Paula Rodríguez Doctora en Equidad e Innovación Educativa por la UVigo, especializada en videojuegos y tecnologías digitales con perspectiva de género
«Es obligatorio que mis alumnos usen ChatGPT, pero los trabajos que les mando son imposibles de hacer con IA»
La investigadora ourensana es graduada en Educación Social y cuenta con un Máster en Intervención Multidisciplinar en la Diversidad en Contextos Educativos
«La diversidad es una materia pendiente en las facultades»

Paula Rodríguez, durante el evento Pixel á Feira. / @leolopezfoto
¿Cuándo aterriza en tu vida el interés por los videojuegos?
Creo que viene desde siempre. Desde que era muy pequeña jugaba con mi tío a las típicas controlas retro como la Sega. En la primera comunión me regalaron la Game Boy, después seguí con la Wii; con 13 años me compraron mi primer ordenador, empiezo con los Sims y a partir de ahí, eso evoluciona. Además yo vivía en un pueblo, en O Barco de Valdeorras, en el año 2005. Te puedes imaginar...
¿Qué puntos de conexión encontraste entre ellos y tu parte más académica?
Empecé a trabajar como educadora social en centros de menores. Ahí lo que ves es, evidentemente, a niños y adolescentes cuya principal fuente de ocio son los videojuegos. Eso se suma a que las ciudades son cada vez más hostiles para la infancia y la adolescencia. Al final, para acercarme a ellos, y ya que a mí también me gustaban los videojuegos, intentaba ganármelos por esa vía. Ahí te das cuenta de que hay un campo que , a pesar de que cuando empiezas sientes que está completamente inexplorado, lleva activo desde los años 80. Eso evolucionó hasta convertirse en mi primera tesis doctoral, centrada en el aprendizaje basado en juegos y mi otra gran pasión, la perspectiva de género. Al unirlos se abrió un mundo increíble. Los videojuegos son una herramienta cultural, del mismo modo que el cine.
Sin embargo, parece denostada, tal vez porque se asocia a los niños, ¿no?
Efectivamente. Todo lo que tiene que ver con las infancias, sobre todo hasta los 12 años, es muy adultocéntrico. Papá y mamá siempre están ahí presentes. Sin embargo, cuando llega la adolescencia todo es súper hostil y parece horrible. ¿Pero cómo no le va a gustar a un niño un videojuego? Si pueden jugar desde su casa, con amigos, hacer de todo. Son un primer paso hacia cosas que hasta entonces están prohibidas. Te dan motivación y te enganchan, claro, ¿cómo no te van a gustar?
¿Podrías darnos algunos ejemplos de videojuegos que recomiendes desde un punto de vista educativo?
En general me está gustando mucho lo que se está haciendo desde la llamada industria del ‘videojuego indie’, pequeñas desarrolladoras que están haciendo cosas más alternativas. Por ejemplo, el juego Gris, de la desarrolladora catalana Nomada Studio, de la que también recomiendo Neva. Otros juegos, A Normal Lost Phone, que utilizo en mi tesis; o algunos más mainstream como Stardew Valley o Animal Crossing.
«Los videojuegos son una herramienta cultural, del mismo modo que el cine»
En tu tesis ahondas en otras estrategias de gamificación de la enseñanza, como el escape room. ¿Qué aportan al aprendizaje?
El cine o los videojuegos pueden llegar a ser un poquito pasivos, pero no hay nada más activo que crear algo. En mi tesis propuse a futuros educadores sociales, que estarán en contacto con personas en situación de vulnerabilidad, la creación de un escape room digital para la sensibilización en perspectiva de género. Concretamente, lo hicieron sobre el colectivo trans. .
¿Cómo valoras los resultados?
Son increíbles, incluso mejores que ponerlos a jugar a un videojuego. Se dieron cuenta de un montón de cosas, tenían que crear historias con gancho para ellos como educadores sociales pero también para sus futuros niños o adultos a tratar. Pudieron trabajar la empatía, la creatividad, hablar en público… También hicieron otro escape room para hablar sobre el bullying. Con todo, una cosa que me gusta recalcar es que, al final, un escape room, un videojuego o un aprendizaje basado en un juego es una herramienta, forma parte de un proceso mucho más grande. Es un cachito muy pequeño de una intervención que puede durar años..
¿Se está haciendo un buen trabajo en materia de diversidad en las facultades?
Para mí es una asignatura pendiente, pero sobre todo en estos últimos años. Parecía que con el boom del feminismo del 2014-2015 todo el mundo hablaba de feminismo, de perspectiva de género, de diversidad… y de repente ha habido un retroceso. No solo hablo por parte del alumnado, sino de gente adulta, de los propios profesores y profesoras. Hay un retroceso gordo. Se empiezan a cuestionar cosas que yo pensaba que ya estaban solucionadas, como puede ser el aborto. El ascenso de la ultraderecha tiene que ver con las campañas mastodónticas que se están haciendo en redes sociales como en TikTok para nuestros niños, pero también para nuestros mayores en Facebook. Hay que poner el foco en las aulas, pero también en lo que se está colando a la gente de más de 65 años..
La IA es la gran revolución tecnológica de nuestros tiempos. ¿Cómo valoras su potencial educativo y sus riesgos?
La segunda tesis doctoral que estoy haciendo va precisamente sobre IA, es algo que me fascina. Desde el 2022, con la irrupción de ChatGPT, hemos visto un cambio de paradigma tremendo. Sus usos negativos van muchas veces ligados a las condiciones en las que vivimos, tendemos a la optimización del tiempo; es lo que está ocurriendo en las universidades con ChatGPT, los estudiantes lo van a usar porque con un clic tienen todo. Lo que tiene que cambiar es la manera que tenemos de hacer la universidad a día de hoy. Es obligatorio que mis alumnos usen ChatGPT, trabajamos de forma habitual con IA. Pero los trabajos que mando y mi metodología son imposibles de hacer utilizando la inteligencia artificial, al menos de momento. Y cuando se pueda, cambiaré mi metodología. Lo que estamos viendo es profesorado desactualizado, pero es normal; por ser profesor de universidad no significa que tengas competencias digitales. Las metodologías tradicionales también funcionan.
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