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¿Y si no quiere ir? Cómo gestionar la negativa a las actividades extraescolares

Guía práctica para tomar decisiones conscientes sobre las extraescolares sin perder de vista el bienestar infantil

Alumnado practicando yoga.

Alumnado practicando yoga. / Envato

Vigo

Las actividades extraescolares forman parte de la rutina de muchos niños y niñas y, para muchas familias, organizan buena parte de las tardes durante el curso escolar. Sin embargo, surgen dudas frecuentes: ¿son realmente necesarias?, ¿cuántas son recomendables según la edad?, ¿cómo elegirlas?, ¿qué hacer cuando un niño o niña expresa que no quiere continuar?

«No son necesarios, pero sí que es algo beneficioso», explica Alba Fernández, psicóloga educativa. A su juicio, este tipo de propuestas «traen muchos beneficios, por ejemplo, de socialización, probar cosas nuevas, conocer nuevos hobbies, organización del tiempo, autoestima y desarrollo de la identidad». Además, señala que crecer en distintos contextos permite que el niño «no se encasille en un solo rol o un solo papel» y que pueda potenciar «muchas áreas del desarrollo», tanto «afectivas, sociales, cognitivas, más creativas, artísticas, físicas», dependiendo del tipo de actividad escogida.

Ahora bien, también matiza que un niño puede desarrollarse adecuadamente sin acudir a clases estructuradas: «Siempre y cuando las familias potencien ese tipo de experiencias enriquecedoras».

«Traen muchos beneficios, por ejemplo, de socialización, probar cosas nuevas, conocer nuevos hobbies, organización del tiempo, autoestima y desarrollo de la identidad»

Alba Fernández

No existe una cifra mágica sobre cuántas actividades son recomendables. «Esto depende de muchas cosas», apunta Alba, y menciona factores como «lo que le apetezca al niño», las posibilidades de conciliación y económicas de la familia, así como el nivel académico en el que se encuentre. Subraya que lo más importante es elegir «una actividad que les guste, que sea sostenible y que no sean niños ministros», recordando que también deben tener «tiempo para divertirse y poder jugar».

Y es que el descanso, de hecho, es una pieza clave. «Es súper importante que tengan tiempo para aburrirse, gestionar su tiempo libre y sobre todo descansar», afirma. Advierte además de un mensaje social que conviene evitar: «Que no interioricen eso de que descansar es un privilegio cuando es una necesidad».

Sara Arjones, psicóloga especializada en infancia, coincide en la importancia de no saturar la agenda. «Una o dos actividades que conecten con su curiosidad suelen ser mucho más enriquecedoras que una agenda saturada», señala. Y recuerda que «el juego libre, el aburrimiento y el descanso también son necesidades básicas para el desarrollo emocional».

A la hora de elegir, Fernández apuesta por el consenso. Considera que los padres pueden proponer actividades que crean estimulantes, pero recalca que «lo más importante» es que no se vivan «como un castigo, sino como un espacio beneficioso».

Arjones también destaca la importancia de incluir al niño en la conversación. Explica que el equilibrio entre autonomía y responsabilidad está en «explicarle por qué se eligen ciertas actividades, cuánto tiempo se probarán y cuándo se revisará la decisión». Así, el menor aprende que su opinión importa, pero también que «los compromisos requieren constancia».

«El juego libre, el aburrimiento y el descanso también son necesidades básicas para el desarrollo emocional».

Sara Arjones

Probar diferentes opciones puede ser enriquecedor, aunque sin convertir la experiencia en una carrera por destacar. «Tú puedes llegar a ir a una actividad, aunque no seas una estrella, y que la disfrutes mogollón y tenga otros beneficios transversales», explica Alba. Y remarca que el criterio no debe ser «tengo que ser el mejor» o quedarse solo en aquello que se da bien.

Cuando aparece el rechazo

El rechazo a una actividad es, según Arjones, algo habitual: «Los niños no siempre sostienen la motivación de forma estable, y su mundo emocional es muy cambiante». Y añade: «A veces simplemente están cansados, han tenido un mal día o necesitan sentir que tienen cierto control sobre su rutina».

Distinguir entre un rechazo puntual y un malestar real es fundamental. «El rechazo puntual suele depender del día y cambia con facilidad», explica. En cambio, «el malestar real es más persistente, más intenso y suele acompañarse de síntomas físicos».

«Lo más importante es preguntarle qué es lo que no le gusta o que le falta o qué le hace sentir incómodo.

Alba Fernández

Ante un «no quiero ir», recomienda un primer paso claro: «Lo primero no es decidir, es regularnos nosotros». Invita a adoptar una posición de curiosidad y a abrir el diálogo con preguntas que ayuden a explorar qué ocurre realmente.

Alba Fernández coincide en la importancia de indagar: «Lo más importante es preguntarle qué es lo que no le gusta o qué le falta o que le hace sentir incómodo». A veces, apunta, el problema no es la actividad en sí, sino el grupo, el monitor o una experiencia concreta. Por eso considera «súper importante recabar todo este tipo de información».

Insistir, parar o dejarlo

No todo malestar es negativo. «Aprender a sostener pequeñas incomodidades forma parte del desarrollo», señala Sara Arjones. Si se trata de un proceso de adaptación o de una frustración normal, «puede ser saludable insistir un tiempo razonable». Pero si hay «sufrimiento intenso y mantenido», obligar puede reforzar una asociación negativa.

Validar emociones sin ceder automáticamente es otro de los puntos clave: «Validar implica reconocer y dar espacio a lo que siente el niño sin juzgarlo ni minimizarlo, pero eso no significa que la emoción marque siempre la decisión».

«Aprender a sostener pequeñas incomodidades forma parte del desarrollo»

Sara Arjones

Por su parte, Fernández recuerda que dejar una actividad temporalmente tampoco tiene por qué ser negativo y que, en cualquier caso, lo esencial es «indagar todos los motivos y sobre todo hablar con ellos, que se sientan escuchados».

Cuando estas situaciones se gestionan de forma adecuada, el aprendizaje va más allá de la actividad concreta. Como resume Arjones, los niños pueden desarrollar «tolerancia a la frustración, compromiso, habilidades sociales, autoconocimiento y autorregulación».

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