La inteligencia artificial y los políticos: un matrimonio que marcará las elecciones de 2027
La experta Concepción Campos señala que la inteligencia artificial no sustituye la decisión política, pero aporta claridad y rigor para la planificación estratégica y la evaluación de servicios públicos en los ayuntamientos

La ponente gallega Concepción Campos, anteayer, en Sevilla.

La analítica predictiva aparece como una de las grandes promesas de la transformación institucional. La IA aplicada a la gestión municipal permitiría anticipar necesidades con una precisión impensable hasta ahora: prever dónde harán falta más servicios, cómo evolucionará la demanda asistencial o qué barrios requerirán inversión prioritaria.
Así lo defendió esta semana la doctora en Derecho y directiva pública gallega Concepción Campos Acuña, en su intervención en la Feria de la Innovación y Nuevas Tecnologías en Sevilla, donde recordó que «hay ciudades donde ya está implantada en ámbitos tan dispares como la gestión del tráfico y la contabilidad», y que los ayuntamientos españoles se encuentran «ante una oportunidad histórica si saben leer los datos».
La experta imagina un escenario muy concreto: un gobierno que, ante sus últimos presupuestos antes de las elecciones previstas para 2027, pueda fundamentar cada decisión en un mapa vivo del comportamiento urbano. «Si tú tienes bien mapeada la ciudad, el uso de los servicios, la población, la edad que tiene, cómo se distribuye territorialmente… es posible situar grupos de población —no para segmentarlos o discriminarlos—, sino para entender qué necesita cada zona», explicó. Allí donde haya más niños, tendrá sentido reforzar parques infantiles o acercar escuelas. Allí donde la población envejece, la prioridad serán los servicios asistenciales. La consecuencia es directa: «invertir mejor y lograr que cada euro público tenga un impacto más amplio» y de mayor calidad.
Y es precisamente ahí donde, a su juicio, la clase política debería estar ya plenamente involucrada. Lo constata con ejemplos internacionales: en septiembre, recordó, un artículo informaba de que el primer ministro sueco utilizaba herramientas de IA como parte de su rutina de trabajo. «Tienen que usarla para la planificación estratégica, para evaluar la eficacia y la eficiencia de los servicios públicos, por ejemplo», sentenció. No sólo para propaganda ni para maniobras electorales, sino para proyectos transformadores de ciudad y políticas públicas basadas en evidencias verificables. «Para la planificación estratégica es absolutamente maravilloso. De política pública, de igualdad, de servicios a las personas. Todo».
La IA ya está aquí (aunque no lo parezca)
Campos recuerda que, mientras las instituciones debaten sobre marcos regulatorios, la tecnología avanza en áreas tan sensibles como la justicia o la salud. Pone un ejemplo reciente escuchado en una jornada del Ministerio de Justicia: «Ya se están utilizando sistemas de IA para el análisis forense de tejidos en casos de agresión sexual».
Campos Acuña insistió en que la IA no sustituye la ideología ni la decisión final del responsable político, pero sí aporta algo que hasta ahora ninguna administración poseía en esa magnitud: claridad. Y lo resumió en una de las frases más rotundas de su intervención: «La inteligencia artificial no sustituye la decisión política, pero aporta claridad y rigor». Con buenos datos, limpios y estructurados, verificados, señala, puede construirse un auténtico cuadro de mando que indique qué decisiones serían razonables antes de que cada partido las valore.
La experta no duda de que la inteligencia artificial será un actor destacado en los próximos procesos electorales. De hecho, asegura que ya lo está siendo. «Los políticos ya usan la IA y más, en las próximas elecciones», afirmó, dando por hecho que su presencia crecerá tanto en el análisis estratégico como en la segmentación de mensajes y en la planificación logística. Un proceso natural, dijo, que exige garantías claras: un uso responsable, supervisión humana y respeto estricto al marco normativo europeo.
Ahí entra en juego el Reglamento Europeo de IA, que clasifica los sistemas según su nivel de riesgo y obliga a un control explícito en ámbitos sensibles como la justicia o la contratación pública. En contraste con modelos internacionales más autoritarios, Campos Acuña subrayó una diferencia clave: la norma europea coloca a la persona «en el centro de todo el proceso». De procedimientos administrativos a la toma de decisiones automatizada, la supervisión humana es irrenunciable.
Ya no habrá «silencio administrativo»
La IA permitirá minimizar los cuellos de botella o los expedientes que se cierran fuera de plazo: «La IA puede acabar con ese silencio administrativo que deja a emprendedores sin financiación o con expedientes paralizados por un simple retraso. No se trata solo de grandes proyectos, sino de evitar que la vida de una empresa dependa de un día de demora». Tampoco niega la evidencia: desaparecerán puestos de trabajo. Pero la clave será reorganizar roles hacia tareas de mayor valor añadido. Su despliegue no es solo una cuestión tecnológica, sino de decisión: depende de cómo se use y de si servirá para mejorar la vida ciudadana o para abrir brechas de desigualdad .
Cuando se le pregunta qué aplicación destacaría, sorprende porque no menciona proyectos futuristas, sino los cotidianos que más afectan a la ciudadanía: «A veces pensamos en salud o defensa, pero las pequeñas cosas también importan. La automatización del pago de facturas o la clasificación masiva de documentos puede cambiar de verdad el día a día administrativo». Campos cita la robotización del trámite documental, el prechequeo automático de requisitos para conceder ayudas o el procesamiento de miles de expedientes sin retrasos.
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