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Dejar un trabajo fijo para dedicarse a la docencia: «Me arrepiento de no haberlo hecho antes»

Hablamos con tres mujeres gallegas que tienen historias diferentes pero un punto clave en común: todas han abandonado sus puestos en el sector privado para descubrir el mundo de la enseñanza. Y ninguna se arrepiente

Marta Alén y Patricia Novo cambiaron sus trabajos en otros sectores para dedicarse a la docencia.

Marta Alén y Patricia Novo cambiaron sus trabajos en otros sectores para dedicarse a la docencia. / FDV

Marta Alén, Patricia Novo y Olga Santos tenían un buen sueldo, cierto reconocimiento profesional, trabajaban de lo que habían estudiado o para lo que se habían formado, pero algo no acababa de encajar. Las tres son un ejemplo de tantos de personas que han apostado por la docencia cuando parecía que «no tocaba», dando un giro radical a sus vidas. Estas son sus historias.

Marta Alén: «Veía a mi familia una vez al mes»

La viguesa Marta Alén está a punto de cumplir los 30 y, desde el pasado mes de septiembre, es profesora de FP en el CIFP Manuel Antonio. Los últimos cuatro años, tras graduarse en Farmacia por la USC, trabajó en dos oficinas de farmacia e hizo prácticas en investigación.

«Quería dedicarme a la investigación, en parte porque había tenido familiares con cáncer, pero me di cuenta de que no era para mí. Era una vida muy frustrante, sin estabilidad laboral. Y ahí cambié el foco: pasé de ‘quiero curar el cáncer’ a ‘quiero tener una vida, estar con mi familia, con mis amigos’», cuenta.

Fue entonces cuando optó por trabajar en una farmacia y, aunque confiesa que le gustaba «muchísimo», con el tiempo empezó el desencanto. Los horarios o las reducidas expectativas de crecimiento se sumaban a la «frustración grande» de ser un perfil sanitario con vocación de ayudar atrapado «en medio de dos presiones»: la del titular de la farmacia, «que quiere vender más», y la del paciente, «que muchas veces no entiende que un ‘no’ es por motivos profesionales».

Pasó cuatro años allí, hasta que la idea de opositar a docente se hizo realidad, en parte, forzada por un despido repentino que le permitió dedicarse a tiempo completo al estudio. «Si hubiera sido feliz en farmacia, probablemente no habría dado el paso, pero esa opción siempre estuvo ahí», reconoce. Acostumbrada a estudiar, opositar no le costó demasiado y en pocos meses obtuvo plaza en Vigo, su ciudad natal.

«Pasé de ‘quiero curar el cáncer’ a ‘quiero tener una vida, estar con mi familia, con mis amigos’»

Marta Alén

La exfarmacéutica reconoce que está en «fase ‘luna de miel’», consciente de que la docencia no solo acarrea alegrías, también un gran desgaste emocional y físico y una actual pérdida de autoridad. «Pero es que el cambio es brutal. Vengo de trabajar fines de semana, festivos, 14 días seguidos… sin vida. Veía a mi familia una vez al mes. Ahora tengo todos los fines de semana libres, vacaciones claras, capacidad de organizarme… Para mí es increíble», declara. «La vocación es preciosa, pero no da de comer ni da paz mental. Y en nombre de la vocación se cometen muchas atrocidades».

Este curso imparte sendas materias en ciclos como Anatomía Patológica o Audiología. Está «feliz», aprendiendo a «hacerse respetar» entre el alumnado sin «ser autoritaria», al tener el reto de ser «mujer y joven».

Patricia Novo: «Dejé un trabajo fijo de 15 años para estudiar»

Patricia Novo es ferrolana y estudió Ingeniería Industrial en la Universidad de Vigo. Antes de graduarse ya tenía una oferta sobre la mesa para incorporarse a una compañía proveedora de Inditex.

«Estuve 15 años en la misma empresa con estabilidad absoluta, sin problemas de impago ni nada de eso, pero muy exigente», explica, «la mitad de ese tiempo estuve al 120%, con jornadas de hasta 11 horas». Todo cambió cuando fue madre. Era imposible estar «al 100%», pidió una reducción de jornada y se encontró con que eso era «un problema» para la empresa.

Los siete años siguientes vio cómo dejaba de tener las responsabilidades que siempre le habían asignado y para las que estaba formada, al tiempo que la plantilla cambiaba y ella quedaba relegada a un segundo plano. De aquellas, el gusanillo de la docencia jamás había existido, pero cuenta que empezó a ver «lo bonito que era enseñarles cosas a mis hijos».

Sin embargo, la ingeniera pensaba que no había estudiado una carrera «tan difícil y que tenía tantas salidas» para 'acabar' estudiando una oposición. La decisión definitiva la tomó tras charlar con una amiga que acababa de aprobar las oposiciones y estaba eligiendo destino. Patricia Novo se propuso ahí empezar a cambiar el suyo y, a la semana, estaba matriculada en el máster de profesorado.

