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Entrevista | Anna Forés y Jesús Guillén Pedagoga y experto en Neurociencia

«En la educación hay vida más allá de los resultados académicos, debemos romper esa tiranía»

«Debemos huir de mensajes motivacionales vacíos y buscar el equilibrio entre la sorpresa y la rutina»

«Es el momento de plantearse para qué queremos educa»

Anna Forés y Jesús Guillén.

Anna Forés y Jesús Guillén. / FDV

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A. Chao

A. Chao

Vigo

Una pandemia que obligó a reinventar las aulas de un día para otro, la irrupción de la inteligencia artificial, la salud mental entre adolescentes, los nuevos modelos de familia la atención a la diversidad y una creciente preocupación por el bienestar docente han atravesado la educación en la última década. Diez años después de su nacimiento, el Foro Faro Educa vuelve la vista atrás para preguntarse qué ha cambiado, qué debates siguen abiertos y hacia dónde debe caminar la escuela. En esta conversación con FARO, Anna Forés y Jesús Guillén, dos de las voces que han acompañado al foro desde sus inicios, reivindican una educación más humana, menos sometida a la tiranía de los resultados y capaz de cuidar a quienes aprenden y a quienes enseñan.

El Foro Faro Educa cumple diez años. ¿Qué ha cambiado en la manera de hablar de educación en esta década y qué debates siguen en el mismo punto?

Anna Forés: En estos 10 años han pasado muchas cosas, la pandemia fue un antes y un después en la manera de enseñar o de plantearse que había cosas que no se podían hacer. Cada vez tenemos también más retos frente a como atendemos la diversidad, pero si miramos un aula del 2016 y una de hoy hay un gran cambio. Y como no, la IA está generando muchos cambios en la educación. En el otro lado, no ha cambiado sino que ha aumentado la presión la exigencia a los maestros en contraposición a lo que les estamos ofreciendo, a como dignificamos su trabajo

Jesús Guillén: En los últimos años la gran transformación ha sido la irrupción de la tecnología en general. Sí que ha aparecido la IA, pero la tecnología lo ha transformado todo, especialmente a nivel de atención. Como anticipaba ya hace 10 años, no sé si podemos hablar de una crisis atencional, pero sí que está afectando a la forma de enseñar y aprender. Todo esto hace más necesario todavía poner el foco en el proceso y no en el resultado, centrarnos en lo que nos hace humanos, el pensamiento crítico, la capacidad de emocionarnos. Hay cuestiones además que ya eran complejas hace 10 años, como la atención a la diversidad, los problemas de desmotivación, tanto a nivel de estudiantes como de docentes o la conexión entre los profesores.

Hablábamos entonces del ‘momento más complejo’ de la educación, ¿cómo calificamos el momento actual?

A. F. Más que complejidad, que sigue estando, es un desafío con más hilos que hilar. En los últimos años las familias han cambiado, su manera de educar, lo que exigen de la escuela y en paralelo está aumentando la desmotivación del profesorado, cada vez hay menos vocación en una profesión mal pagada, mar reconocida socialmente… No cuidar a sus maestros va en contra del bienestar de un país

J. G. A la complejidad añadiría incertidumbre. Hace 10 años preguntábamos ‘¿qué es lo importante en la educación?’ Hoy hay que plantearse ‘¿para qué queremos educar?’ Lo que está claro es que el docente sigue siendo el instrumento didáctico más potente y la IA no lo puede sustituir. Qué importante dignificar la profesión docente, y eso requiere reconocer a la profesión docente y entender que realmente es muy importante en el proceso de transformación y mejora social de un país.

¿Qué mecanismos tenemos para cuidar a quien educa en las aulas?

A. F. Tenemos que cuidarnos mutuamente. Muchas veces entre colegas no nos cuidamos, ni las familias cuidan a la escuela, ni la escuela cuida a las familias. Debemos tenernos en cuenta los unos a los otros y establecer esa relación de confianza, un vínculo que nos humanice.

J. G Hay que entender que lo más importante en la educación son las personas y esa percepción requiere también un enfoque global. Tradicionalmente, la educación se ha centrado en lo cognitivo y hoy más que nunca hay que atender las necesidades globales de la persona: físicas, sociales y emocionales. La escuela tiene que replantearse desde esta perspectiva muchas cosas: el currículum, la metodología, la evaluación y, también, la participación de toda la comunidad y el bienestar.

No cuidar a los maestros va en contra del bienestar de un país

Anna Forés

— Pedagoga

¿Es posible materializar esto en una clase ordinaria, con horarios, esos currículos, ratios y evaluaciones?

A. F. Existen escuelas públicas muy pioneras, innovadoras y rompedoras. Hay que ser creativos. Si cogemos todas las horas docentes que tenemos mucho tiempo con el que jugar, y por jugar me refiero a utilizar la cocina como espacio educativo, los pasillos, el patio que se convierte en huerto y en un espacio sensorial. A veces somos nosotros mismos como maestros los que nos limitamos. Si leemos bien el currículum nos deja mucho margen.

