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Del «sin recreo» a la «disciplina positiva»: así han cambiado los castigos escolares

Poner límites sigue siendo esencial para educar, pero la disciplina escolar ya no se entiende como antes. Repasamos cómo se corrige hoy al alumnado, el papel de las familias y el impacto de la pérdida de autoridad docente en las aulas

¿Cómo se corrige hoy al alumnado? ¿Siguen existiendo los castigos?

¿Cómo se corrige hoy al alumnado? ¿Siguen existiendo los castigos? / Envato

Quizá tus abuelos, tus padres o tú, querido lector, hayáis vivido los castigos de la vieja escuela. No hace falta irse demasiado atrás para recordar -o imaginar con claridad- una época en la que el aula normalizaba golpes con la regla en las manos, rodillas en el suelo o brazos extendidos sosteniendo libros.

Para los más jóvenes, basta con pensar en la mítica escena de Bart Simpson escribiendo frases una y otra vez en la pizarra. Muchas de esas prácticas hoy resultan impensables, pero otras han resistido mejor el paso del tiempo: las copias en la pizarra o quedarse sin recreo.

Los castigos de la «vieja escuela»

Aunque muchos de los castigos de la antigua escuela han quedado atrás, algunos siguen apareciendo de forma puntual en el imaginario educativo. Para José Aboal Fernández, profesor jubilado desde hace un año tras 42 años y medio de experiencia, estas prácticas que durante décadas fueron «muy comunes» no solo resultan poco útiles, sino que pueden «aumentar el malestar del alumno, llegando a ser contraproducentes».

Alumnos en durante una clase, en foto de archivo. | E.P.

Alumnos en durante una clase, en foto de archivo. / E.P.

Esa misma idea comparte Daniel Mosteiro Vázquez, profesor de Xeografía e Historia en el IES da Cachada y con 15 años de experiencia docente, quien sostiene que su efecto es limitado: apenas funcionan a «corto plazo» y, en el fondo, «no logran modificar su conducta, ni desarrollan su autodisciplina o sus habilidades sociales». Incluso cuando parecen dar resultado, advierte, lo hacen desde el «miedo a hacer algo repetitivo y tedioso», por lo que «sólo interrumpen la conducta hasta la próxima vez que se produzca el comportamiento disruptivo».

Desde la perspectiva de la pedagoga, Sheila Insua Josenge, y presidenta del Procolegio de Pedagogos y Psicopedagogos de Galicia (PROCOLPEGA), el problema es aún más profundo: «Este tipo de prácticas suelen generar frustración y, lejos de mejorar la conducta, tienden a empeorar la situación».

En el caso concreto de castigar sin recreo, lo considera especialmente grave porque «estamos ante una medida claramente inadecuada y potencialmente abusiva, ya que limita un tiempo de descanso, juego y descarga emocional al que el alumnado tiene derecho, del mismo modo que cualquier persona trabajadora tiene derecho a su pausa para el descanso».

«Castigar sin recreo es una medida claramente inadecuada y potencialmente abusiva, ya que limita un tiempo de descanso, juego y descarga emocional al que el alumnado tiene derecho»

Sheila Insua Josenge

— Pedagoga

En general, insiste en que «ocurre lo mismo con otras sanciones tradicionales que no buscan comprender ni corregir la conducta, sino imponer una consecuencia sin aprendizaje», ya que «estas medidas no educan; generan malestar, desmotivación y, en muchos casos, una ruptura innecesaria del vínculo educativo».

Por eso, concluye, «aplicar siempre las mismas sanciones -como mandar copias o retirar el recreo- supone tratar situaciones muy diferentes de la misma manera, sin atender a la diversidad de realidades, necesidades y procesos de desarrollo del alumnado».

Del «castigo» a la «disciplina positiva»

Por suerte, la situación ha cambiado, empezando por la nomenclatura. Así lo hace saber Mosteiro: «La palabra castigo es ya inexistente en la jerga educativa, se asocia a otra época». En su lugar, ahora se habla de «disciplina positiva», un concepto que pretende educar sin recurrir al castigo tradicional. En otras palabras, «se educa socioemocionalmente».

En la misma línea, Sheila Insua Josenge defiende que es más adecuado hablar de «medidas correctoras» que de castigos, porque «el objetivo no es sancionar desde una lógica punitiva, sino corregir conductas con una clara intención educativa». Para ella, el equilibrio está claro: «Reforzar aquello que se hace bien y explicar, acompañar y reconducir aquello que no es adecuado es donde se encuentra el verdadero equilibrio educativo».

