Nicolás Pérez, de director técnico a paciente de covid persistente: «No descanso ni en cama»
El covid ya no ocupa titulares, pero aquella pandemia no está cerrada para todos. Un vecino de Marín es un afectado que quedó anclado en 2020: casi muere en África y volvió a Galicia tras una neumonía que le cambió la vida. Ahora tiene incapacidad total. La asociación gallega denuncia «abandono» tras cerrarse la última consulta específica y el Sergas asegura que se reorganizó la asistencia al caer de 12.104 atenciones en 2022 a 1.302 en 2024

Nicolas Pérez, ayer paseando por Marín. / Gustavo Santos

El covid ya no está de moda. Se fue apagando en la conversación pública. Pero hay vidas que no han podido pasar página. A Nicolás Pérez, de Marín, el calendario lo dejó clavado en marzo de 2020. Entonces era director técnico de una gran pesquera gallega en Mozambique y aquel covid-19 estuvo a punto de matarlo.
FARO contó su agonía, en coma inducido y la aventura de la vuelta a Galicia. Seis años después, con 59 años y una discapacidad del 60% reconocida, muestra una biografía partida en dos: la de antes de la infección y la de ahora. Es un itinerario sanitario sin hilo conductor.
Su testimonio emerge justo cuando la política vuelve a mirar, aunque sea de reojo, a los pacientes de covid persistente. La portavoz de Sanidade del PSdeG en el Parlamento de Galicia, Elena Espinosa, acusó a la Xunta de «dejar tirados» a los afectados tras el cierre en Ourense de la unidad de enfermería específica, «la única que resistía». Pérez no llegó a pasar por una unidad postcovid, pero su relato encaja con esa denuncia, como una pieza más de una realidad dispersa. «Abandono», resume.
Desde rehabilitación en Pontevedra, a Nicolás le hablaron de asociaciones, pero no llegó a contactar. Le diagnosticaron un cuadro «crónico» y luego la Xunta certificó (en 2025) su discapacidad. «Tuve que pelearme por el reconocimiento de la incapacidad permanente total, que me retiraron por una «mejoría» que no existía y no estaba acreditada médicamente y me obligó a acudir al juzgado», explica.
El cuerpo, dice, quedó «tocado» desde aquellos días en Mozambique, cuando estuvo inmovilizado: «Desde que me tenían amarrado a la cama… se me quedaron esas úlceras». Una de ellas tardó medio año en cerrar. Otra sigue abierta: «Tengo una úlcera abierta en el pie izquierdo desde hace seis años». La vemos. Es cierto: sigue abierta. Ha pasado por podología y traumatología y se costea las curas.
Además, el Sergas le diagnosticó una «polineuropatía en miembros inferiores», pero la incertidumbre persiste. Y a esa herida se suman secuelas neuromusculares. «Me quedó falta de sensibilidad y un dolor permanente en las piernas y pies». La consecuencia no es abstracta: es una inestabilidad que le impide volver a la mar. «Yo trabajaba en los barcos… pero no tengo el equilibrio que necesito para volver».
Las noches tampoco son un refugio. «Me desvelo con calambres. No es un descanso para mí irme a la cama; me despierto con tirones musculares». Un golpe no solo físico. «Tengo incluso flashbacks, sueños recurrentes». Su seguimiento en el Sergas se limita, dice, a psicología y psiquiatría cada cinco o seis meses.
El impacto económico completa el derrumbe. Pérez habla sin rodeos de una caída de ingresos: «La pensión es la tercera parte de lo que cobraba». Y, con ella, una sospecha social que se repite, según él, en consultas y despachos: «Piensan que es un cuento, porque como son cosas difíciles de cuantificar… se te fastidió la vida». Su réplica es directa: «Yo estaba mejor trabajando… si no trabajo es porque no puedo, no porque no quiero». Agradece las llamadas desde Mozambique. Son sus antiguos compañeros, que desearían reencontrar a Nicolás en otro puerto. Tras esta dura travesía en la que lleva ya seis años.
La Xunta reorganiza la atención post-covid: «garantiza» el seguimiento en Primaria y hospital
«Nos informaron por un mensaje de texto que dejaban de seguirnos. Como regalo de Papá Noel». «Era la tranquilidad de tener un número de teléfono. Nos cuidaba». Así relata Isabel Quintana, portavoz de la Asociación Gallega de Covid Persistente (ASGACOP), el cierre el 24 de diciembre en Ourense de la consulta de enfermería que, sin curar, orientaba y acompañaba. «No queremos milagros; queremos que se nos cuide», repiten.
La Consellería de Sanidade responde que el Servizo Galego de Saúde (Sergas) garantiza la atención sanitaria a todas las personas con síndrome post-covid. El argumento oficial se apoya en los datos: la actividad en las unidades post-covid cayó de 12.104 atenciones en 2022 a 1.302 consultas en 2024.
Con ese descenso, las siete áreas sanitarias reorganizaron la asistencia. Sin cerrar la puerta.Según el Sergas, los pacientes que continúan con síntomas son atendidos en los dispositivos de Atención Primaria y, cuando presentan afectación específica de un órgano o requieren un tratamiento en un entorno más especializado, pasan a los servicios de Atención Hospitalaria.
La Xunta defiende que esta integración mantiene el seguimiento y evita duplicidades.Pero la asociación lo vive como un retroceso. En junio de 2025, ASGACOP se reunió con responsables de los tres grupos parlamentarios para pedir continuidad. Quintana sitúa el punto de inflexión en julio de 2024: «Nos emplazaron a septiembre para empezar grupos de trabajo… y allí dijeron que estábamos sobre atendidos». Tras aquella cita, afirma, llegó silencio prolongado: «Desde octubre de 2024 se enviaron correos… y no contestaron ni uno. Ni sí ni no».
Desde el SMS, denuncian cancelaciones, altas administrativas y pruebas «sin interpretación». «A algunos nos ve un internista… Pero no hay atención integral». Muchos, añaden, se quedan con un circuito: «médico de cabecera y, si va mal, urgencias». A veces el diagnóstico funciona como portazo: «En cuanto ven covid persistente: ‘no podemos hacer nada por ti’». ASGACOP prepara protestas: «no nos podemos quedar callados».
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