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Elecciones en Galicia 2020

Feijóo por cuadruplicado, por Anxel Vence

Aunque se presentó a título muy personal y encubriendo las siglas de su partido, el presidente electo por cuarta vez se beneficia, indudablemente, del carácter conservador de su formación política

Feijóo por cuadruplicado, por Anxel Vence

Feijóo por cuadruplicado, por Anxel Vence

"Vamos a ganar, eso seguro: lo que no sé todavía es quiénes", solía decir en vísperas de elecciones el multiministro Pío Cabanillas, padre de toda una escuela de pensamiento político entre florentino y gallego. A Alberto Núñez Feijóo, que milita en esa tendencia (aunque no tanto como Mariano Rajoy) le pronosticaban también ese feliz augurio las encuestas, que se han cumplido con más exactitud que los pronósticos de Cabanillas. Un día como otro cualquiera en la oficina, y a seguir.

Con su cuarta victoria consecutiva en Galicia, Feijóo empata a mayorías consecutivas con Fraga y empieza a recordar un famoso y ya algo antiguo chiste finlandés. Entre 1956 y 1982, Urho Kekkonen adoptó la costumbre de ganar todas las elecciones presidenciales en Finlandia. Frustrados por la sostenida permanencia del viejo presidente en el poder, sus adversarios políticos decidieron tomarse el asunto con humor, ya que otro remedio no había. Propusieron entonces que el artículo inaugural de la Constitución finesa rezase así: "Finlandia es una república democrática en la que cada cinco años se reelige presidente a Urho Kekkonen".

Feijóo no ha llegado a tanto, por lo que resulta improbable una reforma del Estatuto de Galicia en parecidos términos; pero con los gallegos ya se sabe que nunca se sabe. Lo cierto es que el candidato comienza a dar síntomas de imbatibilidad: tanto da si llueve o hace sol como si se ve obligado a convocar elecciones en pleno verano y en tiempos de epidemia.Siglas del Partido Popular

Aunque se presentó a título muy personal y encubriendo las siglas de su partido, el presidente electo por cuarta vez se beneficia, indudablemente, del carácter conservador de su formación política. Galicia es, a fin de cuentas, una tierra de pequeños propietarios que por obvias razones socioeconómicas tienden a sentirse representados por las ideas de la derecha. Nada distinto de lo que ocurre, con alguna excepción, en casi todo el norte de la Península. O en los países del núcleo duro de Europa, puestos a buscar referentes más amplios.

A ello hay que sumar el nada leve toque galleguista que Fraga -y anteriormente Fernández Albor- dieron al Partido Popular en Galicia. No llega al grado de autonomía que los socialcristianos de Baviera tienen en Alemania, ciertamente; pero esa es más o menos su inspiración. Un regionalismo sin excesos, un conservadurismo suavemente socialdemócrata y una gestión sin aspavientos (en el caso de Feijóo) parecen ser la fórmula del éxito. El actual presidente se ha limitado a distanciarse todo lo posible del ruido que sus correligionarios hacían en Madrid durante esta campaña; y los resultados sugieren que esa estrategia no le ha ido mal.

Todo eso era ya más o menos sabido; pero aun así sorprende el pertinaz éxito de Feijóo, que acaba de igualar los récords establecidos en su día por el patrón de la derecha española (y galaica) Manuel Fraga. Asombra la coincidencia en el éxito, particularmente, porque uno y otro se parecen tanto como un huevo y una castaña, aunque perteneciesen al mismo partido y, en apariencia, han compartido los favores del mismo cuerpo electoral.

Fraga fue, como se sabe, un gobernante con tendencia a la desmesura que ganó sus primeras elecciones en Galicia tras una campaña de 9.000 kilómetros en la que visitó, cada uno y por su orden, los 312 municipios del país. Famosas fueron después sus tomas de posesión como presidente al son de cientos o acaso miles de gaiteiros que llenaban cada cuatro años la plaza compostelana del Obradoiro en una ceremonia más próxima a una coronación -la de Don Manuel I- que a un mero comienzo de legislatura autonómica.

Don Manuel, a quien los escindidos de Vox reputarían probablemente hoy de nacionalista, no dudó en aplicar durante su largo período de gobierno una política de promoción de la lengua y las costumbres del país, sin excluir siquiera ciertos guiños nostálgicos al antiguo Reino de Galicia.

