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«No quiero disfrazarme»: el carnaval no tiene que ser para todos

El psicólogo infantojuvenil Lois Fernández explica por qué muchos niños muestran rechazo a los disfraces y cómo podemos abordar el tema como padres y criadores

No todos los niños disfrutan del Entroido de la misma forma.

No todos los niños disfrutan del Entroido de la misma forma. / Gonzalo Núñez

En Galicia, el Carnaval o Entroido es una de las celebraciones más esperadas del año. Esto no es una apreciación, más de la mitad de los concellos gallegos incluyen alguno de estos días en el calendario laboral de festivos y cada año, eventos como el Entroido de Xinzo de Limia, atraen más visitantes.

Muchos padres han crecido con estas fechas como un momento de diversión garantizada con sus amigos y de satisfacción al ver terminados los disfraces que pasan semanas preparando. Con toda esta anticipación, la alarma es mayúscula cuando su hija o hijo les dice: «No quiero disfrazarme». Pero calma, el carnaval no tiene que ser para todos.

Esta es la tesis que defiende el psicólogo infantojuvenil Lois Fernández: «Lo que para un adulto puede ser una gran oportunidad de ocio alternativo, para algunos niños puede suponer un enorme reto». Los motivos para no querer disfrazarse varían en cada caso, yendo desde el simple desinterés hasta la vergüenza. El terapeuta señala que cada niño tiene sus propios gustos e intereses, por lo que el problema de que un hijo no quiera disfrazarse es más bien «una cuestión de expectativas de sus padres».

Dale la última palabra

Fernández define la crianza como «un equilibrio delicado entre exigir lo que pueden dar y respetar las cuestiones propias individuales». En este sentido, entiende que la labor de las madres, padres es la de «acompañar, nunca presionar ni obligar». Ante una negativa, la labor del criador es distinguir el motivo detrás de la negativa.

Puede ser vergüenza o pereza, para lo que podemos buscar una temática que los motive. En cambio, si la motivación es el miedo al disfraz por algún motivo en particular, «tratar de persuadirlo no hará más que acrecentar su inseguridad». El terapeuta sostiene que no saldrá nada bueno de presionar a que haga algo que no quiere, por lo que «es importante cederle siempre última palabra al menor».

En muchas ocasiones, nuestra preocupación nazca de buscar lo mejor para nuestros hijos o de la preocupación por que se vea aislado del resto de niños de su entorno. Pero «lo que es importante para nosotros, no necesariamente tiene que ser importante para nuestros hijos». En la escala de valores de cada niño, su incomodidad hacia el disfraz puede primar a la idea de participar en el evento con sus amigos. Podemos prever algunos problemas e intentar atajarlos, pero el psicólogo nos obliga a plantearnos la siguiente pregunta: «¿Vais porque al niño se lo pasará bien o porque a ti te hace ilusión tener la foto de tu hijo disfrazado?».

Podemos utilizar una «persuasión respetuosa» para equilibrar sus deseos con lo que nosotros consideramos mejor para ellos, pero obligarle carece de sentido.

En el apartado social, Fernández recuerda que los niños, ya sea en clase, en las extraescolares o en el parque; «disponen de multitud de oportunidades y herramientas para interaccionar y crear vínculos». Carnaval es solo un grano de arena entre todas sus actividades, por lo que «si va a estar descontento en el evento, es mejor quedarse en casa».

Siguiendo la idea de encontrar un equilibrio entre lo que él quiere y «lo que la sociedad nos demanda», siempre podemos ofrecerle alternativas. El terapeuta apunta que nos centremos en sus intereses y no tanto en la temática por la que optan el resto de familias. Si con esto no podemos superar la negativa, Fernández propone explorar alternativas: «llegar a la fiesta después del baile de disfraces, negociar que lleve el disfraz durante la primera hora o tal vez se sienta más cómodo si nosotros nos disfrazamos con él». Toda posibilidad es válida «siempre y cuando lleguemos a ella a través de la negociación».

Cómo perciben el disfraz

Fernández explica que el disfraz para el niño no es solo ropa, sino una experiencia capaz de albergar «magia y diversión», pero también «extrañeza o incomodidad». El terapeuta señala la evolución del concepto del disfraz para el menor en función de su edad. Una vez superada la primera infancia (3-4 años), la percepción del disfraz suele ser de «oportunidad para ser creativos» y de «ensayar nuevas personalidades». En esta edad su concepción de la realidad y de su personalidad está en construcción, «por lo que no reconocerse en el espejo o no ser capaz de identificar a sus referentes puede resultar muy angustioso».

Con todo, el psicólogo destaca los beneficios del disfraz cuando «nace del deseo espontáneo o de la curiosidad». Un traje pasa a ser la posibilidad de convertirse en su personaje favorito o explorar su creatividad. En definitiva, el disfraz ejerce de «entrenamiento emocional» para los más pequeños.

«Bajo la capa de un superhéroe, un niño puede permitirse ser la persona más valiente del mundo, o bajo un uniforme de bombera, una niña puede ensayar cómo superar su timidez para proteger a los demás», concluye Fernández.

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