14 de enero de 2011
14.01.2011
Andrés Perea - Arquitecto director de la obra de la Cidade da Cultura

"El metro de la Cidade da Cultura sale a 2.200 euros, un precio muy razonable"

"Empezamos en tiempos de euforia y ahora ¿íbamos a dejarlo? Seguimos pero a otro ritmo y con tiempos y programas cambiantes porque así es la sociedad, cambiante e incierta"

14.01.2011 | 07:30
El arquitecto Andrés Perea en la Cidade da Cultura. // Xoán Álvarez

Es un arquitecto de primera fila pero en la Cidade da Cultura su nombre ha quedado eclipsado por el de Peter Eisenman. Sin embargo, Andrés Perea (Bogotá, 1940) es quien ha levantado el controvertido proyecto. Perea asegura que no esperaba que su oferta resultara la ganadora, pero asumió el reto de desarrollar el proyecto de ejecución y dirigir la obra, aunque entretanto no abandonó sus propios trabajos, que, por cierto, nunca dejó en manos ajenas.

–¿No se ha vuelto loco en este berenjenal?

–No, qué va. No, no, no. Es un trabajo de profesionales y hay que comportarse como tal; ya está.

–En 2002 ganó el concurso para desarrollar y ejecutar el proyecto de Peter Eisenman, ¿implicaba dirigirlo?

–Me presenté en una UTE [unión temporal de empresas] y el contrato cubría los dos aspectos y también la seguridad y salud de la obra.

–Eisenman ha dicho que la Cidade da Cultura está muy bien construida y gestionada, y que sin usted no existiría.

–No existiría, desde luego, sin Eisenman. Existiría, a lo mejor, otra cosa, pero no eso. ¿Eisenman con otra gente? También existiría.

–¿No es humilde de más?

–No, lo que pasa es que Eisenman es muy amable y cortés.

–¿Cómo son sus relaciones profesionales?

–Magníficas. Él es autor de la idea y yo me ocupo de coordinar al grandísimo equipo que hay, tanto en su momento para hacer el proyecto de ejecución —hay que pensar que es un proyecto que tiene más de 15.000 planos y que es un documento enorme en el que llegamos a trabajar un centenar de técnicos superiores— como de la dirección de obra, donde hay un equipo contratado por la UTE Euroestudios-Perea.

–¿No ha elegido el trabajo más ingrato?

–No, es un trabajo.

–¿Lo hace por dinero?

–Pues no. Lo hago por una serie de circunstancias, había una gente que quería presentarse con mi nombre y nunca pensé que nos lo iban a adjudicar; nunca, porque había una competencia fortísima con empresas muy poderosas, pero debimos hacer una oferta clavada porque nos adjudicaron la obra. Y, una vez adjudicada, tuve que asumir que estaba en esta operación y montar un equipo y sacar lo positivo que ha tenido, que es mucho.

–Eisenman se lleva la gloria y las críticas, que son muchas, pero usted ni siquiera sale en las fotos de la inauguración.

–Es que hay muchas columnas en el edificio y me escondí hábilmente tras ellas.

–Esas columnas han sido censuradas por ser un incordio. A Eisenman no le interesa la funcionalidad, según dice.

–Eso no es cierto. Eisenman dice que lo que le importa es sea un edificio muy flexible y no estrictamente funcional sino un espacio donde se puedan desarrollar los rituales humanos y la actividad cultural, que es mucho más compleja que un programa funcional.

–Usted es el encargado de revisar constantemente el gasto.

–Nosotros tenemos que evaluar lo que se hace y lo que cuesta, si corresponde a lo que está contratado y si está bien ejecutado y, si es correcto, se firma para que se pague. De eso soy yo el responsable.

–No es la parte más creativa de la arquitectura.

–Desde luego, no tiene ninguna creatividad, pero hay otras cosas que sí son muy creativas, por ejemplo, hacer que los procedimientos constructivos sean lo más racionales y lógicos posible. Que todo discurra de una forma ordenada es un trabajo muy creativo. Una de las cosas más difíciles, y que hemos logrado, es armonizar la construcción con el uso de los edificios y que no se mezcle el tráfico de obra con el tráfico de usuarios. Eso sí que ha sido un esfuerzo creativo.

