OPINIÓN
Cuidar el lugar donde empieza la vida pública
La arquitecta y docente Estela Darriba reflexiona para FARO sobre la importancia de la arquitectura pro-infancia y la necesidad de recuperar el vínculo con la naturaleza

Estela Darriba centra su investigación en las relaciones entre espacio, identidad y aprendizaje. / Envato
Estela Darriba
Pensar en una arquitectura pro-infancia es, indisolublemente, preguntarse qué tipo de sociedad queremos construir. Las escuelas son los primeros lugares donde aprendemos a convivir: a relacionarnos con los demás, con el tiempo, con el entorno y con nosotros mismos.
Hablar de arquitectura pro-infancia no significa diseñar espacios ‘para niños’ en un sentido decorativo, sino crear entornos que cuiden los procesos de desarrollo y aprendizaje desde el cuerpo, que aseguren su bienestar. Porque si un espacio cuida a la infancia, cuida también a quienes la acompañan y a quienes vendrán después. En palabras de Leon Battista Alberti, la escuela, como la casa, es una pequeña ciudad, y con ello quizá también la primera aproximación a la vida pública.
Para que una escuela sea un lugar seguro no basta con eliminar riesgos físicos, la seguridad tiene que ver también con la regulación acústica, lumínica y térmica, pero también con la regulación emocional.
Un espacio seguro es aquel en el que el cuerpo puede bajar la alerta, orientarse con facilidad y encontrar tanto lugares de encuentro como espacios de retirada, de silencio y soledad buscada. Desde la neurociencia sabemos que no existe aprendizaje sin emoción ni emoción sin cuerpo. Y de esta forma, cuando el cuerpo se siente a salvo, la atención se estabiliza y el aprendizaje puede suceder.
«Los espacios que habitamos en la infancia permanecen en la memoria corporal mucho después de haberlos abandonado»
La atención debe ser facilitada desde el entorno; mientras que espacios excesivamente rígidos, ruidosos u homogéneos dificultan la presencia y, consecuentemente, la participación, aquellos otros que permiten el movimiento, la variación de posturas, la conexión con el exterior y la diversidad de escalas favorecen la implicación y el vínculo con lo que ocurre in situ.
En Galicia, todo esto adquiere un significado particular. Nuestro clima, nuestra vegetación, la presencia constante del agua, la luz cambiante y una cultura profundamente vinculada al territorio configuran una forma específica de habitar. Norberg-Schulz hablaba del genius loci, el carácter del lugar, como aquello que da sentido al acto de habitar. Ignorar ese carácter genera espacios ajenos; sin embargo, reconocerlo crea pertenencia.
La arquitectura vernácula gallega ofrece numerosas pistas de cómo hemos ido habitando el lugar, y la importancia de la gradación del espacio entre el exterior y el interior. Estos espacios intermedios han convertido elementos identitarios como nuestros soportales en umbrales que responden a una vida marcada por la lluvia, la conversación, el trabajo compartido y la relación con el entorno inmediato.
No es casual que gran parte de la poesía gallega del siglo XX escriba sobre el lugar, la naturaleza, el agua o el bosque, en Galicia existe un vínculo profundo con el territorio que hoy, sin embargo, parece haberse debilitado. Diversos estudios alertan de un déficit de contacto con la naturaleza en la infancia y la adolescencia, con consecuencias sobre el descanso, la regulación emocional y el desarrollo neurológico. Recuperar ese vínculo deja de ser una cuestión romántica para convertirse en una necesidad de salud pública, educativa y también social.

Ignorar el carácter de un lugar, el "genius loci" genera espacios ajenos; sin embargo, reconocerlo crea pertenencia. / Envato
En este contexto, comienzan a surgir en Galicia ejemplos de arquitectura escolar sensible al lugar. El patio transformado del CEIP Marquesa do Pazo en As Neves, impulsado por Mar Penela desde una mirada cercana a la permacultura, entiende el espacio exterior como un ecosistema vivo que cambia con las estaciones y acompaña el desarrollo infantil. Aquí no se trata de domesticar la naturaleza, sino de aprender a convivir con ella.
Algo similar ocurre en el patio inundable del CEIP de Outes, proyectado por Sistema Lupo, donde el agua deja de ser un problema a eliminar para convertirse en una condición del lugar que se integra de forma respetuosa y que ofrece una valiosa situación de observación y aprendizaje. El mismo grupo, trabajó en el CEIP Ramón da Sagra, Elviña, en el cerramiento como un límite permeable, una piel que protege sin aislarse de la vida pública, entendiendo la escuela como una extensión de la ciudad y no como un recinto cerrado sobre sí mismo.
Estas propuestas dialogan con iniciativas como Proxecto Terra, impulsado desde el Colexio Oficial de Arquitectos de Galicia en colaboración con el ámbito educativo, que promueve el conocimiento del territorio, la arquitectura y el paisaje desde las propias aulas, sensibilizando a los estudiantes y enseñándoles a mirar su entorno.
«Si la educación está cambiando hacia metodologías más activas, comunitarias y conectadas con la realidad, entonces los espacios deben ser capaces de acoger y reforzar ese cambio»
Si la educación está cambiando hacia metodologías más activas, comunitarias y conectadas con la realidad, entonces los espacios deben ser capaces de acoger y reforzar ese cambio. Los patios, los pasillos, las entradas o incluso los tiempos de recreo son escenarios fundamentales de aprendizaje.
Con la llegada del Plan de Nova Arquitectura Pedagóxica de la Xunta de Galicia, desde 2021 se reconoce la necesidad de alinear espacio, pedagogía y bienestar, y la urgencia de abordar la transformación educativa desde una mirada interdisciplinar.
Diseñar escuelas no es solo una cuestión técnica, sino que se convierte en una decisión ética y política que deja huella. Los espacios que habitamos en la infancia permanecen en la memoria corporal mucho después de haberlos abandonado. Por eso, pensar una arquitectura pro-infancia es también pensar en el futuro, en cómo queremos habitar el mundo, desde el cuidado y la pertenencia.
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