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«Lo queríamos ya antes de conocerlo»

Las familias gallegas demandan, sobre todo, bebés en adopción. Pero los niños y niñas en centros de protección de la Xunta que realmente precisan una familia tienen otro perfil: son hermanos, tienen heridas abiertas de una dura infancia, diversidad funcional o han sufrido un calvario para llegar a nuestras fronteras

Susana Pérez y Francisco J. Del Riego, familia de acogida de un niño que migró solo, en  Vigo.

Susana Pérez y Francisco J. Del Riego, familia de acogida de un niño que migró solo, en Vigo. / Alba Villar

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Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

Karim tiene los mismos sueños que cualquier niño de su edad, pero los soñó antes. Por su periplo vital, tuvo que cerrar los ojos y saltar al mar. Karim (nombre ficticio) llegó un día desde un país de la región occidental de África, en la costa atlántica, hasta Galicia. Y en la vida de Susana Pérez y Francisco Del Riego aterrizaría un día nuboso de noviembre del que están a punto de cumplirse dos años.

«Fue un amor a segunda vista porque ya lo teníamos en el corazón antes de verlo y cuando lo conocimos, creímos que llegó para quedarse. A pesar de su edad, él tenía parte de la responsabilidad de decidir si encajaba en este nuevo hogar. Pero desde el primer instante, su amor fue incondicional. «Lo quisimos desde el momento cero», afirman con ternura la profesora vocacional y el empleado de banca en Vigo que se han convertido en su familia. ¿Los sueños de Karim? Son el reflejo de su esencia. «Quiere jugar al fútbol en el Real Madrid. Si no, ser médico o ingeniero. Y, también, tener una familia», sonríen los padres de acogida del un menor no acompañado. Y Karim se abre camino en la ciudad olívica en el deporte, los estudios y los afectos.

Esta historia de transformación es solo una de las que emergen cuando la sociedad ofrece oportunidades a centenares de los más de mil niños y adolescentes bajo la protección de la Xunta –un total de 1.022– que viven en «acogimiento familiar», o bien con otros familiares distintos a sus padres, o bien con una familia sin vínculos con su familia de origen. Una fórmula que protege a niños gallegos que sufrieron adversidad temprana. «Todas las familias que participan en los programas de acogimiento familiar han sido evaluadas como idóneas por el personal técnico de la Xunta especializado, para garantizar el bienestar de los niños y adolescentes», explican desde la Consellería de Política Social.

Karim, comenzó yendo solo los fines de semana hasta julio del 2023, cuando por fin pudo hacer las maletas e irse a vivir también a diario con su nueva familia. «Hasta julio del año que viene no se dan las condiciones para el acogimiento permanente, pero ha sido una adaptación muy natural. Él es un niño fácil, que tenía muchas ganas de estar en una familia», destacan.

¿Qué lleva a unos padres a hacerse familia de acogida? Susana y Fran decidieron convertirse en familia de acogida después de criar a tres hijos biológicos por su compromiso con la justicia social, creyendo que todos los niños merecen igualdad de derechos y oportunidades. El programa les ofreció formación y acompañamiento, lo que les pareció completo y valioso. «Sabíamos que seguirían con nosotros ante cualquier necesidad del niño o duda», señalan. «Para nosotros está siendo una experiencia maravillosa. Nuestros dos hijos y nuestra hija mayores acogieron a Karim muy bien. También nuestra red familiar, que es sencilla pero amplia, le ofreció ese valor que es el amor. Y ya es un miembro más. Nuestra idea es acompañarlo en su proyecto de construcción vital», añade Fran.

Pilar Casal y Manuel 
Gallego, con su hijo en 
Fornelos de Montes.

Pilar Casal y Manuel Gallego, con su hijo en Fornelos de Montes.

En la casa de Fornelos de Montes, Manuel Gallego, «Curro», un trabajador de la construcción de 51 años, y Pilar Casal, directora de una escuela infantil de 49, se convierten en una familia numerosa los fines de semana.

Junto a su hijo biológico, que acaba de cumplir diez años, esperan la llegada de dos hermanos, una chica y un chico, de 13 y 14 años, cada viernes. Van a recogerlos a Vigo, la ciudad donde los conocieron en julio de 2022: «La primera vez, los vimos en un parque. La adaptación es lenta; son adolescentes, pero no han tenido ningún problema de comportamiento con nosotros y, al contrario, ya tienen amigos».

Cuidar de «Trufa», una cachorra perruna, es una de las principales motivaciones de los chicos, que también comparten reglas. Disfrutan de recoger piñas o de la cocina de hierro, costumbres que comparten con la abuela y un tío que viven en la misma vivienda, además de otros familiares que residen cerca. «Ahora las comidas de los domingos les parecen una fiesta», expresan. Estos adolescentes, nacidos en Galicia, viven entre semana en un centro residencial de la Xunta, donde reciben terapia y siguen sus rutinas, manteniendo aún contacto con su familia biológica. «Nuestro hijo fue el primero que nos expresó que no quería estar solo. La presencia de los hermanos nos enriquece a todos», señalan Manuel y Pilar. El contacto con la naturaleza también les beneficia. «No programamos nada más especial que juntarnos con otras familias con niños o hacer deporte; vamos todos a ver el fútbol», indican. «Percibes secuelas profundas, pero están integrándose bien en esta casa», añaden.

Sergio Puga: «La acogida residencial debería ser la excepción»

Galicia registra una tasa de acogimiento familiar que supera en más de seis puntos la media nacional y se sitúa entre las comunidades con las mejores tasas de España, según datos de la Xunta. La Consellería de Política Social mantiene programas para fomentar el acogimiento y brindar apoyo a las familias acogedoras a través de Cruz Roja, Aldeas Infantiles, Manaia y Acougo. Aún así, el coordinador del «Programa de Acogimiento Familiar En Familia», formado por cinco entidades y coordinado por la Fundación Aldaba advierte: «Todavía faltan familias y muchas niñas, niños y adolescentes están preparadas». «Quizás la sociedad no sea del todo consciente de las realidades y necesidades de quienes están en mayor vulnerabilidad: los niños», señala. «Algunas situaciones de negligencia impiden que los niños confíen en los adultos o formen relaciones sanas, porque quien debería protegerles, leerles un cuento, llevarles a actividades y ponerles límites no tiene esa capacidad», explica Puga.«La aspiración de todos los profesionales que formamos parte del sistema de protección, tanto de la administración como de las entidades colaboradoras, es que el acogimiento familiar se consolida como la estrategia adecuada», matiza. «Este programa familiar está alineado con la estrategia de desinstitucionalización y fomento del acogimiento. No porque los equipos de los centros residenciales lo hagan mal; todo lo contrario. Su labor de reparación del daño por adversidad temprana es inestimable. Pero deberíamos revertir el sistema para que el acogimiento residencial sea la excepción y que la mayoría de niños puedan convivir en un entorno familiar estable y seguro», defiende.

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