El sharenting y la IA: un riesgo para la privacidad de los menores
El experto Antonio Rial Boubeta alerta sobre los riesgos de compartir información personal de los hijos con la inteligencia artificial

El 90% de los padres han compartiod información de sus hijos en internet. / FdV
Puede que hayas escuchado hablar del término sharenting. De hecho, no es la primera vez que lo mencionamos en las páginas de Faro Educa. Se trata de una práctica cada vez más extendida: compartir información, imágenes o datos de los hijos en entornos digitales.
En este contexto, la irrupción de la inteligencia artificial ha contribuido a normalizar aún más el intercambio de datos personales. Cada vez es más habitual que la población utilice herramientas como ChatGPT como psicólogo, confidente o espacio de consulta. Además, existe una percepción de riesgo mucho menor, al tratarse de un entorno que no se percibe como una exposición pública directa.
Sin embargo, conviene recordar cómo funcionan estas tecnologías. La inteligencia artificial generativa, se nutre de grandes volúmenes de datos -algunos de ellos personales- y, a partir de esa información, genera contenido original.
Por ello, los expertos coinciden en una recomendación clara: evitar compartir información personal con herramientas de inteligencia artificial.
En esta línea se sitúa el doctor en Psicología y experto en tecnología Antonio Rial Boubeta reconoce su potencial y recuerda que estas herramientas han demostrado ser «tremendamente útiles en muchas áreas profesionales, que van desde la investigación a la docencia o la comunicación».
En ese sentido, Rial tampoco niega que la IA pueda resultar útil para resolver dudas muy concretas sobre los hijos. De hecho, admite que, para consultas cerradas y precisas, puede ser una herramienta práctica: «Para eso es fantástico y para muchas otras cosas también. Si se trata de resolver cuestiones, dificultades o dudas de información muy concreta».
El problema, advierte, surge cuando ese recurso puntual se convierte en un hábito. «Lo que no puedo es fiar todas las decisiones que tomo con relación a mis hijos a lo que me diga la IA», subraya. Porque cuando las consultas sobre los hijos pasan por herramientas de inteligencia artificial, entra en juego la información personal que se vuelca en esas plataformas.
Rial identifica aquí un triple riesgo. Por un lado, advierte que la IA puede ofrecer respuestas que se perciben como científicas o fiables sin serlo necesariamente. Por otro lado, considera que su uso continuado puede empobrecer la autonomía de madres y padres. Y, en tercer lugar -y para él especialmente relevante-, pone el foco en la acumulación de datos sobre los menores.
Cuando un adulto consulta de forma reiterada sobre síntomas, dolencias, tratamientos o etapas del desarrollo, está proporcionando una gran cantidad de información sobre su hijo, muchas veces sin ser plenamente consciente. «La IA va a tener la historia clínica de mi hijo», advierte. La herramienta puede «reconstruir con facilidad la edad del menor, su evolución y hasta determinadas pautas de consumo».
Para Rial, esa cesión de información no es inocua, ya que tiene un claro valor económico. Los datos que las familias comparten pueden transformarse en perfiles de consumo, publicidad personalizada y nuevas formas de explotación comercial. «Eso se va a maximizar a nivel de negocio. Porque a mí me va a llegar información, me va a llegar publicidad, me va a llegar banners», resume.
«Hay unos derechos de la privacidad, del honor, etc., del propio niño, que vienen en la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, que nos lo estamos saltando a la torera como padres»
El problema, añade, es que este intercambio se produce muchas veces sin una verdadera conciencia por parte de los usuarios. Las familias lo aceptan de forma explícita -al registrarse en una aplicación- o implícita, simplemente por el uso continuado de estas herramientas. «Nada es gratis», insiste.
Rial destaca, en primer lugar, el enorme alcance del sharenting. Según apunta, distintos estudios sitúan en torno al 90% el porcentaje de padres que han compartido información personal de su familia en el último mes. Aunque matiza que estos datos deben interpretarse con cautela, insiste en la idea central: se trata de una práctica mucho más habitual de lo que se suele pensar.
El segundo aspecto que subraya es el desconocimiento generalizado sobre sus consecuencias. Rial sostiene que muchos padres no son realmente conscientes de las implicaciones legales, sociales y personales que puede tener esa exposición. «Hay unos derechos de la privacidad, del honor, etc., del propio niño, que vienen en la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, que nos lo estamos saltando a la torera como padres», afirma.
Junto a ese plano jurídico, pone el foco en una cuestión difícil de controlar: el recorrido de las imágenes una vez publicadas. Una fotografía aparentemente inofensiva puede ser reutilizada por terceros, convertirse en motivo de burla entre iguales o derivar en situaciones de ciberacoso. Además, deja una huella digital persistente que puede reaparecer años después con consecuencias negativas. «Tiene consecuencias a nivel de convivencia, de ciberconvivencia, incluso de salud mental», advierte.
Pese a todo, Rial insiste en que no quiere plantear una visión «catastrofista» ni «alarmista» del problema, sino lanzar «un aviso para navegantes». Considera que, a diferencia de lo ocurrido con las redes sociales, todavía existe margen de actuación en el ámbito de la inteligencia artificial.
Ese margen pasa, en primer lugar, por «echar el freno de mano» y reflexionar sobre el uso que se está haciendo de estas herramientas. Pero también por avanzar hacia un marco regulatorio sólido. En su opinión, es necesario establecer reglas claras, compartidas a nivel nacional e internacional, que garanticen un desarrollo responsable de la IA. Y hablar de estas cuestiones, concluye, supone darse «la oportunidad de reflexionar, de abrir los ojos y de tomar partido».
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