Fundación Juan Soñador, o cómo acompañar los primeros pasos de toda una vida
Fundaciones como Juan Soñador, presente en las cuatro provincias de Galicia, permiten a jóvenes en riesgo de exclusión social trabajar en la generación de confianza o en su autoestima

Fotografía de una de las actividades impulsadas por la Fundación Juan Soñador. / FdV
«Sabemos cuándo empieza el trabajo con una persona, pero muchas veces no sabemos cuándo termina», afirma Noelia Soto, coordinadora de la Fundación Juan Soñador, iniciativa con presencia en las cuatro provincias gallegas cuya misión es integrar y educar a personas en riesgo de exclusión social. Dentro de sus áreas de trabajo, todo lo relativo a la infancia y la juventud es clave.
La fundación tiene sede en Vigo y trabaja desde el año 2009 en proyectos socioeducativos enfocados a menores. Los usuarios más jóvenes tienen siete años. En la actualidad, hay cuatro iniciativas en activo: «Na Rúa», «Espabila, goza do tempo libre», «Agentes de igualdad» y «Berrando ao Mundo». Las tres primeras se realizan durante todo el año.
«Na Rúa es es el proyecto más completo porque se desarrolla todos los días. Está centrado en el apoyo educativo. Los participantes tienen un espacio de merienda y después realizan actividades de refuerzo escolar, deberes y estudio, diferenciando grupos de Primaria y de Secundaria y Bachillerato», explica la coordinadora. Además de echar una mano con las tareas de clase, desde la fundación mantienen un contacto estrecho con los colegios y las familias y programan otros talleres en función de las necesidades que van detectando en el grupo.

La fundación tiene cuatro proyectos para jóvenes en activo: «Na Rúa», «Espabila, goza do tempo libre», «Agentes de igualdad» y «Berrando ao Mundo». / FdV
Los niños y niñas de Juan Soñador llegan hasta allí por diversas vías; una de ellas, los servicios de protección de menores de la Xunta de Galicia. Otros acuden derivados de centros educativos y, en ocasiones, las propias familias se ponen en contacto con ellos. Desde el área comunitaria, en el trato con población adulta, el equipo de la fundación (compuesto por profesionales de ramas como Trabajo Social o Educación Social) también detectan situaciones en las puede haber niños que requieran apoyo socioeducativo.
«Actualmente trabajamos con unos 34 chicos y chicas. Aproximadamente la mitad son de Primaria y la otra mitad tienen entre 13 y 17 años. También estamos en una situación bastante equilibrada en cuanto a procedencia: alrededor del 50 % tiene nacionalidad española y el otro 50 % nacionalidad extranjera», apunta Noelia Soto.
Las actividades de la fundación pretenden generar un «proyecto de vida», no solo atender situaciones concretas de los usuarios. «Trabajamos mucho la generación de confianza, autoestima y referentes positivos», detalla. En este sentido, admite que «hay una gran necesidad de escucha y de encontrar referentes con los que poder hablar» entre los chicos y las chicas que atienden.

Una de las usuarias de los talleres de igualdad de Juan Soñador. / FdV
Una vez llegan a la mayoría de edad, o bien si a lo largo del proyecto el equipo de Juan Soñador cree que se puede «dar de alta» alguien, los usuarios abandonan las actividades. Algunos están desde los 7 hasta los 17 años. ¿Y qué ocurre al terminar?
«Hacemos un cierre trabajado y consensuado», declara Noelia, coordinadora del área socioeducativa, «después seguimos acompañándola en cuestiones puntuales, por ejemplo en trámites relacionados con estudios, becas o formación profesional. Además, muchos siguen manteniendo el contacto. Es algo muy bonito porque demuestra que el vínculo permanece». Por ejemplo, Noelia piensa en un chico con el que se trabajó la orientación profesional, que finalmente realizó un ciclo superior y que hoy trabaja en Alemania.
«También hay participantes que han formado sus propias familias y siguen viniendo a visitarnos. Otros han continuado vinculados a través de los programas de empleo y formación de la fundación. Lo importante es ver cómo desarrollan proyectos de vida autónomos y cómo mantienen ese vínculo de confianza con la entidad», expone.
Todo esto, como es lógico, es la parte más bonita para las trabajadoras de Juan Soñador. «Es un trabajo con una gran carga emocional y también con dificultades, pero tiene momentos muy gratificantes. Ver cómo los jóvenes avanzan, terminan sus estudios, encuentran trabajo o simplemente vuelven para compartir una buena noticia es algo que da mucho sentido a todo el esfuerzo. Esos momentos hacen que el trabajo merezca la pena», concluye.
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