego en ese periodo; además, también lidera el último lustro (89 desde 2020). Pero si miramos el ritmo porcentual, la provincia donde más se acelera la dispersión es Ourense: suma 75 núcleos diseminados (de 1.180 a 1.255), un 6,4% de subida en quince años y 3,6% desde 2020. Lugo sigue siendo la provincia con mayor volumen de casas «perdidas» (8.664 en 2025), aunque su incremento es contenido, y Pontevedra permanece prácticamente estable (4.319 en 2025 con prácticamente un aumento de solo 0,1% en quince años).

El fenómeno convive con otro matiz: también crece el número de núcleos propiamente dichos, que pasan de 10.278 en 2010 a 10.453 en 2025. Es decir, no solo se «estira» lo existente; el patrón de asentamiento se diversifica, con nuevos puntos habitados que se agregan al mosaico. También en el apartado de los núcleos de población, Galicia registra un tercio de los existentes en España, según los últimos datos del INE de 2025.

Despoblación y diseminación

¿Por qué crece lo disperso cuando tantas comarcas pierden población? El economista y demógrafo Manuel Blanco apunta a un cóctel reconocible: «pandemia, urbanizaciones rururbanas y coste de la vivienda urbana». La crisis sanitaria revalorizó el espacio y el teletrabajo; la periferia de ciudades y villas se llenó de viviendas nuevas que no siempre encajan en un núcleo consolidado; y, mientras el metro cuadrado urbano aprieta, la casa con finca vuelve a ser una aspiración alcanzable para solo una parte de la demanda.

El resultado tiene letra pequeña. Cada vivienda aislada añade kilómetros de red, más dependencia del coche y mayores costes para llevar transporte, recogida de basuras, saneamiento, sanidad o fibra. También tensiona el suelo rústico, incrementa la fragmentación paisajística y eleva el riesgo de conflictos por usos del territorio. La dispersión, que durante siglos fue una ventaja para vivir del campo, se convierte hoy en un reto de gestión pública. El mapa gallego sigue sumando puntos; la pregunta es si la planificación logrará convertirlos en comunidad —o en una suma de hogares (no siempre habitados) y cada vez más desconectados.

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