Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

¿Qué es ser una Persona Altamente Sensible?

Las personas que presentan este rasgo procesan la información con mayor profundidad emocional, sensorial y social, lo que influye en su forma de percibir el mundo

PAS.

PAS. / Envato

Vigo

Puede que el término Persona Altamente Sensible (PAS) te suene. En los últimos años ha empezado a circular con fuerza por redes sociales, a veces envuelto en escepticismo y etiquetas rápidas. Sin embargo, lo que hoy parece una tendencia tiene detrás décadas de investigación científica. La alta sensibilidad comenzó a estudiarse de forma sistemática en los años setenta y ochenta, cuando la psicóloga estadounidense Elaine Aron observó que un grupo de personas procesaba la información de forma mucho más profunda y sensible que la media.

Desde entonces, ese rasgo —presente en entre un 20 y un 30 % de la población— ha ido tomando forma, nombre y respaldo empírico. Y, con él, una pregunta clave: ¿qué significa realmente ser altamente sensible?

Qué es —y qué no es— ser PAS

El primer paso para entender la alta sensibilidad es no dejarse engañar por el nombre. «En inglés es sensory processing sensitivity, sensibilidad de procesamiento sensorial», explica la psicóloga y persona altamente sensible, Ana Belén Vidal, además de presidenta de AGALAS y especializada en alta sensibilidad. «Nos creemos que es sensibilidad emocional y para nada es así».

Ese matiz es importante: no se trata de “sentir más”, sino de procesar más información sensorial y hacerlo con mayor profundidad. Por eso el término original describe mejor lo que ocurre a nivel neurológico.

Esa confusión ha hecho que durante años se asocie a debilidad, fragilidad o exceso de emotividad. Pero ni Vidal ni Fernández lo plantean así. «Es un rasgo innato, es decir, viene de nacimiento», subraya Fernández. Y Vidal insiste: «El rasgo de alta sensibilidad no es un trastorno». «No se diagnostica porque no es una enfermedad», añade Vidal. «Se descubre».

Un sistema nervioso que capta más

La clave está en cómo funciona el sistema nervioso. «La sensibilidad de procesamiento sensorial significa que el cerebro de esa persona capta mucha más información a través de todos los sentidos y más intenso», explica Vidal. «No todos tenemos los ocho sentidos igual de desarrollados».

Eso se traduce en una mayor sensibilidad al ruido, la luz, los olores, las texturas o los cambios ambientales. «La sensibilidad al ruido, a la luz, a olores fuertes, a texturas de la piel o de la ropa… es típico en las personas altamente sensibles».

Pero no es solo algo físico. La psicóloga educativa, Alba Fernández, define el rasgo como «una mayor sensibilidad en el procesamiento a nivel sensorial y emocional, otorgando mayor visibilidad a los matices de los estímulos, la armonía, la belleza o la profundidad en las relaciones interpersonales».

«Por eso muchas PAS tienen una gran empatía y una fuerte respuesta al sufrimiento ajeno», explica, «lo que puede ser una fortaleza… o una carga si no se sabe regular». Vidal amplía el mapa sensorial: «Antes eran cinco sentidos, ahora son siete: interocepción y propiocepción. Y hay un octavo que yo añado, que es la intuición. En las personas altamente sensibles está mucho más patente cuando están reguladas».

Un rasgo con base científica, pero aún fuera de las aulas

La alta sensibilidad no es una ocurrencia reciente. «Desde el año 1980 empezaron a hacer estudios científicos y a poner datos más objetivos», señala Vidal. Elaine Aron fue quien puso nombre al rasgo y desarrolló los primeros test para identificarlo.

«Fue la primera profesional que creó un test específico para identificar a las personas altamente sensibles», explica Vidal. «Hoy está validado y adaptado para la población española».

Fernández añade que «estudios más recientes, como los de la Universidad de Stony Brook en 2014, confirman que hay diferencias significativas en el funcionamiento del cerebro entre las personas PAS y las no PAS».

