Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

El doble drama de los mayores en el rural: blindarse del virus y la soledad

Un voluntario de Cruz Roja realiza una entrega en una zona del rural.   | // CEDIDA

Un voluntario de Cruz Roja realiza una entrega en una zona del rural. | // CEDIDA

Vivir en soledad aumenta las posibilidades de que la muerte pase más desapercibida o incluso tarde un tiempo en descubrirse. No era algo excepcional antes de la pandemia, pero se ha triplicado -especialmente en las ciudades-, al disminuir las relaciones sociales. El último caso en Galicia es el de un exmilitar cuyo cuerpo apareció ayer casi momificado en Teixeiro.

El cuerpo momificado de un exmilitar, identificado como J.L.G., de 78 años y vecino de Teixeiro, en el municipio coruñés de Curtis, fue localizado el domingo en el dormitorio de su domicilio, donde falleció de muerte natural varios meses antes, posiblemente el pasado mes de agosto, a tenor de las primeras hipótesis que baraja la investigación y a la espera de lo que determine la autopsia. Durante todo este tiempo, nadie le echó en falta.

El hombre, a cuya familia tratan de localizar, era natural de la parroquia de Foxado y residía de alquiler, desde hace tres años, en un tercer piso del número 7 de la calle Castelao en Teixeiro. El impago del alquiler desde el mes de agosto llevó a los propietarios del inmueble a dar la voz de alerta. Hasta el piso se acercaron efectivos de la Guardia Civil y un equipo de bomberos de Betanzos, que fueron los encargados de acceder al domicilio, donde encontraron el cadáver prácticamente momificado.

Sus vecinos le describen como un hombre solitario, que no daba problemas pero rehuía cualquier relación con ellos y que estaba obsesionado con la seguridad ya que pensaba que le perseguían. De hecho hace unos años instaló equipos de detección de movimiento en la puerta de su piso. Últimamente salía muy poco de casa, apenas para ir en coche al supermercado y siempre utilizaba guantes .

Esta es la última muerte en solitario, “kodokushi” como se denominan en Japón, ocurrida en Galicia, pero no es algo excepcional. Ya era habitual antes de la pandemia, pero los casos se triplicaron durante el confinamiento, especialmente en las grandes ciudades, y el aislamiento actual –con la reducción de contactos sociales– también incrementa estas muertes solitarias.

El problema preocupa especialmente en Galicia, pues la pirámide poblacional la sitúa como la Comunidad más envejecida detrás de Asturias. Más de 283.000 gallegos afrontan en soledad las restricciones del coronavirus, de los que 126.000 son mayores de 65 años.

Instituciones, concellos y ONG han puesto en marcha mecanismos para que la protección del COVID y el aislamiento social no acabe en una soledad absoluta para los ancianos, especialmente para quienes residen las zonas más rurales.

“Entre este tiempo tan malo y la peste, acaban con uno”, asegura Elvira que, a sus 88 años vive sola en su domicilio de la comarca de Valdeorras. Madre de siete hijos, de los que cinco fallecieron, no quiere irse a vivir con ninguna de sus dos hijas, que residen en Ourense y A Coruña por motivos laborales. “Trabajan tanto que sería igual que estar sola aquí, al menos en mi pueblo estoy en mi casa y conozco a la gente, aunque con esta peste llevo muchos meses sin salir”, explica.

Protección Civil, el ‘teléfono de la esperanza’ para los ancianos de Cuntis

Durante casi veinte años fue “sacristana” de la parroquia y siempre ha ayudado en lo que ha podido. Por eso, añade, “el teléfono de mi casa echa humo. Mis hijas me llaman a todas horas, también mis amigas, pero no es lo mismo. A veces me acerco a la cancela de casa y guardando las distancias hablo con algún vecino”, relata. Recién operada y con problemas de vista, Elvira recibe ayuda domiciliaria diaria de servicios sociales y también es usuaria del servicio de Teleasistencia de Cruz Roja. “Nunca he necesitado pulsar el botón del pánico, bueno, hace un año y me pasaron inmediatamente con un médico. Siempre me llaman ellos muy atentos para preguntarme si estoy bien”, agradece. También cuenta con un voluntario de la ONG cuando necesita desplazarse al hospital de O Barco. “Me arreglo como puedo, pues está todo muy complicado con el cierre perimetral ese”, insiste.

Elvira es una de las 2.820 personas mayores usuarias del servicio de Cruz Roja en la provincia de Ourense, que cuenta con 443 voluntarios que permiten llegar a los lugares más alejados y aislados “porque siempre hay algún voluntario de la zona que puede acercarse”, explica Natalia Belmonte, coordinadora del área de mayores. “Nosotros procuramos estar en contacto continuo con nuestros usuarios, casi todos superan los 80 años, y el teléfono en esta pandemia ha sido fundamental”, insiste.

En el caso del Concello de Cuntis, un municipio de menos de 5.000 habitantes en la provincia de Pontevedra, es Protección Civil quien se ocupa las veinticuatro horas del día de la red de ayuda a los mayores. “Servicios Sociales nos pasa la nota de personas que viven solas y nosotros les llamamos por teléfono muchas veces. Como recorremos el rural a diario, una o dos veces por semana pasamos por sus domicilios por necesitan algo. Les acompañamos al médico o al banco, les llevamos medicinas si las necesitan, e incluso la compra. Se trata de que salgan lo menos posible”, expone Miguel Couto, al frente de Protección Civil desde hace muchos años.

Tienen dos teléfonos con una única línea, lo que les permite estar siempre operativos y atender también las llamadas de personas mayores. “Este no es solo un teléfono de emerxencias. Hay mucha gente sola y pasándolo muy mal, así que ayudamos en todo lo que podemos y les escuchamos. Hay muchos mayores que están atendidos por la familia, pero viven solos porque igual el hijo trabaja durante la semana fuera. Nos llaman y nosotros pasamos a verlos y les damos el parte”, concluye.

Compartir el artículo

stats