Con el desembarco del algodón que hoy tanto se alaba a modo de reliquia frente a las fibras sintéticas, la economía gallega estalló por los aires en el arranque del siglo XIX. La manufactura rural del lino firmó su acta de defunción y con ella la principal fuente de ingresos de la población. Sin liquidez, el primer intento de colocar a la comunidad en el mapa financiero español se quedó por el camino. Un ensayo fallido con la fundación de una caja de ahorros en A Coruña, en 1842, impulsada por la Sociedad Económica de Amigos del País en colaboración con el ayuntamiento de la ciudad. El centenar de clientes que llegó a acumular protagonizó una especie de corralito alentado por la sequía del bolsillo y la política muy intervencionista desde el Gobierno en la actividad para reforzar su papel social y la canalización de sus excedentes a un fondo común para reorganizar la deuda y el gasto público. De poco sirvieron las llamadas de auxilio con el elevado déficit que arrastraban ya las arcas del consistorio herculino y en 1861 dejó de operar. Pero la historia empezó a escribirse. Mucho antes de que viera la luz la primera gran normativa para regular las cajas y que permitió su eclosión por todo el país, el Real Decreto de 29 de junio de 1853, hubo en Galicia una entidad que abrió el camino a un sector del ahorro propio, hilado con fusiones y más fusiones, crisis y polémicas territoriales, y que esta semana tocó la cima con el nacimiento de Novacaixagalicia.

Realmente, la caja única gallega no es la suma de dos. Caixanova nació a partir de la integración de las cajas de Vigo, Pontevedra y Ourense, con activos a su vez de otras entidades que se cruzaron en su camino. Hasta 12 fusiones totales o parciales llevaba en la espalda Caixa Galicia, más la compra de parte de la red a otros tres grupos financieros. Cada una de las piezas que componen su pasado contribuyen a que por separado primero y de la mano después, Novacaixagalicia asuma el liderazgo del sector en su cuna, con casi la mitad del ahorro en la comunidad.

Que sea una de las operaciones autonómicas en medio del reordenamiento forzado por la recesión global es, precisamente, un ejemplo más de su fuerte apego regional. De hecho, la segunda federación de cajas que se creó en España para el fomento de los depósitos y el "auxilio mutuo", los precedentes de la CECA, fue la gallega, según recoge en uno de sus muchos estudios Joan Carles Maixé Altés, profesor de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad de A Coruña.

El estreno de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad Municipal de Vigo llegó con una oficina provisional en el edificio del Marco, por entonces destinado a cárcel pública. El 3 de octubre de 1880 empezaba a operar después de muchos meses de trabajo desde la propuesta que lanzó el alcalde Manuel Bárcena y Franco, conde de Torrecedeira, a la corporación municipal. Él dio ejemplo. Fue el primer impositor, con una libreta con 5.000 pesetas a modo de préstamo por el que no recibió ninguna remuneración.

A medida que el negocio crece –los depósitos, que en 1923 ascendían a 868.705 pesetas, se llegaron a multiplicar por quince en los cinco años siguientes, en los que asumió la liquidación del Banco de Vigo, en quiebra–, aumenta también la vertiente social. La primera experiencia fue una excursión de 24 niños de vacaciones a A Estrada. Luego llegaría la implicación con la falta de vivienda en la ciudad tras el extraordinario incremento poblacional a través del plan de construcciones en la finca de San Roque, la inauguración del Colegio Hogar, la promoción del polígono de Coia y, años más tarde, la primera piedra de la Universidad de Vigo. La gran satisfacción, según él mismo reconoce, de Julio Fernández Gayoso, que desde 1965 está al timón de la caja. En su primer año lograr elevar un 46% los recursos ajenos, 30.000 nuevos impositores y la apertura de diez oficinas.

A la complicada fusión de las cajas del sur, Gayoso y Caixavigo llevaron la compra de casi la mitad del Banco Gallego como aval para liderar la operación. No fueron pocos los intentos, ni los mediadores. Fraga, y los conselleiros Orza y Xosé Cuiña. El primer acercamiento en 1991 se asentó en la colaboración tecnológica que cuatro años después deja la entidad más recelosa, Caixa Ourense, con las raíces en la Diputación en 1933 siguiendo las pautas de Alexandre Bóveda para ocupar el espacio que había dejado la desaparecida Caja del Círculo Católico. La tercera en discordia era Caixa de Pontevedra, también creada por su organismo provincial, en 1930, y que a punto estuvo de fallecer en la postguerra, como le ocurrió a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de la ciudad.

Otra oportunidad

Las tres vuelven a darse una oportunidad un año después, en 1996. Las conversaciones se intensifican, pero hay que esperar hasta 1998 para el protocolo definitivo, que bautizaba la nueva entidad como Caixanova, con sede en Vigo y la dirección general en Gayoso. Su homólogo en Pontevedra, Carlos Velasco, se iba por jubilación. Luis Carrera, de Ourense, pasaba a la dirección adjunta, aunque no duró mucho por las evidentes disputas con el máximo responsable de Caixavigo. El proceso que da lugar a la décima caja española y que llegó a la fusión de Novacaixagalicia con unas 560 oficinas y 31.737 millones en activos culminó en 2000.

