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¿Son capaces los jóvenes de leer (y entender) los clásicos que leían sus padres?: radiografía de los hábitos lectores actuales

La falta de concentración, el empobrecimiento del vocabulario y el éxito de los superventas alimentan el debate sobre cómo leen hoy los adolescentes. Profesoras con décadas de experiencia en el aula y la escritora Ledicia Costas reflexionan sobre los cambios en los hábitos lectores de las nuevas generaciones

La aparición de las pantallas ha provocado un cambio en los hábitos lectores de los jóvenes.

La aparición de las pantallas ha provocado un cambio en los hábitos lectores de los jóvenes. / Envato

Vigo

Cada cierto tiempo, el debate sobre la lectura entre los jóvenes vuelve al centro de la conversación pública. A veces lo activa una polémica en redes sociales; otras, la sensación cada vez más extendida de que leer, y sobre todo leer con atención, se está volviendo más difícil. Pero ¿es realmente así? ¿Leen menos los jóvenes o simplemente leen de otra manera? ¿Qué papel juegan los móviles, la concentración o el vocabulario en ese cambio?

Magdalena Mariño Vila y Pilar Pazó Riveiro llevan más de tres décadas enseñando Lengua y Literatura en el colegio María Inmaculada Carmelitas Vedruna de Vigo. Desde esa experiencia prolongada con varias generaciones de estudiantes, ambas perciben cambios claros en la relación de los jóvenes con los libros.

Mariño, que además imparte Cultura Clásica y coordina el club de lectura del centro, reconoce que el panorama actual le preocupa. «No me gustaría ser pesimista, pero debo decir que la situación actual no es buena». A su juicio, la principal dificultad está en el contexto en el que hoy compite la lectura. «La gente joven tiene muchas distracciones muy fáciles y la lectura requiere cierto esfuerzo».

Ese esfuerzo, explica, depende de una capacidad que cada vez cuesta más sostener: la atención. «Hay cambios sustanciales que dificultan la atención, y sin atención plena no puede haber lectura comprensiva». El resultado es que muchos estudiantes se enfrentan a los textos con una dificultad creciente. «La lectura les resulta difícil y poco atractiva porque no entienden lo que leen».

«La gente joven tiene muchas distracciones muy fáciles y la lectura requiere cierto esfuerzo»

Magdalena Mariño Vila

— Profesora de Lengua y Literatura

Pilar Pazó Riveiro introduce un matiz importante: la relación con los libros cambia mucho con la edad. Según su experiencia, los niños siguen leyendo con bastante normalidad en primaria, pero el hábito empieza a debilitarse a partir de la adolescencia. «Leen más los alumnos más pequeños, aquellos que todavía no tienen un teléfono». Cuando aparece el móvil, explica, el libro pasa a competir con otras formas de ocio mucho más inmediatas. «Los mayores leen menos porque o han perdido el hábito o simplemente prefieren utilizar un dispositivo electrónico en su tiempo de ocio».

La falta de concentración es uno de los síntomas más visibles de ese cambio. «A los alumnos les cuesta mucho concentrarse y focalizar la atención en cualquier actividad que requiera estar sentado más de 40 minutos», señala la docente.

Ambas profesoras coinciden también en otro problema cada vez más frecuente: el empobrecimiento del vocabulario. Mariño explica que: «Preguntan por el significado de palabras de uso común; es un empobrecimiento del léxico y de la sintaxis». Pazó describe el fenómeno como un círculo difícil de romper. «Es el pez que se muerde la cola: si no leen y no son curiosos no adquieren vocabulario y como no tienen vocabulario, no entienden lo que leen».

«A los alumnos les cuesta mucho concentrarse y focalizar la atención en cualquier actividad que requiera estar sentado más de 40 minutos»

Pilar Pazó Riveiro

— Profesora de Lengua y Literatura

Las dificultades aparecen con especial claridad cuando los estudiantes se enfrentan a obras más exigentes. Según Mariño, la reacción suele repetirse: primero rechazo, después dificultad de comprensión y finalmente desinterés. Desde la experiencia en el aula, Pazó observa un fenómeno parecido. Cuando los estudiantes se enfrentan a obras clásicas, explica, el principal obstáculo suele ser el vocabulario y la estructura de los textos. «No entienden el vocabulario ni las estructuras sintácticas; se pierden». En muchos casos, añade, los libros se perciben como una obligación académica más que como una experiencia de lectura: «para ellos es una lectura por obligación, no por placer».

