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Cuatro años para borrar la huella del fuego

La maleza es lo primero que rebrota pero si arde un bosque recuperarlo lleva décadas y se pueden perder especies sensibles

Una voluntaria cubre con paja el terreno quemado, en montes de Ponte Caldelas.

Una voluntaria cubre con paja el terreno quemado, en montes de Ponte Caldelas. / GUSTAVO SANTOS

Paula Pérez

Paula Pérez

Santiago

Cuando los brigadistas terminan sus tareas de extinción sobre el terreno, pero aún con el suelo humeante por el paso de las llamas, entra en acción Cristina Fernández, investigadora del Centro de Investigación Forestal de Lourizán para poner “la venda a la herida”. Su labor es diagnosticar la severidad de los daños que ha ocasionado el incendio y darle el mejor tratamiento. Se trata de evitar escorrentías, que arrastren cenizas a los cauces del agua y puedan provocar episodios de contaminación, pero también de favorecer la regeneración forestal. El matorral tarda entre tres y cuatro años en recuperarse, pero evidentemente si lo que ha ardido es un bosque pueden ser décadas (30 años si es un pino o más de 50 si se trata de un roble) e incluso puede haber especies sensibles que se pierdan para siempre.

Esta investigadora de Lourizán ha ideado una escala de daños sobre el suelo, que permite planificar las acciones posteriores en función de la severidad del impacto que haya tenido el fuego sobre el terreno. “Viendo el aspecto del suelo podemos saber qué posibilidades hay de erosión e incluso cuántas toneladas de suelo se pueden perder”, explica.

Cuatro años para borrar la huella del fuego

Cristina Fernández, en Lourizán / Gustavo Santos

La rapidez de actuación es fundamental. Pues las pérdidas de suelo se suelen producir en el primer año después del incendio. En ocasiones, es solo cuestión de semanas si están previstas lluvias. Evitar esta erosión es vital, porque la capa más superficial de la tierra es la que tiene más nutrientes y ayudará al crecimiento de la vegetación.

En todo caso, el porcentaje de erosión severa tras un incendio es pequeño. Solo se necesitan actuaciones urgentes en el 5 por ciento de los terrenos quemados. “El daño no es homogéneo. Puede pasar que tras un fuego nos encontremos zonas donde las copas de los árboles están amarillas. Si es así, esa hoja va a caer y va a proteger el suelo”, explica Cristina Fernández.

Y, aunque los grandes incendios, son devastadores por la gran superficie que queman, tienen, según aclara, menos afectación sobre el suelo. “Avanzan muy rápido y causan menos daño porque liberan energía hacia fuera pero no hacia abajo”, señala.

El impacto es mayor cuando se produce rescoldo o cuando hay poca humedad. Por eso se acentúa el riesgo cuando el fuego se produce después de una sequía prolongada. Y si es una zona de pendiente se multiplica el peligro de escorrentías. Esta investigadora advierte que se puede gestionar el monte para minimizar los daños. “Se deben evitar restos acumulados sobre el terreno, biomasa, restos de podas...”

En el caso de los suelos con mayor riesgo de erosión, la solución es el mulching, una técnica que consiste en cubrir con paja agrícola el terreno afectado y que evita que el suelo se pierda. En zonas de difícil acceso se tira desde el aire con helicópteros. “Comprobamos que si esa cobertura alcanza el 80 por ciento del terreno se reduce la erosión más de un 90 por ciento”, explica Cristina Fernández.

Voluntarias cubren con paja el terreno quemado, en montes de Ponte Caldelas.

Voluntarias cubren con paja el terreno quemado, en montes de Ponte Caldelas. / GUSTAVO SANTOS

¿Y qué pasa con la vegetación? Galicia tiene, según explica, un paisaje “resiliente” y eso ayuda a una recuperación más temprana. “Hay una historia del fuego muy antigua y tenemos un régimen de incendios asociado al uso que las personas hacen de este fuego para gestionar el territorio. Desde el punto de vista ecológico nuestro sistema está adaptado a fuegos repetidos de baja severidad. Un incendio cada cinco o seis años en una zona lo podemos absorber”, explica. De hecho, cree que el objetivo no debe ser llegar a cero incendios sino buscar un “equilibrio”. “Que tengamos los que nos podemos permitir”, apunta.

La vegetación en Galicia está, por lo tanto, acostumbrada al fuego y suele rebrotar en poco tiempo, como es el caso de los tojos. Pero Cristina Fernández advierte que el cambio climático podría cambiar esto. “No podemos fiarlo todo a que se va a regenerar. Hasta ahora ha sido así, pero igual no va a ser así siempre”, avisa. Y, por otro lado, en aquellas zonas donde hay incendios recurrentes “la recuperación es más costosa”.

“Hay que buscar un equilibrio y tener un número de fuegos que nos podamos permitir”

Cristina Fernández

— Investigadora en Lourizán

En incendios como el que afectó a Boiro en 2022 transcurrido un año ya asoman los primeros brotes verdes, pero ahí la afectación sobre el suelo fue poca. Lo normal, según explica, es que la cubierta vegetal tarde entre tres y cuatro años.

Y, en cuanto a los árboles, hay diferencias importantes. Según explica Cristina Fernández, los robles tienen más resistencia al fuego y la mayoría rebrotan al poco tiempo. Los eucaliptos también son unos supervivientes natos y “regeneran muy bien”. Pero un pino se muere. “Aunque depende del grado de afectación del fuego, si la hoja está amarilla puede regenerarse”, aclara.

La razón, según explica, es que las frondosas son más exigentes con el terreno, necesitan suelos mejores y más húmedos y, por eso, también “están en mejores condiciones para resistir un incendio”.

En todo caso, con los pinos se pueden adoptar medidas preventivas para minimizar el impacto del fuego. “Si planificamos un pinar con una determinada densidad, pues cuando el incendio llegue tendrán más posibilidades de sobrevivir”, apunta. 

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