Tras acudir el sábado a Compostela, como un peregrino más aprovechando el Año Santo, Benedicto XVI cerró ayer su visita a España en Barcelona con un mensaje a favor de la vida: "sagrada e inviolable desde el momento de su concepción". En el acto de consagración del templo modernista de la Sagrada Familia, el Papa lanzó tres ideas clave: la defensa del matrimonio "natural" (entre el hombre y la mujer) y la condena al aborto y a la eutanasia.

Ante 6.500 fervorosos fieles presentes en la ceremonia del templo ideado por antonio Gaudí, entre ellas los Reyes de España, y más de 50.000 en el exterior de "la gran catedral del siglo XXI", el Sumo Pontífice remarcó que la Iglesia "se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar", en referencia al matrimonio católico tradicional, a modo de crítica velada contra el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero por la reforma de la ley del aborto, que provocó en su debate diferencias entre el Vaticano y el Estado español.

El Santo Padre, que congregó en Barcelona a más de 250.000 personas, según el Ayuntamiento barcelonés, pidió que la natalidad sea "dignificada, valorada y apoyada jurídica, social y legislativamente", al tiempo que abogó por establecer medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar y en su trabajo su "plena realización".

El Pontífice calificó conceptos como la vida o el matrimonio como instituciones "de esperanza de la humanidad" y en las que el hombre encuentra acogida "desde su concepción hasta su declive natural", haciendo así un guiño a la postura de la Iglesia en contra de la eutanasia".

"Vivimos en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios, como si ya no tuviera nada que decirle", expresó Benedicto XVI en la Sagrada Familia, templo que describió como una "admirable suma de técnica, arte y fe", concepto, este último, que, según Benedicto, debe ser compatible con el progreso, solicitando la "no contradicción" entre ambos términos.

Los Reyes llegaron antes que el Papa a la Sagrada Familia, donde les aguardaban el presidente de la Generalitat, José Montilla, el del Congreso, José Bono; el ministro de la Presidencia, Ramón Jáuregui, el alcalde de Barcelona, Jordi Hereu, el presidente del Parlament, Ernest Benach, y el delegado del Gobierno, Joan Rangel. No todos quisieron comulgar en la ceremonia celebrada en el templo de Gaudí.

Don Juan Carlos obsequió al Pontífice con una edición especial facsímil del Códice Áureo del siglo XI, uno de los más singulares de la época carolingia, que contiene los cuatro evangelios decorados con miniaturas y se conserva en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial desde el siglo XVI. Por su parte, Benedicto XVI le entregó el libro "Summorum Romanorum Pontificum historia nomismatibus", del italiano Giancarlo Altieri, que aborda la historia de los papas a través de las medallas pontificias.

Si en Santiago el Papa utilizó el gallego en parte de sus discursos, en la visita de ayer Benedicto XVI usó el catalán, aunque las lenguas predominantes fueron el castellano y el latín.

Miles de católicos, enarbolando banderas del Vaticano y procedentes de toda España, siguieron el recorrido del Papa por las calles de Barcelona en su ida y venida a la Sagrada Familia.

El trayecto apenas dio lugar a improvisaciones y, a diferencia de Santiago de Compostela, donde el Pontífice se detuvo para bendecir a varios bebés, en esta ocasión el Papamóvil hizo el recorrido de un tirón. Paralelamente, grupos contrarios a la visita del Potífice expresaban su rechazo al acto.

Un centenar de activistas gays y lesbianas se besaron al paso del automóvil de Benedicto XVI, cerca de la plaza de la Catedral de Barcelona, cuando se dirigía hacia el templo de Gaudí. En la Plaza Universidad, ya fuera del recorrido papal, la Plataforma de Mujeres contra el Papa congregó a más de cien personas en un acto festivo y reivindicativo. Además, muchos de los participantes se sumaron, después, a una manifestación alternativa contra la visita papal, convocada por la coordinadora "Deixem-nos d´hòsties. Yo no te espero", que reúne a diversas plataformas, grupos juveniles y sindicatos alternativos.

Tras una mañana de recorrido en Papamóvil por las calles de Barcelona y de consagración de la Sagrada Familia, el Sumo Pontífice almorzó con 150 obispos y cardenales en el salón del Trono del Palacio Arzobispal, una comida que duró desde las 14.10 a las 15.30 horas, con alocución en italiano incluida. Siguiendo el guión, los asistentes degustaron productos típicos de Catalunya. El menú lo integraba crema de verduras, cordero y de postres una crema catalana y una réplica en chocolate de 50 kilos y 1,2 metros de altura de la Sagrada Familia, que ha elaborado el Gremio de Pasteleros de Barcelona.

Los obispos se colocaron en cuatro grandes mesas. En la mesa papal estaba a la izquierda del Pontífice el secretario de Estado del Vaticano, Tarcisio Bertone, y flanqueado a su derecha por Martínez Sistach.

El resto de comensales en la mesa principal eran el nuncio papal en España, Renzo Fratini, el cardenal Eduardo Martínez Somalo y el cardenal Antonio Cañizares, entre otros miembros de la curia. Después de la comida se retiró a descansar para, a las 17.00 horas, visitar la Obra benéfico-social del Niño Dios, que acoge a jóvenes discapacitados, principalmente con síndrome de Down. Ante la presencia de familiares, niños y personal del centro, Ratzinger destacó los "formidables" avances de la sanidad en el cuidado de los más débiles, no obstante, solicitó que los nuevos desarrollos tecnológicos "nunca vayan en detrimento del respeto a la vida y a la dignididad humana".

Antes de partir hacia Roma, y del encuentro con el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en el aeropuerto de El Prat, Benedicto XVI dio las gracias por la acogida: "Ha sido un día inolvidable que servirá para la evangelización".