13 de octubre de 2011
13.10.2011
40 Años

La solidaridad no está en crisis

Los gallegos reclaman a los gobiernos que combatan la pobreza, aunque ven poco eficaz esta lucha y no se involucran personalmente

13.10.2011 | 08:30

La exposición continuada a imágenes desoladoras de catástrofes, guerras y hambrunas no parece haber inmunizado a los gallegos, quienes siguen defendiendo que los principales problemas a los que se enfrenta el mundo de hoy son la pobreza y la desigualdad. Más allá de una tertulia ante un café, los ciudadanos están dispuestos a que las Administraciones hagan un hueco en sus presupuestos para echar una mano a los países menos desarrollados. Y todo eso a pesar de que la crisis económica está golpeando con dureza los bolsillos de los habitantes de los rincones más afortunados del planeta.

Ni siquiera cuando las tijeras amenazan sus propios salarios y los servicios públicos que les garantizan al menos atención sanitaria y educación, dejan los gallegos de preocuparse por los demás. O al menos eso dicen, según constata la encuesta que encargó la Xunta a la Universidade de Santiago sobre "Coñecemento e actitudes dos cidadáns galegos cara á política de cooperación e axuda para o desenvolvemento". Los investigadores constatan que el principal problema al que se enfrenta la humanidad hoy en día es, para los ciudadanos de Galicia, la pobreza y la desigualdad que existe en el mundo. De hecho, el porcentaje de personas que está más preocupado por eso que por la crisis es casi el doble, de un 46,6% frente al 24,8%. Las guerras, con un 12,2%, ocupan el tercer lugar, con bastante más peso que el terrorismo (7,3%).
Esta preocupación por las dificultades que atraviesan sus semejantes se refleja en su actitud hacia las políticas de ayuda al desarrollo, sobre las que hay, dice el informe, un "consenso muy generalizado". Es decir, no solo serían idealistas sobre el papel, sino también en la práctica, al mostrarse, en un 97,9% favorables a acciones destinadas a la cooperación. Traducido a una nota, el gallego recibe un 8,17 en el "índice de actitudes", siendo 10 la máxima calificación de una actitud "favorable" a las políticas de cooperación y ayuda al desarrollo.
En particular, añaden los especialistas, existe un "apoyo muy firme" a la existencia de ayudas al desarrollo promovidas por los Gobiernos español y gallego –sobre todo el primero– y una "posición favorable" al mantenimiento de la ayuda "incluso en la actual situación económica". Hasta un 85% defiende que las organizaciones no gubernamentales reciban contribuciones económicas de las Administraciones, frente a un 11% que sostiene que deben buscar financiación privada. En concreto, preguntados sobre la aportación del 0,7% del PIB a este capítulo dan su visto bueno el 72%. No obstante, los Ejecutivos no parecen entenderlo del mismo modo y los recortes también afectan a estas partidas.
Curiosamente, los investigadores –Miguel Caínzos, de Socioloxía, y Celestino García Arias y Ramón Bouzas Lorenzo, de Ciencias Políticas– señalan que "el nivel de conocimiento" de la ciudadanía de las políticas de cooperación "es bastante bajo", sobre todo en lo que se refiere a las actuaciones del Gobierno autonómico y las ONG. Tanto, que la mitad de los entrevistados no sabe ni que existen partidas para el desarrollo en las Cuentas gallegas y casi el mismo porcentaje es incapaz de dar el nombre de una ONG. No obstante, recuerdan que el nivel de conocimiento de esta materia es "homologable" al de Cataluña y alegan que quizás otras áreas de la política resultan asimismo poco visibles. En todo caso, de los datos los expertos deducen que las campañas informativas de Xunta y ONG tienen una "incidencia muy limitada".
Ayudar, sí, pero, ¿cómo? Los gallegos creen que los recursos deben ir vinculados al cumplimiento de ciertas condiciones por parte de los países beneficiarios. Además, no todos los Estados tienen la misma preferencia. Hasta en eso hay favoritos. Los expertos admiten su sorpresa por que los ciudadanos apuesten por dirigir los esfuerzos al África subsahariana más que al entorno de Latinoamérica pese a los vínculos culturales y lo atribuyen a que se percibe que en esa área hay "necesidades más graves y perentorias".
Otra cuestión que se plantea es en qué ayudar. En ese sentido, el estudio demuestra que los gallegos son más bien clásicos ya que hay un "predominio claro de objetivos tradicionales, materialistas y ligados a la satisfacción de las necesidades básicas". Los gallegos creen que mejor luchar contra el hambre y facilitar el acceso a la educación y a la sanidad que distraerse en solventar la desigualdad entre hombres y mujeres o la protección del medio ambiente.

Pesimismo

Aunque demuestran su altruismo animando a los Ejecutivos a arrimar el hombro para mejorar el mundo, los gallegos son "pesimistas" con respecto a los resultados de esas acciones. El informe subraya que la opinión pública es "bastante escéptica" respecto a estas políticas. Más de dos tercios habla de "poca" o "ninguna" eficacia en las ayudas. El paradójico dato tiene explicación. "La ineficacia de la ayuda no es vista como algo inherente a ella, sino como resultado de obstáculos externos", afirman los investigadores, y los encuestados apuntan como culpables a los dirigentes de los países perceptores y a las empresas y los gobiernos de los desarrollados.
La encuesta también mide la valoración que realizan los ciudadanos de los diferentes actores, básicamente Gobierno, ONG e Iglesia. Para los gallegos dos primeros son agentes "más eficaces, transparentes e inspiradores de confianza" que la Iglesia en la realización de actividades de ayuda y cooperación. Y cuando hay que valorar el trabajo de los Ejecutivos y de las organizaciones no gubernamentales, estas ganan, con una puntuación de 6,55 –la Xunta recibe un 5,67–. Podría deberse, alegan, a una "tendencia general" a valorar a las Administraciones "peor" que a las ONGD.
Por lo que respecta a la implicación personal, no solo de palabra, los gallegos superan a los catalanes. Un 13,1% dice pertenecer a una ONGD en la actualidad –de ellos, un 17% es socio de dos y un 3% incluso de tres–. No obstante, 8 de cada 10 nunca se embarcaron en un compromiso similar. En todo caso, el informe constata que, si bien la "extensión de la implicación es bastante alta", su "intensidad es más bien baja". Y es que, si a pesar de que un 40% de la gente aseguró haber realizado algún donativo en los doce meses previos a la encuesta y un 20% adquirió algún producto de comercio justo, en cambio solo un 6% participó en alguna campaña de recogida de firmas, un 3% en acciones de protesta, otro tanto en el apadrinamiento de niños y un 2% como cooperante o voluntario, una tasa que destaca, dicen los autores, por su insuficiencia.

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