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Criar cuando se tiene depresión: «Fue muy duro no poder hablar libremente de lo que me pasaba»

La experiencia de la crianza no es sencilla en ningún caso, pero se complica cuando los progenitores (o la persona a cargo) atraviesa un trastorno del estado de ánimo. La culpa, el miedo a no poder cuidar bien y la dificultad para comunicarse con los hijos son factores determinantes

Fotograma de 'Aftersun' (2022), película que aborda las relaciones paternofiliales y la salud mental.

Fotograma de 'Aftersun' (2022), película que aborda las relaciones paternofiliales y la salud mental. / Elastica Films

Beatriz sabía desde niña que su salud mental era frágil. Sufría temporadas de tristeza intensa y tenía pensamientos intrusivos que la hacían darse cuenta de que las cosas no marchaban con normalidad. Visitó a diferentes especialistas. De ninguna consulta salía con una respuesta clara. En el fondo, confiesa, ella misma no quería admitir que lo que ocurría tenía un nombre.

Tiempo después, siendo todavía muy joven y estudiando la carrera en Santiago, recibió la noticia de su primer embarazo con una mezcla de alegría y temor. Cuando nació el niño, su estado de ánimo empeoró. La soledad que había experimentado en el pasado se volvió más intensa. Nadie, ni siquiera en el hospital donde dio a luz o durante los nueves meses previos, le había explicado bien qué era la depresión post parto o qué era el baby blues, una forma de tristeza más leve que experimentan las mujeres que acaban de parir, propiciada por la bajada de hormonas.

«Quería ir al psicólogo, pero no tenía dinero», relata. «Hacía vida normal, pero me sentía muy vacía. Pensaba muchas veces en que quería acabar con todo eso, eran pensamientos intrusivos que veía todo el tiempo, hasta cuando estaba con el niño. Empecé a experimentar crisis de rabia y de ansiedad delante de él y a tener miedo del daño que podría causarle verme así».

La depresión fue robándole cada vez más terreno, con su círculo familiar lejos y una pareja emocionalmente ausente. Tres años después del nacimiento del bebé, Beatriz se quedó embarazada de nuevo, a pesar de estar tomando píldoras anticonceptivas. Decidió seguir adelante con él, pero el mazazo psicológico fue brutal.

«Cuando tienes depresión piensas que todo lo que no va bien puede ser tu culpa»

Beatriz

«En ese momento fue cuando empecé a tomar antidepresivos», cuenta. También recibió un diagnóstico que ponía palabras a lo que le ocurría desde antes de ser madre, y buscó refugio a través de grupos de apoyo a la lactancia y a la crianza, con otras mujeres que habían atravesado experiencias similares.

Actualmente, los hijos de Beatriz tienen siete y diez años. Vive sola con ellos y la pasada primavera pudo dejar la medicación. La separación del padre de los niños también ha contribuido a su mejoría, aunque lo ve con frecuencia por la custodia. Sabe que uno de los factores que la llevaron a tocar fondo fue «no tener la pareja adecuada». Él no entendía que ella no estaba simplemente triste. «Fue muy duro no poder hablar libremente de lo que me pasaba», admite.

«Al primero de mis hijos le costó mucho hablar, empezó con cuatro años, y yo siempre pensé que era mi culpa. Me decía a mí misma ‘igual es porque me vio así de mal y ahora tiene miedo de hablar’. Cuando tienes depresión, piensas que todo lo que no va bien puede ser tu culpa. El padre, de hecho, siempre me culpó», cuenta.

La culpa

«Si hablamos de una persona con una sintomatología depresiva muy intensa y sin tratar, es probable que la crianza de un niño le resulte especialmente difícil ya que la depresión, entre otras cosas, distorsiona negativamente muchos pensamientos, genera sentimientos de tristeza profunda, inutilidad y culpa durante gran parte del día y dificulta la capacidad para sentir placer o interés por las cosas», apunta el psicólogo vigués Víctor Galiano, «es decir, que afecta a cada persona de forma distinta a nivel cognitivo, emocional y físico en diferentes áreas que intervienen directamente en la crianza de un hijo».

padre e hija

Los expertos recomiendan normalizar la comunicación entre padres e hijos siempre, hasta en temas sensibles para los adultos. / Envato

En el caso de Beatriz, la depresión no podía quedarse al margen de la rutina. Había días en los que le costaba más salir de la cama o estaba más irascible. Ella misma había crecido con un padre que tenía depresión, pero hablar de ello era un tabú en casa y tenía claro que no quería hacer lo mismo con sus hijos.

Cuando el mayor fue un poco más consciente, habló con él. Le explicó de una forma adaptada a su edad lo que le ocurría: «Cuando empecé el tratamiento se lo conté y él, aun siendo pequeño, me decía después ‘¡mamá, hoy no te tomaste las pastillas!’ (risas). Y ha notado el cambio, porque ahora me dice ‘mamá, antes estabas triste y ya no’».

La psicóloga perinatal Laura Pérez, con consulta en Pontevedra, expone a FARO que los hijos -y en especial, en edades tempranas- deben sentirse «partícipes de la familia, no una parte aislada». «Luego nos encontramos ante situaciones en las que nosotros les exigimos que nos cuenten cosas, cuando tampoco estamos compartiendo con ellos lo que sucede en la dinámica familiar», subraya.

Tal vez algunos padres y madres se preguntan si contarles algo así a sus retoños no supondrá poner una carga extra sobre sus hombros. La experta recuerda que «normalizar la comunicación» con los menores es recomendable siempre, para poder generar un vínculo seguro de confianza: «Cuando tenemos depresión nos culpamos por muchas razones, pero tenemos que intentar buscar ayuda y apoyo en quienes nos rodean y no atravesarlo solos».