Después de la primitiva, y frustrada, entidad en A Coruña y tras varios intentos más, en 1876 nace la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de la ciudad, bajo el auspicio de la sociedad Crédito Gallego, que pocos años después se disuelve y, de nuevo, deja la viabilidad de la entidad en el aire. Los principales accionistas de la firma asumen las garantías y a partir de 1905 se independiza. En un artículo sobre el ahorro en la comunidad, el economista Octavio Vázquez Sotelo destaca la importancia que para el proyecto tuvo el famoso decreto Echegaray en 1874 que concedió el monopolio en la emisión de billetes al Banco de España, con lo que el Banco de La Coruña, única firma financiera en la zona, se vio abocado al cierre. En aquel momento, la economía estaba muy estabilizada y contaba con el apoyo de las abundantes remesas que enviaban los emigrantes gallegos.

Las escrituras, a las que tuvo acceso Alfonso García López, notario y autor del libro La actividad bancaria en Galicia, desde el catastro del marqués de la Ensenada hasta la Ley Cambó, la definían como "un establecimiento benéfico y humanitario que, funcionando dentro de la moral, atiende a las necesidades del pobre, ofrece beneficios módicos y seguros de todas las clases trabajadoras y virtuosas de la sociedad, ya para depositar los ahorros, ya para los efectos de que en casos dados necesiten disponer para atender a sus enfermedades y a las demás penurias de la vida". El tipo de interés marcado en los primeros préstamos era del 6%, frente al 60% anualmente que solían embolsarse los temidos usureros, contra los que, precisamente, se movían los Montes de Piedad. La caja se ponía como condición ni entregarse a la usura ni "a los vecinos que en poco tiempo les dejan sin medios de vivir y sin salud".

Poco tardó la entidad coruñesa en absorber a la Caja de Ahorros de Lugo y sumar ocho oficinas, convirtiéndose en un polo de referencia en la captación del ahorro en el norte de la comunidad. En 1960 eran ya 14 en cada una de las provincias, con 1.000 millones de pesetas casi en recursos y 360 millones en créditos. Era el germen de Caixa Galicia, bautizada formalmente en 1978, en el centenario de su creación, tras la unión a Caja de Ferrol y con el objetivo, según recuerda Octavio Vázquez, de superar los localismos y trabajar en todo el territorio gallego en línea con la aparición de la España de las autonomías y la entrada en vigor del decreto "Fuentes Quintana" para acabar con las restricciones al sector para su expansión y su acercamiento a la actividad de los bancos.

La polémica con Santiago

Al frente de Caixa Galicia estaba Antonio Lorenzo, el líder de la revolución financiera en la entidad coruñesa, el autor de sus primeros grandes movimientos corporativos, y con un treintañero José Luis Méndez, como adjunto. A ambos no les fue tan fácil convencer a los responsables de Caja de Santiago para engancharse al proyecto. Las conversaciones fueron, como en las cajas del sur, muy intensas, de años, y aunque la entidad compostelana llegó públicamente a desligarse de la operación, finalmente en 1980 queda integrada.

Las riendas pasan luego a Méndez, el otro artífice del crecimiento de Caixa Galicia. En este caso, con la suma de las cajas rurales de A Coruña, Ourense y Pontevedra y operaciones extrarregionales, primero la Caja Rural de León y la adquisición parte de las redes del Banco de Fomento (1194), Banco Urquijo (52 oficinas en 2000) y BNP España (2000, con 61 sucursales más). Hasta formar el grupo financiero, con unos 40.000 millones de euros en activo a cierre de 2009 y 828 oficinas.

Caixanova y Caixa Galicia han discurrido por don sendas diferentes, enfrentadas ferozmente ante la exigencia del mercado y la imagen pública, hasta cruzarse hace casi año y medio. Como en las fusiones de la que son fruto ambas, otra vez por una crisis económica, por el debilitamiento del negocio y con cambios normativos en el escenario financiero.

Desde noviembre, cuando la Xunta obligó a las dos cajas a sentarse a hablar, han pasado muchas cosas. La polémica due diligence que encargó la Consellería de Facenda para forzar la operación se ha quedado en papel mojado a la vista de los números que las auditoras que respaldaban a las cajas pusieron sobre la mesa y hasta los propios directivos –con una agenda en estos últimos meses cargada de reuniones y discusiones en muchos casos que hicieron tambalear la operación– admiten que el proyecto requiere mucho trabajo y un poco de ayuda del entorno económico, que la crisis se amortigüe para que las cuentas puedan respirar.

La fusión de fusiones, Novacaixagalicia, aspira a ser la quinta entidad de ahorros en España, aunque probablemente se caiga al sexto lugar tras la ampliación del SIP de Banca Cívica a Cajasol, con un negocio de más de 108.400 millones de euros, una red comercial superior a 1.000 oficinas y 8.000 empleados para atender a 3 millones de clientes. Julio Fernández Gayoso, su presidente en el primer turno, apeló justo el día en el que las asambleas aprobaron la fusión, a ser "el corazón de Galicia" y "la columna vertebral" de las pymes y familias de la comunidad. El epílogo, con el permiso de una posible segunda oleada de integraciones, a los 168 años que acaba de cumplir el sector financiero gallego.