El policía nacional Ángel Hernández fue homenajeado por sus compañeros en el cuartel coruñés de Lonzas el jueves, el día que acudió a firmar su jubilación. Con solo 45 años, Hernández deja el cuerpo como consecuencia de las lesiones sufridas durante los disturbios ocurridos en Barcelona en 2019, al hacerse pública la sentencia condenatoria a los líderes del Procés.

–Sus compañeros le hicieron un pequeño homenaje. ¿Lo esperaba?

–Sí, mis compañeros de grupo y el personal de Seguridad Ciudadana de Lonzas. Me sorprendió mucho. Solo había hablado con un compañero para decirle que si trabajaba, tomábamos un café, que tenía que ir a firmar los papeles de la jubilación. Cuando me di cuenta, me tenían montado ese emotivo homenaje. Me emocioné muchísimo.

–Se jubila con 45 años. ¿Imaginó así alguna vez su último día en la Policía Nacional?

–No, yo iba a incorporarme en julio a la comisaría de Viveiro. Pensé que me jubilaría a la edad que me tocaba, y no. Aquella noche fatídica, se acabó mi carrera policial.

–Tenía, dice, un destino asignado. ¿Esperaba la notificación de que debía jubilarse? ¿Qué ocurrió?

–Después de la primera operación en Barcelona, el hueso no soldó. Además, me habían metido una placa y seis tornillos y se produjo una pseudo artrosis. En noviembre del año pasado me tuvieron que volver a operar, me cambiaron la placa, me pusieron ocho tornillos y una malla. Desde el primer momento, los nervios del radio estaban afectados, en el antebrazo y en parte de la mano tengo la sensación de que están dormidos. Luego, los problemas que conlleva tener todo ese material metido en el antebrazo: poca movilidad de muñeca, movilidad reducida en el antebrazo, no puedo hacer la prono supinación, dolores, molestia... Al final te das cuenta de que la cosa no evoluciona después de 40 sesiones de fisioterapia, te afecta psicológicamente y cuando te quieres dar cuenta, empiezas a asumir que no vas a poder ejercer al 100% como policía.

–¿Cómo han sido estos dos años a nivel psicológico?

–Han sido un calvario. Al principio no le das importancia, tienes pesadillas, tienes ansiedad, piensas que es algo normal y te lo comes tú solo. Cuando me comunicaron que tenía que operarme otra vez, volvieron las pesadillas, la ansiedad, y, al final, decides ponerte en manos de un experto. Es un proceso lento, vas mejorando, pero hay cosas que te hacen ir marcha atrás. Esto tampoco ayuda, porque te hace volver a revivir esos momentos que pasaste.

Los compañeros de Ángel Fernández en su despedida FDV

–Le concedieron la baja por enfermedad común, pero quiere que le reconozcan que cursa baja por un problema en acto de servicio.

–Es complicado de explicar, nadie lo tiene claro. Cuando vine de Barcelona, se abre una investigación para esclarecer las causas de mis lesiones. Se determinó que esas lesiones eran como consecuencia de un acto de servicio. En diciembre, tuve que ir al tribunal médico. Se había iniciado un expediente de paso a segunda actividad, pero el tribunal médico resolvió que no existía esa posibilidad y que había que iniciar un expediente de jubilación por incapacidad permanente para desempeñar las funciones policiales por merma de las capacidades psicofísicas. Cuando fui a firmar la baja del cuerpo, me encuentro con que es como si lo que me ha pasado hubiese sido una enfermedad. En base a los años de antigüedad en el cuerpo de policía, hay unas tablas. Si no llegas a los 15 te quitan una parte de la pensión. Me faltaban cuatro meses para llegar a los 15, con lo que me encuentro con un detrimento considerable de la pensión. Ahora tengo que solicitar al director general que se me reconozca esa incapacidad como acto de servicio. Si no me lo reconocen, tendré que ir al contencioso administrativo, y eso puede tardar años.

–¿Se sintió poco apoyado por la Policía y el Ministerio del Interior?

–A partir de que en enero nos entregan las medallas, no me volvió a llamar nadie. Cuando era noticia y salía en todas las televisiones, te llamaban y se hacían fotos contigo. Los que me llamaban a diario eran mis compañeros de furgoneta, mi subinspector, mi jefe de grupo.

–¿Y por la opinión pública? La imagen de los antidisturbios es una de las más cuestionadas.

–Sí, la verdad es que el trabajo desagradable le toca a las unidades de intervención. Hay otros servicios que hacemos que son más gratificantes. A mí me tocó el accidente de Angrois, fue un servicio durísimo, pero tienes la gratificación de saber que has podido salvar vidas. Te tocan otros servicios que no son agradables: desahucios, disturbios...

–Aquellos días se habló de casos de brutalidad policial en Barcelona.

–No sé, yo tuve una fractura abierta en un brazo y tengo otro compañero que se tuvo que jubilar por las lesiones. No sé las lesiones que tuvo la gente de los CDR, pero 280 heridos en una noche en la Policía creo que no es precisamente porque fuésemos brutos. La brutalidad dónde está, ¿en una pelota de goma o en un adoquín de 20 kilos?