Las mujeres que llevan los trenes en Galicia: «Nada como ir en la cabina de un tren»
Aunque la profesión de maquinista de Renfe sigue siendo mayoritariamente ejercida por hombres, hay mujeres, como Ana Belén de Castro, que dieron el paso y que, tras muchos kilómetros recorridos, ahora enseñan a jóvenes como Lucía Pérez, que se está formando para, algún día, ser ella quien lleve el tren

Ana Belén de Castro Merchán, en la cabina de un tren que cubre la ruta A Coruña-Vigo / Carlos Pardellas
Gemma Malvido | Ana Carro
A Ana Belén de Castro Merchán le encanta conducir, aunque «no por ciudad», esa es la verdad. Tiene una moto de 500 centímetros cúbicos y, si le dan a elegir, prefiere llevar un tren de A Coruña a Madrid que a Santiago y, si puede ser, que tenga locomotora en vez de que la cabina vaya integrada en el coche, como en los vehículos modernos. Es jefa de maquinistas de Renfe y la semana pasada acudió a A Coruña a hacer una formación con jóvenes que, como ella, quieren ponerse al frente de un tren.
Ella, que se crio entre vías y sabiendo muy bien cómo es una estación por dentro, no tenía en sus planes seguir los pasos de su abuelo y de su padre, ambos ferroviarios, pero mientras estudiaba Ingeniería Técnica Industrial, en Vigo, salieron plazas para entrar en la Renfe y pensó que «¿por qué no?».
«Eran puestos para ayudante ferroviario, lo más básico, pero pensé que, si conseguía entrar, ya ascendería. Me presenté en el año 2000 y, en aquel momento, entramos 47 personas y de ellas, cinco o seis chicas nada más. De las que entramos entonces, la única que me hice maquinista fui yo», resume Ana Belén, que asegura que en su casa fue «un orgullo» que ella eligiese seguir la tradición familiar.
Confiesa que, en aquel momento de decidir presentarse al examen, no es que fuese una enamorada de los trenes de estas que se lo saben todo por pura pasión al ferrocarril, pero que había visto que tanto su abuelo como su padre habían vivido «más o menos bien» así que ella aspiraba a lo mismo y, a día de hoy, sabe que no se equivocó. «Yo no lo cambio por nada. Volvería a tomar la misma decisión porque estoy contentísima», resume De Castro, sabiendo que se metía «en un mundo de hombres» en el que le podría haber tocado vivir situaciones de desigualdad o de discriminación pero asegura que, en su caso, no fue así.
Su primer destino fue Barcelona y, a los cinco años de trabajar en la estación, salió una convocatoria interna para ser maquinista. «Me presenté y aprobé, así que estuve de maquinista de cercanías en Barcelona hasta 2010; después, me fui a Salamanca durante siete años a trenes de larga distancia, nocturnos, tren-hotel... con trenes de locomotora, que a mí me gustan mucho», relata Ana Belén, que durante esa etapa, iba desde Lisboa a Madrid y a Irún. Entonces, decidió dar un paso más en su carrera y presentarse al ascenso de jefa de maquinistas. Su nueva plaza estaba en A Coruña en los trenes de larga distancia y, durante cuatro años, estuvo formando a maquinistas para que aprendiesen a llevar los trenes 106, que son los de alta velocidad que operan entre Galicia y Madrid. Más tarde se fue para Vigo porque su residencia está en Pontevedra y le quedaba «mucho más cerca» para ir y venir a diario.
De Castro tiene claro que no quiere ascender ya más en el escalafón de Renfe porque los siguientes puestos tienen más que ver con despachos y burocracia que con trenes, viajeros, kilómetros y docencia, que es lo que a ella realmente le apasiona de su oficio.
Ahora ya no recorre largas distancias en su jornada habitual porque los jefes de maquinistas, además de enseñar a quienes algún día les relevarán en el puesto, lo que hacen son operaciones «especiales», como conducir los trenes en el día de su inauguración o llevarlos de una estación a otra para que se sometan a pruebas de taller.
En proceso de ser maquinista
En ese proceso de convertirse en maquinista está ahora Lucía Pérez Sousa, que tiene 38 años y es de Ourense. En su caso, fue un amigo que hizo el curso el año anterior el que la animó a presentarse, aunque reconoce que siempre había sentido curiosidad por cómo sería trabajar en Renfe. Así que, en cuanto supo que había un proceso abierto, dejó en pausa el curso de desarrollo de aplicaciones informáticas que estaba estudiando para darle una oportunidad a la profesión de maquinista, una experiencia que no niega que está siendo intensa porque tiene que aprender «mucha materia» en un periodo de tiempo bastante corto, pero que también le resulta emocionante.
«Lo que más me atrae de esta opción es el cambio total que daría mi vida por el cambio que supone ante la rutina de un trabajo con horarios fijos, pero también el saber que es un trabajo que conlleva una gran responsabilidad y que en sí me permitiría aportar algo a la sociedad», admite Lucía, que se desplaza en tren prácticamente «todos los días» para asistir a sus clases en Santiago desde Ourense.
