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Crónica Política

El reintegro

Pensándolo despacio, es posible que algún alcalde, y hasta presidente de Diputación, se pregunte a estas horas qué habrá pasado con aquel superávit astronómico que su Federación, la española FEMP, anunciara hace apenas unos meses. Incluso surgirán malévolos que enlacen ese asunto con la noticia publicada en este periódico según la cual esas entidades locales habrán de devolver 237 millones de euros por su caída de ingresos a causa de la pandemia. Y deduzcan que Hacienda, con su ministra Montero a la cabeza, ni perdona ni olvida.

De momento, la organización gallega FEGAMP ya hizo público un informe, en este umbral del año nuevo, en el que comunica a sus miembros que “tendrán que romperse la cabeza” para hallar modo de salir del atolladero. Y no a través del “gordo” de la Lotería: a ella sólo llegó el reintegro, y nunca mejor dicho. Lo que refrenda que aquí tanto los concellos en general como las diputaciones no ingresaron lo previsto ni gestionar sus finanzas con el éxito –14.000 millones, se dijo– que un día cantó la FEMP y le negó como anticipo –o así– al Ministerio.

Más allá de cualquier otra lectura –y seguro que hay unas cuantas– que cada cual quiera darle a los datos, y dado que lo medible es poco opinable, hay margen para varias deducciones en la que insistir. Una sobre otras: que el hecho de que la cantidad a devolver se divide casi a partes iguales entre municipios y provincias, y que la diferencia numérica de unos y otras es abrumador –miles de aquellos frente a menos de sesenta de éstas– hay una conclusión arimética: los pocos gastan lo mismo que los muchísimos y tampoco ingresan para compensar.

Es cierto que no se deben mezclar churras con merinas, ni comparar números heterogéneos –con una sola excepción: la política– con los que no lo son. Y también que es complicado entrar en los tejemanejes administrativos de los anticipos, las entregas a cuenta, devoluciones, recaudaciones y demás conceptos contables, pero a fin de cuentas –y nunca mejor dicho– el balance es el que es. Sobre todo cuando, en última instancia, toca abonar en todo o en parte lo que Hacienda reclama. Y, como dicen los contribuyentes, aquella primero dispara y después pregunta.

Siempre queda la esperanza de los recursos, por supuesto, pero es difícil y, sobre todo, lejana. Y lo que suena peor, tendría que consistir en el habitual método de este gobierno, que imita y supera a otros anteriores: darle a la máquina de los billetes y aumentar el déficit, la deuda y cuando haga falta con tal de aparentar que resuelve los problemas sociales mejor que nadie. A costa de que se le pueda imputar aquello de “quien venga detrás, que arree”: lo que ocurre es que incluso eso le importa poco, ya que cuenta con una maquinaría propagandística con la que ninguna democracia de cuantas aquí recuerda la “memoria histórica” de la señora pude compararse, y eso pesa. Vaya si pesa.

¿No?

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