Opinión | Quod bonum tenete…!

Sacerdote y periodista
Eso del soñar despierto

Eso del soñar despierto
Lo compré como refrán chino fetén y no como un dicho en envoltorio de cuento chino. Denota sabiduría y he constatado en distintos individuos que es impepinablemente certero. Así reza el refrán mandarín: «los hombres fuertes son sus voluntades; los débiles, sólo sus deseos».
Coincide con los escolásticos tomistas que afirmaron copiando a Agustín de Hipona que «homines sunt voluntate», es decir, los hombres son lo que sea su voluntad, su decisión continuada, sus ganas, su esfuerzo perseverante. La personalidad e incluso frecuentemente la situación vital y profesional es fruto de lo que en algún momento nos propusimos como ideal y luego en consecuencia buscamos los andamios para lograrlo. Por el contrario, los desencantos y las frustraciones sobrevienen a nuestras actitudes de perezoso espejismo emocional, como ecos de lo que sólo fueron alguna vez ilusiones de la imaginación, que ya la santa abulense calificó como «la loca de la casa», a la que no se debe atender como brújula de vida.
Seguramente la mayoría somos conscientes de que en algún momento de nuestras vidas, más en la adolescencia y juventud, hemos «soñado» sin estar en el lecho e inconscientes. Quizá tumbados en la toalla de la playa ojos cerrados y al sol, en un momento aburridísimo de estudio obligatorio en la etapa de colegial, en una lluviosa tarde de invierno oscuro y sin planes previos con la pandilla o en ese otro instante que ahora al lector le viene a la memoria como típicamente suyo y muy personal. En situaciones así hemos soñado fantasías irreales y películas mentales, como protagonistas de enamoramientos platónicos, de aventuras que habíamos leído o no, pero que sirvieron en su momento para escabullirse del agobio de un intragable momento o para subir el ánimo del ego psicológico cuando estábamos muy de capa caída. Otras veces ese soñar despierto, consciente o inconscientemente, ha servido para ir perfilando —como quien deshoja la margarita del futuro ¡cuántos incontables minutos!—, el proyecto vital de lo que cada uno quiso llegar a ser y en lo que ahora estamos o ya hemos abandonado; pues efectivamente, siendo realistas, aquello que imaginábamos no era lo nuestro. Bendito ese sano soñar despierto que ha servido en su momento para seleccionar caminos y discernir alternativas.
Solo para encender el semáforo en ámbar si fuera el caso, quiero referirme a otras ensoñaciones excesivas o adaptativas. Esas que acaban siendo enfermizas por adictivas y patológicas y reclaman urgente atención y cuidado médico.
Porque precisamente estoy escribiendo sobre esta temática para agradecer internamente lo que yo he recibido entonces, en mi adolescencia estudiantil. Y para poner sobre aviso si es preciso a educadores, padres y amigos que pudieran ayudar a quienes en su situación actual de adolescencia o juventud atravesasen momentos semejantes a los de nuestra experiencia personal.
Recuerdo que a mis 14 o 15 años, charlando confiadamente con alguien a quien de vez en cuando abría en canal mi vida, mis sueños y mi alma de adolescente, me quejé contra mí mismo de que «a mis horas de estudio últimamente les falta intensidad, como que en atención me sorprendo mariposeando con películas y distracciones imaginarias». Algo así debí manifestar pues soy consciente de que la lección que sobrevino fue pausada, intensa, lúcida e inolvidable. En un fascinante cursillo breve, amigable y coloquial se me ilustró sobre mi dispersa psicología de adolescente que debía controlar para madurar; sobre lo que soñamos ser a esas edades y lo que somos realmente fuera de lo soñado; también de cómo alcanzar con constancia y carácter lo que algún día queremos llegar a ser...
Aquel hombre tomista y excelente pedagogo que educaba muy cercano y clarito, me enseñó aquel día que homines sunt voluntates! Yo luego convencido y agradecido lo he reiterado muchísimas veces en latín o en castellano a mis alumnos, a mis lectores y a mis amigos. Y eso porque aún no me había llegado esta versión ¡en chino!
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