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Crónica Política

El prestigio

El prestigio

Conforta, en cierto modo, escuchar al señor presidente de la Xunta reiterar el compromiso –personal y de su gobierno– con el fortalecimiento del prestigio de la Formación Profesional en Galicia. Y aparece esa sensación porque en el marco educativo actual la FP –si bien recorrió un largo camino para superar tópicos y cada vez son más los y las jóvenes que apuestan por ella–, tiene todavía un trecho por cubrir. Trecho que lleva a eso que ha prometido don Alfonso: el prestigio, que no se logrará comparando lo que nada tiene de comparable, sino poniendo en valor lo que necesita el país para su mejor futuro. Ya hay datos de equiparación favorables, y eso anima a perseverar

Por eso, y siempre en opinión personal, conviene ya evitar las frecuentes es referencias a la universidad o las escuelas de forma que da la impresión de que se trata de elementos alternativos, casi excluyentes. Afortunadamente en esa línea parecen estar los cada vez más alumnos que cursan en los dos marcos o que comienzan en uno y, antes o después de rematar, se pasan al otro. Y no se trata de una especulación; las estadísticas oficiales lo confirman, del mismo modo que ratifican el hecho de que el sistema de numerus clausus en las universidades envía cada vez más alumnos a titulaciones que no son las que desea: ahora hay otra opción, desde luego más atractiva que ir a donde no se quiere.

No se trata, quede claro, de jugar con las palabras, porque sería engañar o engañarse. La situación laboral, profesional, en España es hoy muy clara y su origen provoca contradicciones: aquí, con la media de desempleo más alta de la Unión Europeo, faltan trabajadores en no pocos sectores de la actividad económica, al tiempo aparece un porcentaje significativo con títulos que no necesitan. Es un escenario no exclusivo de España –y Galicia–, ni lo sería de estudiantes que rematada su carrera emigran, lo que ya empieza a ocurrir también con la FP. Pero esa es cuestión de salarios y condiciones laborales que, por cierto, prestigian: por eso se van tantos con tanta frecuencia.

(En cualquier caso, ni la mejora retributiva ni el ambiente social suponen el menor consuelo para una situación que desangra al país y le hace perder inversiones especialmente valiosas. Sí causa irritación por el dispendio de dinero público que, por miopía de quienes manejan el sistema, provoca aquellas pérdidas multimillonarias en formación educativa que después aprovechan otros. Y tampoco resulta un problema irresoluble: sin la pretensión de simplificar, quizá una reflexión bien realizada podría aportar luz. Porque, en el fondo, lo que aquí sucede no es sino la presencia de un desorden doble, cualitativo y cuantitativo, que impide obtener los frutos debidos de un esfuerzo común.)

En ese sentido no vendría mal echar mano de una expresión latina –lengua, por cierto, casi expulsada de las aulas hoy en día a pesar de su condición de madre de muchas otras actuales– que define con máxima sencillez el concepto de orden: “poner cada cosa en su lugar”. Y en verdad hay que hacerlo para que la educación –toda ella– en España tenga el prestigio que tuvo. Una tarea que ha de comenzar por poner en las aulas adecuadas al alumnado que lo desee, con un estímulo que no pocos valorarán: ejercer la profesión que eligieron. Eso, en el fondo, es lo que da prestigio: trabajar, esforzarse y ser coherente a la hora de medir capacidad y mérito para que el país prospere. Eso es Política.

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