Lo va a tener difícil, dicho con toda franqueza, el llamado Clúster del Turismo, para lograr el Plan de Supervivencia que pretende coordinado entre Xunta, diputaciones y concellos. El objetivo sería conseguir lo que hace poco más de un año parecería algo elemental, como apoyar el crecimiento de un sector en auge. Y sobre todo si se le añadía a la perspectiva de entonces, ya de por sí expansiva, la doble perspectiva del Xacobeo, de sus inversiones previstas y las cifras de visitantes y de peregrinos –de récord– que se esperaban. Y que estaban programadas con detalle.

El coronavirus, culpable de tantas cosas mucho peores aún que el negro panorama económico –España suma más de dos millones y medio de infectados y supera de largo los ochenta mil muertos en cifras reales–, es el responsable directo de que el país entero, y Galicia en particular, necesite ahora más que nunca del Apóstol, y que los creyentes se esmeren en conseguir ese apoyo. Del resto se ocuparán, como hasta ahora, la ciudadanía y algunos políticos que gobiernan aquí, sobre todo a la vista de que otros no dan señales, a día de hoy, de enterarse muy bien de lo que ocurre.

Los pronósticos pesimistas del introito se han cumplido. La primera reunión del Clúster con las Administraciones gallegas ha fracasado. En horas habrá otra, pero pasar de las buenas palabras –y hasta intenciones– es complicado. Cierto que todos están dispuestos a ayudar, que lo han hecho y lo hacen y que sería un suicidio político que alguien se negara, pero la coordinación es cosa diferente. Será necesaria, pero de algún modo se ve como un control adicional y recíproco, y ésas son palabras mayores. Sobre todo cuando las intercambian rivales políticos.

Esa es la razón por la que, desde un punto de vista personal, la solicitud del Clúster turístico suena a quimera. Tanto mayor cuanto más se detengan las partes a pensar en los precedentes que hay acerca de la coordinación reclamada. La de los concellos entre sí y con terceros, por ejemplo, apenas ha llegado hasta la formación de la FEGAMP, y no es que con federarse hayan logrado grandes éxitos. Por seguir con los verbigratia y mencionando a las Diputaciones, el asunto tiene también su miga, aparte la que conlleva su corteza políticamente multicolor.

Y es que cumple recordar que la de Pontevedra, sin ir más lejos, rehusó comparecer ante el Parlamento para explicar su política y negándose en concreto a la llamada de la Xunta. Y ésta, a su vez, no ha logrado más que un mini/Pacto Local en cuarenta años que sólo duró cuatro y a duras penas. Aparte de que hay en la orilla contraria reticencias a que lo que busque el Ejecutivo autonómico sea lo ya dicho: controlar a quienes en la práctica son sus adversarios locales y provinciales, que le reclaman lo de “a más funciones, más dinero”. Ojalá que la segunda reunión sea más positiva que la anterior y la quimera se transforme en probabilidad. El turismo gallego, como la hostelería y el comercio –es decir, el país–, necesitan con urgencia un Plan de Supervivencia. Perder oportunidades de lograrlo sería responsabilidad de todos y, dado el caso, a todos se exigirá.

¿No?