Más allá del tipo de libros, las tres voces coinciden en que fomentar la lectura exige un esfuerzo colectivo. Para Pazó, el hábito empieza en casa: «Es importante que los niños vean a sus padres leer». Mariño cree que la escuela debería dedicar más tiempo a la lectura compartida y al debate literario.

La escritora gallega Ledicia Costas, una de las autoras más reconocidas de la literatura infantil y juvenil actual, invita a introducir un matiz en ese diagnóstico. A su juicio, el debate sobre la lectura juvenil suele repetirse generación tras generación. La autora recuerda que la preocupación por la falta de lectores jóvenes no es precisamente nueva. Para Costas, además, el debate suele centrarse demasiado en los adolescentes sin examinar los hábitos de lectura de los propios adultos. «Eu fago sempre unha pregunta: canto lemos as persoas adultas? Por que sempre colocamos o foco, como dedo acusador, na mocidade?».

«Eu fago sempre unha pregunta: canto lemos as persoas adultas? Por que sempre colocamos o foco, como dedo acusador, na mocidade?»

Ledicia Costas

— Escritora

Eso no significa negar que el contexto cultural haya cambiado. La autora reconoce que la cultura digital ha transformado la forma en que nos relacionamos con los textos, especialmente en lo que respecta a la atención. «É verdade que hai unha menor capacidade de concentración, pero tamén a estamos sufrindo nós. Estamos constantemente facendo scroll e vendo vídeos cada vez máis curtos».

Sin embargo, insiste en que ese cambio no equivale necesariamente a un abandono de la lectura. «Eu non creo que a rapazada de agora lea menos que a de hai vinte anos. Creo que a sociedade cambiou e que os estímulos son outros». De hecho, señala un aspecto que a menudo queda fuera del debate público: el entusiasmo lector de muchos jóvenes. «Só hai que entrar nunha libraría e ver a sección da literatura que consume a mocidade: é das máis grandes. Porque a xente nova que le, le vorazmente».

Autores superventas

Autoras muy populares entre los lectores jóvenes —como Megan Maxwell— generan opiniones enfrentadas: para algunos son una puerta de entrada a la lectura; para otros, un síntoma de empobrecimiento literario.

Mariño Vila se sitúa claramente en el segundo grupo. Para ella, los libros tienen una dimensión formativa que no debería subestimarse. «Los libros nutren, conforman el pensamiento e incluso la personalidad». Desde esa perspectiva, advierte del riesgo de trivializar la lectura. «La lectura de libros sin calidad literaria debe evitarse, es como ver cine malo o comer comida basura».

Aun así, la profesora no defiende imponer lecturas concretas al alumnado. Su propuesta pasa más bien por orientar y ampliar horizontes. «La oferta es inmensa. Hay literatura juvenil magnífica». En su opinión, el papel del docente consiste en ayudar a los estudiantes a descubrir autores y estilos que quizá no elegirían por sí mismos.

«Los libros nutren, conforman el pensamiento e incluso la personalidad»

Magdalena Mariño

Pilar Pazó Riveiro adopta una postura más pragmática. Para ella, el primer objetivo es que los jóvenes desarrollen el hábito de leer. «Las personas cambiamos de gustos con la edad». Por eso defiende una idea sencilla: «Creo que es mejor que lean algo que les guste, aunque no sea muy bueno desde el punto literario, a que no lean nada».

La propia experiencia lectora de Ledicia Costas ilustra bien esa idea. La autora recuerda que su camino como lectora empezó con libros que muchos considerarían menores o poco exigentes. «Eu era unha lectora voraz de literatura romántica», explica. Lejos de verlo como un problema, cree que esas primeras lecturas forman parte del proceso natural de construcción de un lector. «Hai que formarse como lectora».

«Creo que es mejor que lean algo que les guste, aunque no sea muy bueno desde el punto literario, a que no lean nada»

Pilar Pazó

Aquellos libros no cerraron su horizonte literario; al contrario, despertaron su curiosidad por explorar otros autores y géneros. «Eu lía iso e tamén experimentaba, igual que lía un Drácula de Bram Stoker ou novelas de todo tipo», afirma. Esa mezcla de lecturas más ligeras y otras más exigentes fue ampliando poco a poco su relación con la literatura.

Por eso cuestiona la idea de establecer jerarquías rígidas entre lecturas «legítimas» y lecturas consideradas menores. «Quen decide que está ben e que está mal?», se pregunta. En su opinión, la relación con los libros es siempre un recorrido personal que cambia con el tiempo y concluye que lo importante no es tanto el prestigio del libro como la experiencia del lector: «Creo que temos que ler o que nos apetece ler».

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