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Cómo (NO) resolver los conflictos familiares

La psicóloga educativa María Begoña Castro Iglesias analiza los errores más habituales en las discusiones en casa y las claves para gestionarlas mejor

«Gestionar el desacuerdo de forma asertiva es clave para evitar mayores problemas».

«Gestionar el desacuerdo de forma asertiva es clave para evitar mayores problemas». / Envato

Vigo

El conflicto en casa es «inevitable». No todos pensamos ni actuamos del mismo modo y eso, irremediablemente, «da lugar a desacuerdos». Así lo explica María Begoña Castro Iglesias, presidenta de la Sección de Psicoloxía Educativa del Colexio Oficial de Psicoloxía de Galicia (COPG) y psicóloga educativa. Lo que sí es evitable es cómo se gestionan esos conflictos.

No todas las familias viven estas situaciones de la misma manera y, como advierte la especialista, «no se puede generalizar», ya que las dinámicas familiares están condicionadas por numerosos factores, entre ellos «el contexto y la cultura en la que se desarrollan». Aun así, Castro Iglesias observa algunas dificultades comunes: «quizás haya una tendencia en estos momentos a resolver sin diálogo, sin una escucha activa por ambas partes», apunta.

A su juicio, esto no implica necesariamente una falta de intención por parte de las familias. «Creo que lo intentan y que tiene mucho peso el modelo educativo en que esos padres se criaron», explica. También han cambiado las formas de relacionarse. «Se afrontan de diferente manera porque el momento social es diferente al igual que lo son los modelos educativos y la manera en cómo nos comunicamos, básicamente a través de pantallas y aplicaciones».

En este contexto, la especialista detecta además una preocupación creciente en muchos hogares. «Más que hacerlo bien o mal creo que hay una preocupación excesiva porque los hijos sean felices y que tengan de todo, a costa de lo que sea; generando mucha frustración e inseguridad», advierte.

«Gestionar el desacuerdo de forma asertiva es clave para evitar mayores problemas»

Evitar los conflictos, sin embargo, no suele ser la solución. «Resulta fundamental intentar abordarlo y lograr un ajuste positivo», defiende la psicóloga. Gestionarlos bien puede incluso ser beneficioso: «gestionar el desacuerdo de forma asertiva es clave para evitar mayores problemas, transformando las crisis en oportunidades de aprendizaje y fortalecimiento de la relación a través del diálogo y la empatía». Por el contrario, una mala gestión «incrementa los conflictos, genera estrés, tensión, malestar e inseguridad a nivel individual en la propia identidad y por ende de las relaciones familiares», afirma.

La «ley del hielo»

Una de las formas más dañinas de gestionar mal un conflicto es lo que popularmente se conoce como la «ley del hielo». Según explica Castro, «la ley del hielo o silencio como castigo es una estrategia de comunicación pasivo-agresiva en la que la persona expresa emociones como enfado mediante la retirada de la palabra». En estos casos, añade, «estos castigos son un intento de permanecer en silencio o ser mínimamente receptivo hacia el otro con el objetivo de causarle malestar haciéndole sentirse rechazado o inseguro».

El impacto puede ser especialmente significativo en los menores. «Supone una amenaza para las necesidades psicológicas, como la autoestima, el control o el sentido de pertenencia, y desencadena una serie de respuestas psicológicas, afectivas, cognitivas y conductuales». Entre las consecuencias más habituales menciona «ansiedad, miedo, culpa, problemas de confianza y de comunicación», además de generar «desigualdad en la relación y desgaste de la misma».

Sin embargo, la psicóloga matiza que el silencio no siempre es negativo. «Es clave reparar en la diferencia entre espacio personal y castigo de silencio», explica. En ocasiones, parar una discusión puede ser necesario para gestionar las emociones. En esos casos, «es necesario usar una comunicación asertiva basada en el respeto, explicarle al otro la necesidad del silencio y mencionar cuándo se cree que se podrá retomar la conversación».

«Cuando se usa como castigo, el silencio se emplea para hacer daño de manera intencionada y como forma de manipulación»

La diferencia está en la intención. «Cuando se usa como castigo, el silencio se emplea para hacer daño de manera intencionada y como forma de manipulación», señala Castro. En cambio, cuando se utiliza como espacio personal, «la persona hace saber al otro que necesita tiempo y espacio y la conversación se retoma cuando ambos se sienten preparados».

El silencio punitivo no es la única forma de gestionar negativamente los desacuerdos. También son frecuentes «gritos, humillaciones, amenazas, chantaje emocional o minimizar emociones», además de «agresividad, violencia, abuso y desequilibrio de poder, maltrato físico, verbal y psicológico entre otras».

Cuando estas dinámicas se repiten, los conflictos pueden enquistarse. «Puede provocar un aumento de futuras tensiones, estrés y hostilidad asociada a las disputas, además de dificultades en la comunicación y la comprensión mutua, contribuyendo a debilitar los vínculos». Además, «las disputas pueden perpetuarse debido a la rigidez mental, ya que durante los conflictos las personas solamente buscan la información que apoya sus puntos de vista o sus prejuicios, ignorando los datos que demuestran lo contrario».

Cómo gestionar mejor los desacuerdos

Lejos de ser necesariamente negativo, el conflicto también puede tener un papel constructivo. Los desacuerdos bien gestionados «conllevan a la mejora de la comunicación y forman parte del desarrollo madurativo, dando lugar a una mayor cohesión familiar».

La clave está en cómo se afrontan. Un enfoque proactivo «lleva a resultados positivos», señala la especialista. Para ello es importante establecer normas y roles claros dentro del hogar: «Es difícil consensuar y tener claros los objetivos, pero se trata de establecer normas y roles acordes a las diferentes edades para prevenir el conflicto y en caso de darse saber resolverlo mediante el diálogo».

Entre las herramientas básicas destacan la escucha activa y la empatía, la comunicación asertiva y la capacidad de poner límites claros cuando existen dinámicas tóxicas. Expresar las emociones también es importante: hablar de lo que se siente, «enfado, irritación, rabia, decepción o frustración», sin culpabilizar al otro.

Los desacuerdos bien gestionados «conllevan a la mejora de la comunicación y forman parte del desarrollo madurativo, dando lugar a una mayor cohesión familiar»

La participación es otro elemento clave. «Dar a otra persona la oportunidad de opinar es reconocerla», recuerda la especialista, quien insiste en que «en el conflicto familiar no hay ganadores ni perdedores». Además, recomienda intentar «positivizar» la situación y, si es necesario, «cambiar el escenario», es decir, modificar el momento o el lugar de la conversación para facilitar un diálogo más calmado.

Reconocer los errores también forma parte del aprendizaje. Para la psicóloga, que los padres pidan disculpas cuando se equivocan «es fundamental». Este gesto transmite a los hijos que equivocarse forma parte de la convivencia y que «nadie es perfecto en sus actuaciones».

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