«El tren ha sido siempre mi medio de transporte predilecto para viajar y, hoy por hoy, soy más consciente que nunca de lo mucho que nos facilita la vida», resume esta estudiante, que anima a quienes se estén pensando si dar o no el paso a prepararse para ser maquinista, a que lo hagan. «Yo les diría que vayan a por todas. Vale mucho la pena y ya no solo por lo muchísimo que se aprende, sino también porque nada se compara a la sensación de ir en la cabina de un tren», resume esta joven para la que trabajar en Galicia sería «un sueño», aunque no cierra la puerta a hacerlo en otro lugar, porque cree que sería una experiencia que la enriquecería tanto personal como profesionalmente.
De acuerdo con ella está Ana Belén, a quien le encanta la sensación de salir de la estación en una punta del país y de llegar, horas después, a la opuesta y, por el camino, haber visto montañas, costa, prados, lluvia, sol, nieve, viento.... y todo, a gran velocidad. A su favor tiene también que, en todos estos años nunca ha tenido un accidente grave, ni ha arrollado a nadie, así que, sus peores días nada tienen que ver con la pérdida de vidas, sino con algún que otro retraso.
En la cabina de uno de los trenes que hace normalmente el recorrido A Coruña-Vigo hay un montón de pantallas, botones —uno incluso, de un calientapiés— que conecta al personal que está dentro con el pasaje, dos teléfonos como los de antes, con su cable negro enroscado, y varias palancas en el puesto de mando. Este panel ha cambiado y evolucionado mucho con el paso de los años, desde que De Castro se sentó en la locomotora de un tren por primera vez.
«Hay un vehículo que yo estoy autorizada a conducir, el 596, al que llaman Tamagotchi, porque es muy pequeñito, como un autobús, y ese va con marchas, con unos palitos vas metiendo primera, segunda... pero ahora, tanto los vehículos diésel como los eléctricos ya no son así y es el propio manipulador de tracción-freno el que hace que haya más o menos intensidad, como en un coche automático», explica la jefa de maquinistas.

Lucía Pérez Sousa, ante un tren, en la estación de Santiago. | Jesús Prieto
Tanto ella como Lucía creen que, aunque la profesión está eminentemente masculinizada, es un oficio para todas aquellas personas a las que les gusta conducir y saber de trenes, independientemente de su género. «En Barcelona y Madrid aún hay bastantes chicas, pero cuando llegué a Salamanca era la única de un total de aproximadamente sesenta maquinistas y era la primera que llegaba a esa estación en toda su historia, nunca habían tenido una mujer maquinista. Cuando llegué preguntaban que qué tal la chica y si sabría hacerlo bien. Incluso en Madrid, cuando me cogía el taxi para llevarme al hotel, algún conductor me preguntaba si no me daba miedo ser maquinista e ir a 200 kilómetros por hora», recuerda Ana Belén. A esas cuestiones ella siempre contestaba lo mismo: «¿y por qué?» porque ella no le tiene miedo a la velocidad, así como otras personas, hombres o mujeres, pueden tenerlo.
Pero, a pesar de ser la diferente, siempre se ha sentido «muy bien» en Renfe. Actualmente, en toda España hay 656 mujeres por 5.612 hombres. Aunque la paridad está muy lejos todavía, cada vez son más las mujeres que optan por hacerse maquinistas. «Hay cuatro chicas en A Coruña para los trenes de Larga Distancia y otras cuatro en Vigo», cuenta Ana Belén, entre sus compañeras.
Su presencia en la escuela va en aumento, pero todavía están en clara minoría. «En Vigo hay una chica que era de talleres y que hizo lo mismo que yo, dentro de la empresa, se preparó para ser maquinista. El resto vienen todas por familiares porque, si no lo tienes cerca, ni te enteras de que hay esta opción», explica Ana Belén, que no niega que el trabajo de maquinista no es para todo el mundo, porque requiere «una responsabilidad bastante grande», porque, a veces, hay que bajarse del tren «en plena vía» ya sea de día o de noche para saber por qué el vehículo no va como debería y hay quien prefiere no hacer esas tareas. «Lo esencial es tener calma porque cuando pasa algo empiezan a sonar los teléfonos y las preguntas y hay que saber priorizar, para mí, es importante avisar a los viajeros de lo que ha pasado porque si tienen información van a estar más tranquilos y, después, intentar arreglarlo lo antes posible y pedir ayuda cuando sea necesario», explica De Castro, que se acuerda de un viaje en que que se tuvo que bajar en plena noche del tren porque vio que había perdido el freno y, junto a un mecánico de Talgo que iba con ella, consiguieron darse cuenta de que la avería no era tan grave como podría parecer.
«Resulta que una piedra había rebotado y había movido la llave del aire. Nos metimos debajo del tren y escuchamos la fuga, con tanta suerte que ni siquiera se había roto la tubería», rememora Ana Belén, que recuerda también el viaje inaugural del tren de alta velocidad que unía Vigo con Madrid. Ella iba en la cabina y, al llegar a Ourense, vio que la cosa pintaba mal. «Estuvimos hora y pico tirados, con la prensa, con los viajeros, nos tuvieron que remolcar... lo pasamos mal, pero no fue más que eso, es una anécdota», dice ahora entre risas.
Tanto De Castro como Pérez, aunque estén en momentos muy diferentes de su carrera, tienen una cosa muy clara, que no hay nada como ir en la cabina de un tren. Y es que, lo que para ellas puede ser un simple día de trabajo, para alguno de sus viajeros puede ser el trayecto que les cambió la vida.
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