J. G. A nivel individual, el docente apasionado, vocacional, motivado, pues rompe moldes y un buen docente puede convertir una mala metodología en buena metodología. Los conocemos. Pero las escuelas tienen que tener en cuenta su contexto concreto y adaptarse a él. Queremos que los estudiantes aprendan cosas porque sean útiles para la vida cotidiana, pero hay muchas formas distintas de llegar a eso.

¿Por qué no logramos entonces cambiar las escuelas de modo transversal?

A. F. Porque al principio es un proceso que desgasta mucho y no todo el mundo está en disposición de desgastarse más, aunque en realidad suponga una inversión

J. G. Hay que hacer ese esfuerzo por salir de esa zona de confort, pero generando las redes adecuadas. Con todo, a veces nos focalizamos en lo negativo y también hay muchas cosas positivas que se están realizando y sobre todo con la diversidad.

Un profesor motivado rompe moldes y convierte una mala metodología en buena

Jesús Guillén

— Experto en Neurociencia

¿Seguimos necesitados de (y necesitando) mentes creativas y resilientes?

A.F. Más que nunca. Hay esa crítica de que las generaciones de ahora son de cristal. Pero la pregunta es, ¿quién los ha hecho de cristal? Si queremos chicos y chicas resilientes, en el buen sentido de la palabra, no el concepto del que ha secuestrado la política y el neoliberalismo de que ‘tú te haces a ti mismo y ya’, sino el tributo a la resiliencia más comunitaria, debemos trabajar en tejer esa red.

J. G. En este sentido es muy importante el incremento de problemas de salud mental en adolescentes. Una de las estrategias potente para combatirla es la participación en proyectos sociales. Siguen siendo una necesidad esos proyectos de aprendizaje que vinculan los contenidos curriculares al servicio. Son cooperativos y requieren la participación de diferentes estudiantes.

Hablan de una comunidad que ha aprendido junta. ¿Qué papel deben tener las familias para sumar junto a la escuela en estos retos?

A. F. Las escuelas que mejores resultados tienen, no solo académicos sino en su funcionamiento, son aquellas que hacen entrar a la familia dentro y activamente de la comunidad educativa. A veces eso puede dar miedo, pero se puede empezar con cosas sencillas que, de manera indirecta, hacen que las familias sientan la escuela más suya.

J. G. La educación en su conjunto es una cuestión muy compleja y en ocasiones el ejemplo de los adultos no es bueno. Así difícilmente vamos a poder mejorarla. La escuela es un pilar, pero tiene que haber cooperación entre los diferentes integrantes de la comunidad, ya no solo las familias, sino por ejemplo los proyectos sociales. Es la manera de entender que hay vida más allá de los resultados académicos y ver más allá de esa tiranía.

Inteligencia artificial, oportunidades y metas para el futuro

Esa parte humana y de socialización es fundamental, pero no podemos negar el avance de la tecnología y la IA, ¿algo bueno traerá?

A. F. La tecnología, por definición, es todo aquello que nos ayuda a mejorar. La clave está en enseñar un buen uso de la IA. El riesgo comienza cuando delegamos cosas que ponen peligro que la gente piense. Pero si me ayuda a mejorar una cosa ¿por qué no? Algo así como la calculadora, seguimos aprendiendo a sumar, restar, multiplicar, fracciones… a partir de ahí, adelante con usar la calculadora.

J. G. Hace 10 años hablábamos sobre las funciones ejecutivas y la esencia del buen funcionamiento ejecutivo. Por supuesto, 10 años más tarde sigue estando muy presente. El para, piensa y actúa. Tiene que haber parones para permitir la reflexión. Esto es imprescindible en los tiempos actuales de la inteligencia artificial que utilizamos las herramientas para que nos ayude. Pero tiene que haber procesamiento cognitivo. Por eso hay que poner el foco en las preguntas que nos hagan reflexionar y no solo en los resultados. Esto hay que tenerlo en cuenta en la educación. Las pantallas no dañan el cerebro de los de los infantes, es el mal uso de las de las pantallas. Nos tiene adictos también a los adultos y con eso. La mejor estrategia para trabajar bien las funciones ejecutivas de nuestro alumnado y de nuestros hijos es que vean que realmente nosotros somos buen ejemplo de buen funcionamiento ejecutivo, pero no lo somos.

¿Lograremos convertir todos estos retos en oportunidades?

J. G. Claro que sí, pero qué importante es trabajar el optimismo realista. Llegamos a muchas escuelas inundadas de mensajes contraproducentes, ‘si lo sueñas lo conseguirás’. Hay que visualizar los aspectos positivos del logro, pero también las posibles dificultades. Las personas que mejor controlan su vida cotidiana no lo hacen solo a través de la fuerza de voluntad, sino a través de buenos hábitos y buenas rutinas. En educación tiene que haber un buen equilibrio entre sorpresa y esas buenas rutinas que nos suministran tranquilidad

Si tuviésemos que marcar una meta por la que trabajar y algo que cambiar en los próximos 10 años ¿qué sería?

A. F. Seguir creyendo en los chicos y las chicas. Esta generación tiene que confiar en ella misma, en su capacidad para transformar.

J. G. El cerebro está en continuo cambio, es una propiedad inherente del cerebro que nos permite aprender. Dentro de ese optimismo realista entra comprender que todos y todas podemos mejorar así que cualquier cambio será posible.

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