–Cuando tomó las riendas de la obra tenía 62 años y ahora, 70.

–Pero estoy fenómeno o sea que dan igual los años. Lo que importa es lo joven o lo viejo que te sientas.

–Eisenman tiene ya 78, ¿no teme que la obra les aplaste?

–A mí, desde luego, no, y a Eisenman no lo aplasta nada. Él y yo hemos hecho con Euroestudio y con otro equipo de arquitectura una alianza para [el concurso] de la estación intermodal de A Coruña.

–Vaya, no ceja.

–Ni cejo ni dejo Galicia. En Galicia se construye mejor que en ningún sitio.

–¿Si?

–Se construye maravillosamente. Esta Ciudad de la Cultura tiene el proyecto de Einsenman pero, además —y quiero que conste en la entrevista—, la excelente calidad de ejecución, que empieza por el sudor de los trabajadores gallegos, los técnicos de las empresas constructoras, el equipo de dirección de obra, la ingeniería... Y, al final de todo, estoy yo, pero muy al final. Es como una gran orquesta sinfónica con una buena partitura, así dirige cualquiera, hasta un tonto.

–En varias ocasiones se replantearon los usos del complejo. Se han inaugurado ahora dos edificios, otros dos están en construcción y dos más están en duda.

–¿Y por qué esa alarma? Se van a hacer, no se sabe cuándo pero se harán todos. Este es un proyecto a largo plazo. Empezó en unos tiempos de euforia a nivel internacional, no sólo de España, y estamos en unos tiempos bien distintos. Entonces, ¿qué se hace?, ¿se le deja como los restos del [barco] Mar Egeo en la costa de A Coruña? Se sigue, pero a otro ritmo y, además, con tiempos y programas cambiantes porque así es la sociedad de nuestro tiempo, muy cambiante e incierta. Y [con los cambios] se está acreditando que el proyecto de Eisenman es muy flexible. Yo proyecté hospitales y es indecible lo que cambia un hospital desde que uno empieza el proyecto hasta que lo termina. Y, si cambia el director del hospital, las modificaciones se multiplican todavía más.
La dinámica es muy cambiante, es lo habitual; lo que no es habitual es lo contrario. En el aeropuerto de la isla de La Palma también tuve que hacer muchas modificaciones.

–El gasto de la Cidade da Cultura se ha cuadriplicado.

–Este edificio va a salir en 2.200 euros el metro cuadrado, con una urbanización enorme. La ampliación del [museo] Reina Sofía [del arquitecto Jean Nouvel] salió en más de 4.000 y la del Prado [de Rafael Moneo], alrededor de 6.000 euros el metro cuadrado.

–¿Quiere decir que es barato?

–¡Claro! Es un precio muy razonable el metro cuadrado, lo que pasa que es tan grande que la suma de dinero es alta.

–El presidente de la Xunta lo ha comparado con el MOMA, el Guggenheim y la Ópera de Sidney, ¿es apropiado?

–¿Y a usted qué le parece? Usted, como ciudadana, puede decirlo; yo estoy imputado, no puedo. No estoy legitimado para contestar a eso.

–En los últimos años, al mismo tiempo, ha hecho varias obras importantes y en distintos sitios, ¿cómo lo compagina?

–Trabajando a todas horas, sábados y domingos, como un hombre del campo.

–¿Cuántas veces va a la Cidade da Cultura?

–Una vez al mes y, a veces, más.

–Pasa el día en el avión, ¿ya ha empezado la embajada de España en Rabat?

–Empezaré enseguida. Pero no es sólo Rabat. Es Murcia, Granada hasta hace poco; La Palma...

–¿Cuándo hace los proyectos?

–En el avión y en el tren, y desde las seis o siete de la mañana, como todos, desde Foster a Moneo.

–¿Siempre dirige sus propios proyectos?

–Sí. Y alguna vez dejé la dirección de obra por no aceptar cosas.

–¿Es muy intransigente?

–Es que me parece que hay cosas que no son asumibles.

–No se puede ser un arquitecto intransigente, dice Eisenman.

–Él es muy duro con la propiedad intelectual de su trabajo. Conmigo no tuvo que serlo porque yo porque siempre sostuve: ?Peter, este es tu proyecto y yo te garantizo que se va a construir como tú quieres que se construya?.

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