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Cinco años después: así recuerdan las familias la pandemia

¿Qué pasa cuando los primeros vínculos se construyen en un mundo de distancias, mascarillas y normas sanitarias? 

Héctor y su abuela durante el confinamiento.

Héctor y su abuela durante el confinamiento. / Cedida

Vigo

Cuando pensamos en nuestra infancia, la mente se llena de recuerdos como correr en el parque, jugar con amigos, abrazar a nuestros abuelos o compartir meriendas en la escuela. Dicen que los primeros años de vida dejan huellas imborrables, donde el mundo se descubre a través del juego, el contacto y la exploración. Pero, ¿qué pasa cuando los primeros vínculos se construyen en un mundo de distancias, mascarillas y normas sanitarias? 

Cinco años después del estado de alarma, los recuerdos de aquellos días siguen frescos en las mentes de muchos.

Para Anabel Araujo, la pandemia coincidió con uno de los momentos más importantes de su vida: estaba a punto de dar a luz en plena cuarentena. Con un hijo de cuatro años y una bebé recién nacida, el desafío de la maternidad se multiplicó. «Fueron meses caóticos: un niño con energía infinita, una bebé recién nacida, mi postparto…», recuerda Anabel. 

Pero el impacto más grande lo vivió su hijo Nico, quien presenció cómo su rutina cambió por completo: dejó de ir al colegio y se quedó en casa durante los 99 días de encierro, viendo cómo las clases en pantalla reemplazaron los juegos con sus compañeros. Para Nico, ese aislamiento se tradujo en frustración, impulsividad y una energía difícil de canalizar.  

La pandemia también fue un reto para Andrea en muchos sentidos. Con una hija de nueve meses, otra de tres años y teletrabajando, equilibrar la rutina familiar no fue fácil. Sin embargo, su familia trató de afrontarlo con optimismo. «No lo vivimos como un drama. Intentábamos hacer cosas divertidas para mantener el ánimo», recuerda.

Paula Verde, madre que trabaja en un colegio, y su familia de tres hijos –Martín, de dieciséis años; Héctor, de catorce; y Lucas, de doce–, pasaron aquellos meses en su casa rodeada de naturaleza, lo que les permitió mantener una cierta normalidad. Pero eso no significó que estuvieran exentos de dificultades. El COVID llegó pronto a su hogar. Su esposo, Marcos, fue de los primeros en contagiarse y pronto, su suegro, una persona de riesgo debido a su condición asmática. Paula debía hacer malabares entre el teletrabajo, la educación a distancia de sus hijos y el cuidado de su familia.

El impacto del confinamiento fue diferente para cada uno de los niños. Martín, el mayor, se adaptó con facilidad al nuevo formato de vida digital y encontró en las plataformas online una vía para relacionarse. “Era bastante tímido, pero el hecho de poder hablar con amigos a través de juegos y videollamadas le abrió nuevas formas de conexión”, explica Paula. 

En cambio, Héctor y Lucas, más pequeños, vivieron la experiencia de forma distinta. Aunque el menor apenas tenía cinco años cuando comenzó la pandemia, la educación a distancia resultó un reto para la familia, especialmente para Héctor, quien tiene autismo. «El colegio para él era mucho más que aprendizaje; era convivencia, juego, rutina… Y de repente todo eso desapareció», recuerda Paula. 

Una vuelta al cole diferente

Más allá del confinamiento, el regreso a la normalidad también supuso un reto. Después de meses de encierro y rutinas trastocadas, volver a un aula significaba enfrentarse a un mundo que ya no era como lo habían dejado. 

«Los patios estaban delimitados, había burbujas, los niños comían separados… Se perdió el contacto piel con piel, algo fundamental en la infancia»

«Los niños estaban separados, apenas podían hablar entre ellos y llevaban mascarillas todo el día», recuerda la madre de Nico. En un principio, la falta de contacto y la rigidez de las reglas lo hicieron sentirse aún más desorientado. Pero con el tiempo fue encontrando su lugar.

Noa, a diferencia de su hermano Nico, no tenía recuerdos previos de una escuela sin restricciones, pero el apego a su madre la hacía ser una niña reservada y tímida, lo que hizo que le costara desprenderse de la seguridad del hogar. Sin embargo, algo hizo que su experiencia fuera diferente: el apoyo incondicional de su profesora. 

Andrea recuerda lo difícil que fue separar a una niña de un año de su hermana mayor. Aunque ella no se contagió, tuvo que permanecer 21 días encerrada en casa porque su hermana sí lo hizo, perdiéndose así el fin de curso. 

Martín, como muchos adolescentes que dieron el salto al instituto en plena pandemia, sintió que se había perdido momentos clave, como la excursión de fin de curso en sexto de primaria o la graduación. Lucas y Héctor, por su parte, experimentaron la vuelta al colegio con restricciones estrictas. «Los patios estaban delimitados, había burbujas, los niños comían separados… Se perdió el contacto piel con piel, algo fundamental en la infancia», comenta Paula. 

Pequeñas alegrías en la incertidumbre

Cinco años después, aquellos recuerdos siguen presentes, pero han dado paso a nuevas perspectivas. Al mirar atrás, lo que permanece en la memoria de Andrea, Anabel y Paula no son las dificultades, sino las pequeñas alegrías que lograron encontrar en medio de la incertidumbre.

«Ahora lo vemos con distancia, pero en aquel momento todo era incertidumbre, miedo… Y aún así, encontramos la manera de seguir adelante»

Para Andrea, son los juegos en casa, las coreografías improvisadas con los vecinos desde el balcón y, sobre todo, la resiliencia con la que su familia afrontó un momento que parecía sacado de una película. A pesar de todo, hay recuerdos que todavía le remueven. «Un día me encontré por la calle con un vecino con el que habíamos compartido tantas tardes de balcón. Nos saludamos, hablamos un rato, y cuando me alejé con mi hija, casi se me caían las lágrimas al pensar: ‘Madre mía, lo que hemos vivido’», confiesa.

El balance de Anabel es positivo. «Pasamos tiempo juntos, no perdimos el trabajo ni a nadie cercano, y pudimos priorizar siempre el bienestar de nuestros hijos», reflexiona. Pero lo que más le reconforta es cómo su hijo mayor recuerda aquellos años. «Si le preguntas, no te hablará de restricciones ni mascarillas, sino de tardes en el parque, paseos por el monte, bici y nuevos amigos», concluye.

A pesar de los momentos duros, Paula también prefiere quedarse con lo positivo. Su familia aún conserva imágenes y recuerdos de aquellos días, como la vuelta a casa de su suegro, un momento tan emocionante que hicieron un cartel para recibirlo. «Ahora lo vemos con distancia, pero en aquel momento todo era incertidumbre, miedo… Y aún así, encontramos la manera de seguir adelante», se despide.

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