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Una «venda» de paja o lana en el monte

La lana de oveja es una posible aliada en la recuperación de suelos tras los incendios, así como la paja, elemento estrella para la «mulching». La experta en ecología del fuego Cristina Fernández defiende que la prioridad es proteger las zonas más dañadas para evitar arrastres y escorrentías con las grandes lluvias.

Operación con «mulching»
o esparcido de paja en montes
quemados. 
| Gustavo Santos

Operación con «mulching» o esparcido de paja en montes quemados. | Gustavo Santos

Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

La recuperación de los montes tras los incendios no es uniforme ni inmediata. Así lo explica Cristina Fernández Filgueira, investigadora en la Misión Biológica de Galicia (CSIC) y especialista en ecología del fuego, que subraya la importancia de analizar primero el nivel de daño en cada área afectada. «El fuego no afecta a todo el perímetro por igual. Hay lugares muy calcinados y otros en los que apenas ha ardido. Incluso dentro de una superficie quemada pueden quedar parches de vegetación que sirven de refugio y fuente de biodiversidad», apunta.

En las zonas de mayor severidad, donde la vegetación desapareció por completo y el suelo quedó expuesto, lo urgente es aplicar medidas que eviten la erosión. Para Fernández, el objetivo es claro: «Se trata de ponerle una venda al suelo, como si fuera una herida, para impedir que se arrastre con las primeras lluvias».

El método más estudiado y eficaz en Galicia es el «mulching» (acolchado) con paja, un material que cubre mucho con poca cantidad y cuya eficacia está avalada por numerosos ensayos en condiciones locales. «Por eso se utiliza tanto: sabemos que aquí funciona bien», explica la investigadora.

Sin embargo, su equipo explora alternativas como la lana de oveja, un residuo agroganadero que podría emplearse como cobertura y que hoy en día se elimina —con bastante dificultad— como residuo en las granjas. «Es un material interesante, pero todavía está poco investigado y a nivel experimental. A gran escala, además, surgen problemas logísticos: no siempre se dispone de suficiente cantidad y su transporte en zonas de fuerte pendiente es muy complicado», matiza. Algo similar ocurrió, por ejemplo, para cubrir de paja superficies de terreno con gran pediente en zonas arrasadas en O Courel, donde fueron precisos medios aéreos.

Pese a la magnitud de la superficie afectada este verano, Fernández pide cautela a la hora de hablar de riesgo de escorrentías. Según MeteoGalicia, no se esperan lluvias torrenciales en los próximos días —aunque sí lloverá de forma generalizada—, lo que reduce la probabilidad de arrastres graves. «Si llueve de forma suave, es beneficioso. Ayuda a que el suelo se empape y muchas plantas rebrotadoras empezarán a regenerar», destaca. Esta investigadora insiste en transmitir un mensaje de tranquilidad: «Solo en las zonas más calcinadas y expuestas es necesario actuar de inmediato».

Duplicar o triplicar arrastres

Desde el Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales explican que uno de los problemas más graves tras un incendio es la pérdida de suelo fértil por erosión, un recurso que no se regenera fácilmente y que sostiene la biodiversidad, la calidad del agua y la producción agrícola. Por eso, las primeras lluvias pueden duplicar o triplicar el arrastre de sedimentos, colmatar embalses, contaminar aguas y provocar inundaciones. Subrayan que proteger el suelo en el primer año es más eficaz y económico que intentar recuperarlo después.

Y entre las medidas recomendadas destacan el «mulching» con restos vegetales, pero también barreras físicas como fajinas o albarradas y el empleo de mantas orgánicas con hidrosiembra, que favorecen la germinación y estabilizan las laderas.

Más allá de la urgencia de proteger el suelo, la restauración a medio y largo plazo supone una fuerte inversión. Según la Asociación Forestal de Galicia, regenerar una hectárea de monte quemado puede costar hasta 15.000 euros si se opta por frondosas autóctonas, estimados todos los trabajos posteriores de mantenimiento.

Pero a medio y largo plazo, la restauración no se circunscribe a plantar árboles, «ya que se trata de diseñar el futuro del monte y garantizar su resiliencia frente al cambio climático y a futuros incendios».

Para ello, los ingenieros técnicos forestales ven esencial definir la función del terreno restaurado, ya sea la protección frente a la erosión y regulación hídrica, aprovechamiento productivo sostenible (madera, corcho, pastos, setas) o su uso social y recreativo; y favorecer la regeneración natural, que debe acompañarse de tratamientos silvícolas que eviten densidades excesivas, reduzcan la competencia por agua y nutrientes, y mejoren la vitalidad del bosque joven.

Abogan por reforestar de forma selectiva cuando sea necesario, eligiendo especies y procedencias genéticas adaptadas no solo al medio actual, sino también al clima futuro previsto. En este sentido, instan a priorizar especies resistentes a las nuevas condiciones climáticas, fomentando la diversidad genética y funcional para reducir la vulnerabilidad a plagas, enfermedades y fenómenos extremos.

Entre las propuestas se incluye apostar por mosaicos de ecosistemas heterogéneos, donde convivan distintas especies, edades y estructuras pues estos paisajes multifuncionales son más resistentes al fuego y ofrecen hábitats más ricos para la fauna, favoreciendo la biodiversidad.

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