Nada que ver, aparentemente, con un Feijóo que pertenece a la rama urbana del PP y, a diferencia de Fraga, presenta el perfil de un gestor bancario, poco o nada amante de las grandes concentraciones, las romerías y los banquetes de multitudes. El lógico sucesor habría sido Xosé Cuiña; pero es lo cierto que la batalla por la herencia del patrón la ganaron los conservadores del "birrete", así llamados por oposición a los de la "boina". Que tampoco estaban tan alejados, como después se ha visto.

Lógicamente, Feijoo no tardó en adaptarse a los rasgos de su parroquia popular, caracterizada por un regionalismo ma non troppo, un conservadurismo sin estridencias y un desdén por los dogmas ideológicos muy propio del escepticismo de los gallegos. De ahí, que pese a su apariencia de tecnócrata -tan distinta del populismo ilustrado de Don Manuel-, el actual presidente de la Xunta asumiese sin problemas el espíritu galleguista que durante su mandato imprimió Fraga al PP autóctono. El lema casi suprapartidario "Galicia, Galicia, Galicia" con el que concurrió a estas últimas elecciones es todo un resumen de ese proceso de adaptación.

Al igual que Fraga, Feijóo basó su éxito en invocar a todo el santoral galleguista, desde Castelao a Rosalía y de Pondal a Curros Enríquez. También podría haberle ayudado la gestión de los asuntos ordinarios, que en su caso no incluyó obras tan desmesuradas como, un suponer, la Cidade da Cultura. Nunca se sabrá si lo hizo por convicción o porque no le quedaba otro remedio. Algo habrá influido, sin duda, el hecho de que ganase sus primeras elecciones tan solo un año después del comienzo de la Gran Recesión de 2008, que cercenaba toda posibilidad de alegrías presupuestarias.Mejora de resultados

Feijóo sobrevivió, mejorando incluso sus resultados elección tras elección, a aquella crisis que justo ahora empezábamos a dejar atrás cuando llegó la epidemia del coronavirus. Tal que sucedió hace una década, el reelegido presidente deberá lidiar de nuevo con la escasez y los más que probables recortes de prestaciones. Quizá por eso se haya apresurado a anunciar que este será su último mandato. A la fuerza ahorcan.

Por lo demás, el resultado podría ser engañoso. Contra la idea un tanto simplista de que Galicia es un bastión o un feudo de la derecha, conspira el dato de que las principales ciudades estén gobernadas desde hace años por la izquierda socialdemócrata y nacionalista. De hecho, las fuerzas consideradas progresistas gobernaron en la Xunta hace apenas una década; y en las últimas elecciones generales superaron holgadamente en votos y escaños al PP.

Más bien podría entenderse que el electorado gallego no entrega su voto de manera incondicional. Los muy diferentes resultados de ayer y de hace apenas unos meses sugieren que el votante cambia de cesta su papeleta con toda naturalidad, como acaso corresponda al carácter pragmático del vecindario galaico.

El perjudicado en esta ocasión ha sido el PSOE que hace poco más de un año había adelantado en votos al PP. El efecto de arrastre de Feijóo parece haber decidido el trasvase de muchas de las papeletas de entonces a la candidatura ganadora y, en no menor medida, al Bloque Nacionalista Galego.

Tampoco esto es novedad, en sentido estricto. Los nacionalistas habían superado ya a los socialdemócratas en anteriores elecciones; y ahora regresan de una travesía del desierto electoral gracias a la tremenda bajamar de las Mareas, que han devuelto sus votos a la playa de Ana Pontón. Se conoce que, al menos en las votaciones autonómicas, los gallegos tienden a inclinarse por el galleguismo, ya sea en su versión regionalista, ya en la nacionalista.

Las otras derechas pasaron por este trance con la discreción esperada. Ni el nacionalismo español de Vox tenía gran cosa que hacer frente al regionalismo tranquilo del PP de Feijóo, ni a Ciudadanos le funcionó en Galicia la estrategia que tan buenos resultados le había dado años atrás en Cataluña.

Ganaron, en fin, quienes se sabía que iban a ganar, según el famoso pronóstico de Cabanillas. Con Feijóo o con Fraga -tan diferentes, en apariencia-, el PP sigue yendo por libre en Galicia, como si fuese un partido a la bávara. Una fórmula de demostrado éxito que ya ha hecho habituales las victorias por cuadruplicado.

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