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Crónica Política

El abismo

Sin otra intención que buscar alguna respuesta –aunque desde la convicción de que es probable que no haya suerte, pero también de que no está de más intentarlo–, y a la vista de lo que hay, procede una pregunta. En síntesis, para averiguar si alguien cree que lo que separa a las fuerzas políticas gallegas a día de hoy es en verdad un abismo –ideológico, social, táctico e incluso estratégico– o tan solo una brecha agrandada por la mediocridad y/o la miopía de unos cuantos de sus protagonistas. O alguna otra causa de las que a menudo esgrimen pero que a pocos convencen.

No es una ocurrencia, conste. Se deja expuesto porque al menos desde una opinión personal, resulta inexplicable que ante los gravísimos problemas y los enormes desafíos que España y Galicia tienen planteados, parezca imposible encontrar un acuerdo, siquiera mínimo, para obtener unidad de acción entre los legitimados para ello. Que no escasean, pero que a la hora de la verdad da la impresión de que ninguno hay al menos dispuesto a intentarlo. Y en serio, las palabras no son bastantes cuando se pronuncian con la intención de dejarlas sólo en eso.

En lo que se refiere a este antiguo Reino, apenas hay diferencia sobre la necesidad de un acuerdo con respecto al resto de las comunidades que conforman el Estado. O quizá el balance sea todavía peor, porque aquí se han sucedido las mayorías absolutas parlamentarias desde 1989 –incluyendo la que sostuvo a la Xunta bipartita tras el pacto PSOE-BNG entre 2005 y 2009– pero en todo este tiempo no se supo aprovechar las oportunidades que se presentaron sino para lograr, al menos acercarse a lo que sigue siendo un objetivo lejano, ponerse de acuerdo en temas clave.

Ha sido un desperdicio en el que probablemente todos tienen algo de responsabilidad en ello. Desde quienes gobernaron hasta los que se opusieron y, por supuesto, también los que votaron en tantas ocasiones. Responsabilidad que no ha de repartirse por igual, porque las urnas dispusieron la cuota de cada cual, aunque ninguno haya sabido reconocerla y aceptarla. Ni desde la Xunta, a quien corresponde la iniciativa, ni en la oposición, obsesionada con el poder antes que por el servicio público. Y hay que insistir: ni por los electores al no exigirla.

Nadie debe hablar de última oportunidad, porque el futuro no está escrito. Pero sí alguien puede reclamar que ante una situación como ésta, que el país entero responda como tal. La tercera ola de la pandemia amenaza con quebrar el espírtitu de una parte de la sociedad a la vez que la economía: por sectores, Galicia tiene amenazada gravemente su industria, su sector pesquero y agroalimentario y el clima político general se acerca cada vez más a lo insoportable, aunque en Galicia no se note tanto. Todo eso sería bastante para plantear una entente global siquiera de mínimos, pero la insensatez de una política central que pone en riesgo incluso los fondos europeos, obliga a exigirla. Sin más demora y a todos los niveles.

¿O no?

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