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Opinión | Cuaderno de bitácora

María Oruña

María Oruña

Escritora

Pidan perdón al perro

Tres perros se bañan en una playa canina.

Tres perros se bañan en una playa canina. / ZOWY VOETEN

Lo que les voy a contar es cierto y juro por San Francisco de Sales, patrón de los escritores, que no falto a la verdad. Sucedió este mismo verano en la playa de A Calzoa, en Vigo. Una cálida tarde unos adolescentes jugaban, con marea baja y amplio espacio futbolero, a hacer regates. Practicaban en la zona habilitada para humanos, que está separada del arenal destinado a perros por una valla invisible que sin duda el Ayuntamiento de Vigo debe creer que es impenetrable. En esto, el balón salió disparado, se coló en el margen canino y casi roza a un perro diminuto, tipo Yorkshire. No llegó a tocarlo, pero el can ofreció un lastimero chillido y corrió a guarecerse tras los bártulos playeros de su dueña. La mujer en cuestión se levantó y, en la frontera invisible del arenal, retuvo el balón con el pie mientras se negaba a devolvérselo a uno de los chicos.

—Esto es agresión. Las multas llegan a tres mil euros.

—Perdone, pero ha sido sin querer y no le hemos hecho nada a su perro... ¿Me devuelve el balón?

—Lo habéis asustado —insistió, haciendo caso omiso a la petición del chico. —Lo podíais haber traumatizado.

El adolescente se quedó quieto sin saber qué hacer ni qué decir, y el asombro se dibujaba a la perfección en su semblante. Por fin, la mujer le devolvió la pelota y, al poco rato, llegó el padre del muchacho. Escuchó lo que había sucedido y, con humor, restó importancia al asunto. Se puso a jugar con los chicos a la pelota y, media hora más tarde, el elemento esférico en cuestión volvió a pasar cerca del perro, que aulló como si hubiese visto al ángel caído de los lobos del averno. Con determinación, el padre fue a recuperar la bola. La mujer había vuelto a levantarse para cogerla y se negaba a entregársela.

—Se la devuelvo, pero pídale perdón.

—¿Cómo?

—Que le pida perdón a mi perro. También tiene sentimientos, ¿o no lo sabe?

El hombre parecía dudar entre mandar a la señora a tejer a la Luna o entre telefonear directamente a un manicomio. Sin embargo, como si de pronto hubiese sido consciente de estar ante una persona desequilibrada ante la que resultaba inútil razonar, le pidió que le acercase el animal.

—Perdona, bonito.

Y con aquello acabó el drama, aunque el hombre apenas pudiese concentrarse después en sus regates, atónito ante lo que acababa de vivir y lo que acababa de hacer. En esta playa canina, sin embargo, no dejan de verse esperpentos: perros en carritos de bebé, perros con ropa canina, perros que reciben reprimendas maternales porque no han tomado la merienda. Lo cierto es que en Vigo, ya el año pasado, el número de perros septuplicaba el de niños de entre cero y cuatro años, y el asunto parece que va en ascenso. Se sustituye la maternidad y paternidad tradicionales por la canina y se humaniza a los animales hasta extremos enfermizos.

No crean que soy un monstruo insensible. Tengo perro y amo a los animales. Pero no entiendo esta involución, estos nuevos hábitos.

A mayor abundamiento, el Ayuntamiento de Vigo mantiene esta playa canina sabiendo que los problemas y discusiones son diarios, pues no hay vigilante, ni expendedor de bolsas, ni de agua, ni duchas caninas. Se les acaba de ocurrir disponer la antigua base de una ducha en desuso como un monolito tipo Stonehenge en mitad del arenal, supongo que para marcar la línea imaginaria que separa humanos sin perro de los que vienen con su mascota. Dado que no hay vallas militares ni aviso de minas explosivas, muchos dueños de perros pasan por completo de esta frontera invisible, y el lío ya está servido. Todo parece un plan dispuesto para que surja la batalla, y da lo mismo: lo importante es que el público electoral sepa que hay playa canina, y da igual la total carencia de medios de seguridad y de higiene: ni les cuento el olor de esas aceras adyacentes a la playa, que nadie baldea con agua jabonosa jamás.

El otro día hablaba con mi abuela por teléfono: tiene noventa y ocho años, y me decía que este mundo en el que vivimos parece otro planeta, que no entiende nada. Yo tampoco, abuela. Yo tampoco.

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