«Pensaba que no había estudiado una carrera tan difícil y que tenía tantas salidas para acabar estudiando una oposición»

Patricia Novo

El primer año compaginó el máster con el trabajo y se anotó a una academia de oposiciones para ir viendo el temario. Admite que no sabe cómo lo hizo todo. «Yo no soy de medias tintas. Sabía que si no salía a la primera, habría más oportunidades, pero mi planteamiento era ir con todo», manifiesta. Su perseverancia dio resultados: al año siguiente se presentó a los exámenes y logró una plaza de profesora de Física y Química en un instituto rural de Lugo.

Siete años más tarde, declara estar «muy satisfecha» con la decisión. «Fue valiente, por no decir kamikaze, porque dejé un trabajo fijo de 15 años para ponerme a estudiar, con 40 años y dos hijos», cuenta. El trato con el alumnado le ha costado menos de lo esperado y al ser un centro pequeño, trabaja con grupos reducidos: «Me lo paso bien con ellos. Les digo que vengo a enseñar, pero si además podemos pasarlo bien, mejor».

A pesar del éxito de su caso, Novo, quien ahora también da clase en la academia de oposiciones donde se preparó, no recomienda dar este paso a cualquiera: «Siempre digo que debes conocerte a ti mismo. Si nunca se te dio bien estudiar, meterse en un proceso de oposición no es lo mejor». Y eso que defiende que el bagaje de haber pasado por un entorno laboral exigente puede ser «una ventaja competitiva», por ejemplo, a la hora de enfrentarse al tribunal de las oposiciones.

Olga Santos: «Tenía un buen trabajo, pero una vida muy triste»

El caso de la viguesa Olga Santos es algo diferente al de las otras protagonistas de este reportaje. Ella sí se formó desde el principio para ser docente, trabajó en un colegio unos meses, pero se topó por el camino con otra profesión por la que dejó las aulas. Un cuarto de siglo después, rondando ella los 50, ha decidido volver a ser profesora.

Santos estudió Educación Musical para ser maestra. «Me flipaba, fui súper feliz», afirma. De aquellas también comenzaba a tontear con otras labores relacionadas con un sector radicalmente distinto, el de la moda. Sabía de patronaje y de costura desde joven y tuvo la oportunidad de trabajar, por ejemplo, preparando el vestuario de la presentadora Patricia Pérez para el programa Luar.

«El mundo de la moda te da mucho más dinero, y me fui liando… hasta que se hizo una bola muy grande», relata. Fundó su propia firma, Olga Santoni, en la que trabajó durante 25 años. Tal y como cuenta, llegó a tener a un equipo de 70 personas a su cargo, presentaba sus colecciones en pasarelas nacionales e internacionales y hasta tuvo su propia sección semanal en la TVG, A revista de moda.

«Tú me veías y parecía la mujer más feliz del mundo, siempre riendo, siempre sonriente. Pero no era la realidad. La realidad era que estaba completamente hundida. Tenía dinero, nada más», expresa, «tenía un buen trabajo, pero una vida muy triste».

«Recuerdo estar en la universidad, rodeada de gente de 20 años, y pensar: “¿qué hago yo aquí?”»

Olga Santos

Hace tres años, después de un desfile en Madrid, se plantó. «Pensé "no puedo seguir con esto, me muero". Era un jueves. El viernes volví al trabajo, recogí mis cosas y dije "no vuelvo". Y no volví nunca más». A pesar de los años y de ser la cara visible de la marca, se fue «sin nada». «Me llevé lo más importante, que fue mi tranquilidad, mi vida y mi salud», subraya.

En su casa recibieron la noticia con alegría, pero fuera de su círculo íntimo nadie se enteró de lo que había sucedido. Mucha gente pensó que estaba de baja. Mientras, a Olga le tocó recomponerse y encontrar un nuevo plan. Fue su hermana quien le recordó lo feliz que había sido como docente: «Entonces me fui a Madrid, a la Camilo José Cela, y me saqué el título de Pedagogía Terapéutica. Después hice el máster de profesorado para dar clase en secundaria».

«Recuerdo estar en la universidad, rodeada de gente de 20 años, y pensar: “¿qué hago yo aquí?”. Estudiando, examinándome… dices: "¿de verdad hace falta esto ahora?"», admite entre risas.

Desde este curso trabaja como profesora de Religión y pedagoga terapéutica en el colegio Compañía de María de Cangas. «Estoy aprendiendo muchísimo, trabajando mucho, siendo humilde, feliz, recibiendo cariño de compañeros y alumnos», declara, «me arrepiento de no haberlo hecho antes, pero solo hay que hacerlo cuando uno está preparado. Se puede, tengas 30, 40 o 50 años».

La exdiseñadora de moda no cree que nadie tenga el poder de aconsejar a otro, pero lanza un mensaje a quien pueda estar atravesando una situación similar: «Siempre estamos pensando en lo que perdemos si nos vamos. Pero ¿y lo que pierdes si te quedas?».

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