En la práctica, las medidas disciplinarias más habituales pasan por «amonestaciones privadas por escrito», la «pérdida de privilegios» -como actividades complementarias que suelen motivar enormemente al alumnado- o las «tareas reparadoras», especialmente frecuentes en casos como ensuciar el patio, con la creación de «brigadas de limpieza». También se recurre a «escribir sobre lo ocurrido», a modo de tarea reflexiva, y en situaciones más graves se puede citar a la familia.

«La palabra castigo es ya inexistente en la jerga educativa, se asocia a otra época»

Daniel Mosteiro Vázquez

— Profesor en el IES da Cachada

En última instancia, estas conductas pueden acarrear expulsiones. José Aboal Fernández añade otras fórmulas como «aulas de convivencia», «técnicas de modificación de conducta» o «talleres individualizados y en grupo», y subraya que, dependiendo de la conducta a corregir y del alumno-a, se debe valorar qué medida disciplinaria es la más adecuada, además de establecer su correcta implementación y seguimiento.

En este nuevo enfoque, todos coinciden en que los métodos actuales «son más efectivos», aunque también «más complicados de aplicar», ya que buscan resultados a largo plazo. Para que funcionen, «necesitan un seguimiento» y requieren que el profesorado mantenga siempre una actuación basada en el respeto, clave para lograr una modificación real de la conducta.

«Por ejemplo, si un alumno o alumna desordena el aula, lo adecuado es que participe en ordenarla; si agrede a un compañero o compañera, pueden plantearse medidas de reparación del daño y de reconexión con el otro, siempre desde una intervención educativa y supervisada», explica Sheyla y con el objetivo de «ayudar al alumnado a comprender qué ha ocurrido, por qué esa conducta no es adecuada y qué alternativas existen».

La autoridad del docente, en crisis

La sensación de pérdida de autoridad en las aulases una de las preocupaciones que más se repite entre el profesorado. Sheila señala que la relación educativa se construye en un «equilibrio constante entre autoridad y confianza, entre poner límites y generar vínculo», y recuerda que «la forma en la que se trata al alumnado influye directamente en cómo este responde; el respeto y la coherencia generan respeto».

Daniel lo enmarca como un fenómeno «de problemática social». En su opinión, la situación ha alcanzado un punto crítico, hasta el punto de que «la autoridad docente está en mínimos históricos».

Además, advierte de sus consecuencias directas en la salud mental del profesorado, ya que «desemboca en cuadros de ansiedad y estrés», provocando incluso muchas bajas en la profesión. Ante este escenario, plantea «un diálogo productivo dentro de la comunidad educativa (donde se incluyen profesorado, familias y la administración) para lograr conclusiones».

Lejos de ser una inquietud aislada, José añade: «Siempre estamos muy cuestionados por todos». Para él, el problema se agrava porque existe una percepción social generalizada de que cualquiera puede opinar con autoridad sobre la educación: «Todo el mundo “sabe” de educación y de “como” deberíamos desempeñar nuestro trabajo».

Familia y docentes: en el mismo equipo

Los tres coinciden en que es fundamental la coordinación entre el profesorado y las familias. En esa línea, Sheila recuerda que «el ejemplo que se ofrece desde el entorno familiar y educativo es una de las herramientas más potentes para educar. Las normas, el respeto y la forma de resolver los conflictos se aprenden, en gran medida, observando cómo actúan las personas adultas de referencia».

Daniel lanza un mensaje claro: «Se debe volver a confiar en la labor de los docentes». Sin embargo, también reconoce las dificultades para que esa coordinación sea realmente efectiva y admite que, aunque es necesaria, «hoy en día es una utopía».

«Las normas, el respeto y la forma de resolver los conflictos se aprenden, en gran medida, observando cómo actúan las personas adultas de referencia»

Sheila Insua Josenge

— Pedagoga

José, por su parte, insiste en que el profesorado no es un enemigo, sino un apoyo: «Que tengan en cuenta que el profesorado está para ayudar y colaborar en la educación y desarrollo de sus hijos». En definitiva, subraya que el vínculo colegio-familia es decisivo: «Cuando este fluye correctamente, se nota y la mejoría en el alumnado es notable».

En ese contexto, marcado por la necesidad de educar con límites, diálogo y corresponsabilidad, Mosteiro resume la profesión como un equilibrio constante entre luces y sombras: «Ser profesor es una profesión muy ilusionante y motivadora pero también puede ser muy decepcionante y dura. Dos caras de la misma moneda, ¡como la vida misma!».

José Aboal Fernández, por su parte, recuerda que «cada alumno-a es totalmente diferente» y que gestionar el aula implica cuidar y observar: «Preocuparse por el bienestar de nuestro alumnado, observar posibles señales de alerta y actuar en consecuencia». Y deja una idea final que atraviesa toda la vocación docente: «Lo más importante, disfrutar de su trabajo y también con el alumnado».

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