Sin embargo, a pesar de este respaldo, el rasgo sigue sin estudiarse de forma reglada en las universidades. «Todavía no forma parte del currículum de psicología, magisterio o medicina», señala Vidal. «Eso hace que muchos profesionales lo vean como una moda, cuando en realidad hay evidencia neurológica detrás».

Cuando el mundo va demasiado rápido

En una sociedad marcada por el ruido, la prisa y la sobreestimulación, el sistema nervioso de una PAS entra antes en estado de alerta. «Con el ritmo actual de la sociedad tenemos más tendencia a saturarnos porque percibimos muchísima más información», explica Vidal. «Cuando no sabes que eres altamente sensible, tu cuerpo acaba estresándose antes. Y ahí aparecen ansiedad, cansancio exagerado o malestar físico».

«Si de repente tengo un cansancio que no se me pasa durmiendo o descansando, eso es un síntoma», advierte. Y aquí introduce una diferencia clave: «La hipersensibilidad sí es una patología. Es una reacción del cuerpo al estrés». La alta sensibilidad es el rasgo; la hipersensibilidad es lo que ocurre cuando ese sistema lleva demasiado tiempo en sobrecarga.

Infancia y adolescencia: donde más se nota

En la infancia, la alta sensibilidad se expresa con especial intensidad. «Pueden reaccionar con una pataleta muy fuerte o con huida, evitación o desconexión», explica Vidal. «El niño no se desconecta porque no quiera atender, sino para sobrevivir a la sobreestimulación».

Eso puede llevar a confusiones con TDAH o autismo. Fernández señala que hay similitudes sensoriales, pero diferencias claras en comunicación y conducta.

En la adolescencia, el rasgo se vuelve más mental. «Son como filósofos andantes», dice Vidal. Cuestionan más, perciben más las injusticias y pueden sentirse fuera de lugar. «Se les puede forzar a pasar su umbral de tolerancia o etiquetarlos como “dramáticos” o “tiquismiquis”», advierte Fernández.

Mitos que rodean a la alta sensibilidad

Durante años, la alta sensibilidad ha estado envuelta en malentendidos que han contribuido a estigmatizar a quienes tienen este rasgo. «Se suele confundir con debilidad o exageración emocional, cuando en realidad hablamos de una mayor capacidad para percibir matices, una amplitud emocional más rica y una gran capacidad de observación», explica Alba Fernández.

Otro de los tópicos más frecuentes es asociar automáticamente la alta sensibilidad con la introversión. «No es lo mismo», aclara Ana Belén Vidal. «La introversión tiene que ver con el gasto de energía social; la alta sensibilidad, con cómo se procesan los estímulos». Por eso, una persona PAS puede ser perfectamente extrovertida.

También es habitual creer que se trata de un problema psicológico. «La alta sensibilidad no es un trastorno ni una patología», subraya Vidal. «Es un rasgo de personalidad con base neurológica».

Un beneficio que va más allá de las PAS

«Lo que va bien para las personas altamente sensibles va bien para todo el mundo», resume Vidal. Y pone ejemplos concretos: «En los colegios aún hay timbres super estridentes. Cambiarlos por sonidos más suaves no perjudica a nadie. Al contrario».

La alta sensibilidad no pide un mundo hecho a medida: pide un mundo un poco menos hostil para el sistema nervioso.

Porque, como recuerda Vidal, «la alta sensibilidad no es una amenaza para nadie. Y cuando una persona altamente sensible está en un entorno donde se siente segura, puede ser muchísimo más productiva, creativa y eficiente».

Quizá por eso, lo que empezó como una observación clínica hace medio siglo hoy resuena con tanta fuerza: no porque sea nuevo, sino porque por fin tenemos palabras, y ciencia, para algo que muchas personas llevan toda la vida sintiendo.

Tracking Pixel Contents