«Creo que es sano expresar lo que sientes. No para que esa persona se sienta mal consigo misma, sino para que sepa que su hijo entiende su dolor»

Mónica

Mónica, de 26 años, creció sabiendo que su padre tenía problemas de salud mental, aunque nunca tuvieron una conversación directa. «Yo era muy pequeña cuando empezó todo esto, pero sí que me hubiera gustado sentarme a hablarlo con él y expresarle lo que sentía», cuenta, «igual no hubiera servido de nada, pero creo que es sano expresar lo que sientes. No para que esa persona se sienta mal consigo misma, sino para que sepa que su hijo entiende su dolor. Así es un peso compartido».

Sus progenitores se divorciaron cuando era bebé, por lo que nunca convivió con su padre. Solo pasaban juntos los fines de semana. Él, la mayor parte del tiempo, era una persona extrovertida, divertida y alegre, «era la imagen que quería dar». Por eso Mónica recuerda con exactitud la primera vez que vio aflorar su depresión. «Yo tenía 10 años, acabábamos de comer y, de repente, entró en el salón y se puso a llorar. Nunca lo había visto así, se derrumbó. No sé qué me dijo, estaba intentando justificarse. Es el único recuerdo que tengo de él llorando», reconoce. 

Fotograma de 'Aftersun', basada en la experiencia personal de la directora, Charlotte Wells, y su padre.

Fotograma de 'Aftersun', basada en la experiencia personal de la directora, Charlotte Wells, y su padre. / ELÁSTICA FILMS

Unos años más tarde, siendo ella adolescente, el padre de Mónica intentó quitarse la vida. «Mi reacción no fue asustarme ni ponerme triste, fue enfadarme», cuenta. Echando la vista atrás, piensa que tal vez fue demasiado dura con él en ciertos momentos, pero confiesa que lo que más sentía en aquellos años era «frustración»; en parte por no poder “solucionar” su situación y por otro lado, porque «muchas veces sentía que era yo quien cuidaba de él». «Vivir algo así no te hace madurar más rápido, lo que hace es joderte», afirma.

A pesar de todo, atesora estas experiencias sin remordimiento y guarda con cariño la buena relación y la complicidad que mantuvo siempre con su padre, quien falleció hace unos años después de cáncer. «Cuando se puso enfermo una parte de mí asumió que se iba a morir porque él quería morirse. Sé que suena mal decirlo y obviamente esto no hace más fácil que se muera tu padre, pero yo sabía que era algo que podía pasar».

Vínculos y cuidados

La responsabilidad de la crianza no solo se da en relaciones paternofiliales. Precisamente a veces, ante progenitores ausentes, ocupa el puesto otro familiar. Es lo que está viviendo Sara, de 32 años. Desde hace un tiempo acoge en su casa a Nerea, su hermana de madre, que acaba de cumplir la mayoría de edad. Ambas tienen depresión diagnosticada y razones compartidas: un hogar disfuncional sin una figura materna responsable. 

Sara pudo convivir con su padre, pero Nerea no. Ahora es su hermana mayor quien está tratando de brindar unos cuidados que no existieron durante la infancia. «Siempre supe que eventualmente iba a pasar algo así», explica Sara, «estaba cagada por la convivencia, porque viene de un entorno muy hostil y le faltan muchas nociones básicas de higiene, limpieza, alimentación o de cómo relacionarse con los demás».

abrazo hermanas

Los psicólogos subrayan la importancia de buscar apoyo, tanto profesional como de nuestros seres queridos. / Envato

El estado de la salud mental de Nerea es especialmente delicado. Ha habido episodios de autolesión, pasa gran parte del día en casa. La responsabilidad que siente Laura es grande y las ganas de querer lo mejor para ella confrontan en ocasiones con su propio bienestar y su psicoterapia. «Me está costando hacer mi vida, todas las energías se me van y tengo miedo de lo que pueda pasarle. No estoy pudiendo con todo», admite.

Como apunta el psicólogo Víctor Galiano, «hay personas para las que la crianza puede activar emociones positivas, vínculos afectivos y aportarles una ganancia de sentido y apoyo social, mientras que para otras personas puede suponer un incremento del estrés, sentimientos de culpa y de “no estar a la altura”, limitarles su tiempo para cuidarse y, en definitiva, agravar su sintomatología».

En casos como estos, los especialistas defienden la necesidad de «buscar siempre ayuda y apoyo». Sara, además de acudir a terapia, tiene dos pilares fundamentales: su abuela y su novio. «Ahora hablo mucho con él de para qué vamos a tener hijos, si esto ya es la experiencia tal cual», bromea.

Nerea acaba de estrenar tratamiento y su hermana confía en que «empiece a estar un poco mejor, para poder empezar a volver a centrarme un poquito en mí». Lo difícil de su situación no empaña el amor ni el alivio de que con ella está por fin en un entorno seguro. «Es una niña maravillosa y siempre nos hemos llevado muy bien, nos lo hemos pasado muy bien juntas. La quiero muchísimo y sé que ella me quiere a mí. Eso lo hace todo un poco más fácil». 

Nota: Los nombres de las personas entrevistadas para este reportaje, así como ciertos datos personales, han sido modificados para preservar su intimidad.

Recursos

Si usted o alguien cercano está pasando por un momento difícil, no está solo/a. Puede encontrar apoyo inmediato y gratuito en la Línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad (024) o en el Teléfono de la Esperanza (717 003 717). Ambos están disponibles las 24 horas del día. Asimismo, el sistema sanitario gallego recoge diversos programas de prevención e intervención comunitaria enfocados en la salud mental. No dude en pedir ayuda.

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