Un colegio de Vigo lleva a Galicia a la final nacional de la First Lego League
Los alumnos lograron su clasificación en la fase gallega de Ferrol tras competir contra cerca de 30 equipos
El equipo Montecastelo BOT representó a Galicia en la final nacional disputada en Burgos, en una competición que reúne a los mejores equipos jóvenes de robótica educativa de España

El equipo Montecastelo Bot en la First Lego League Galicia. / FdV
«Los premios son un accidente debido al trabajo bien hecho». Con esta idea, el profesor Bernardo Longa define la filosofía que guía al equipo Montecastelo BOT, un grupo de alumnos del colegio Montecastelo, en Vigo, que este fin de semana ha representado a Galicia en la final nacional de la First Lego League, celebrada en Burgos.
El equipo está formado por estudiantes de entre 11 y 16 años que, lejos de centrarse únicamente en competir, trabajan durante todo el curso con un objetivo claro: aprender, superarse y disfrutar del proceso. Esa forma de entender el aprendizaje es, precisamente, la que les ha permitido clasificarse para la fase nacional tras competir con cerca de una treintena de equipos en la fase gallega, celebrada en el Campus Industrial de Ferrol. En Burgos, lograron alcanzar los octavos de final, consolidando una trayectoria de más de trece años en esta competición.
First Lego League
La First Lego League es un programa educativo internacional presente en más de 110 países que fomenta vocaciones científico-tecnológicas entre jóvenes de 4 a 16 años. A través de desafíos reales que obligan a los participantes a aplicar conocimientos de ciencia, tecnología, ingeniería, arte y matemáticas (STEAM), combinando creatividad, pensamiento crítico y trabajo en equipo.
En el caso de Montecastelo BOT, la preparación comienza desde el aula. A lo largo de todo el curso, dentro de la asignatura de Tecnología, los alumnos aprenden programación —principalmente en Python—, diseño y resolución de problemas. Estos conocimientos se aplican tanto en la construcción y programación del robot como en el desarrollo del proyecto de innovación.

Integrantes del Montecastelo BOT durante la competición. / FdV
Dentro de la categoría Challenge, en la que compiten, los equipos deben diseñar y programar un robot capaz de resolver distintas misiones en un tablero en apenas dos minutos y medio. Pero la competición no se queda ahí. También deben desarrollar un proyecto de innovación vinculado a una temática anual —este año, la arqueología—, que implica investigar, entrevistar a profesionales y proponer soluciones tecnológicas que después defienden ante un jurado.
«Mucho más que robots»
«La iniciativa es mucho más que robots», subraya Longa. Y es que la competición evalúa cuatro aspectos con el mismo peso: el rendimiento del robot, la programación, el proyecto de innovación y los valores. Estos últimos —cooperación, respeto y actitud— son, de hecho, uno de los pilares fundamentales del certamen.
No es casualidad. «El trabajo en equipo es quizás lo más complicado», reconoce el profesor. En un grupo con alumnos de distintas edades y perfiles, la organización, la comunicación y el reparto de responsabilidades resultan clave. Conviven perfiles técnicos con otros más enfocados en la exposición y la comunicación, todos necesarios para el éxito del conjunto.

Alumnos del Montecastelo. / FdV
Llegar a una final nacional no es fácil. Decenas de equipos participan en cada fase regional, pero solo unos pocos logran clasificarse. Montecastelo BOT lo ha conseguido en varias ocasiones, e incluso ha representado a España en competiciones internacionales en países como Uruguay o Australia.
Aun así, el enfoque del equipo se mantiene intacto. «Yo a los chicos nunca les hablo de competición, hablo de desafíos», explica Longa. Porque, más allá de los resultados, el verdadero reto es personal: dar lo mejor en cada intento y aprender del proceso.
Y los premios, como él mismo recuerda, «no pasan siempre». Pero cuando llegan, no son fruto del azar, sino la consecuencia natural de un trabajo bien hecho.
Más que un juego
Los LEGO no son solo un juego. Bien utilizados, pueden convertirse en una potente herramienta educativa, tal y como explica el psicólogo y orientador Román Marín: «La clave está en cómo los usemos». Integrados con intención pedagógica, «permiten trabajar el aprendizaje competencial que plantea la LOMLOE», favoreciendo un modelo más activo y motivador.
Sus beneficios abarcan varias áreas. A nivel físico y cognitivo, «ayudan a desarrollar la motricidad fina, la coordinación y la visión espacial, especialmente en edades tempranas», afirma Marín. A nivel emocional, estimulan la creatividad, refuerzan la motivación y ayudan a dar sentido al aprendizaje.
En el aula, el psicólogo defiende que su aplicación es muy versátil: desde trabajar fracciones en Matemáticas, hasta diseñar proyectos de robótica en Tecnología o fomentar la creatividad en Educación Plástica. Eso sí, insiste Marín, «es fundamental tener claro qué queremos que aprendan los alumnos».
También en casa pueden ser una gran herramienta. Proponer retos sencillos —como construir un puente— y acompañarlos de preguntas («¿por qué es estable?», «¿cómo lo mejorarías?») «permite desarrollar el pensamiento crítico y la capacidad de aprender a aprender», concluye.
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