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Opinión | Ni diestro ni siniestro

Jesús G. Maestro

Jesús G. Maestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo

Tus libros, en peligro de extinción: ¿qué es el «Proyecto Panamá»?

Tus libros, en peligro de extinción: ¿qué es el  «Proyecto Panamá»?

Tus libros, en peligro de extinción: ¿qué es el «Proyecto Panamá»?

Si todos los libros del mundo desaparecieran, bastaría un solo ejemplar del Quijote para recuperar la totalidad de la literatura universal. Digo esto porque si damos crédito a una serie de informaciones publicadas recientemente en la prensa de Estados Unidos y Alemania, parece que hay un proyecto para destruir físicamente todos los libros habidos y por haber con el fin de escanearlos y alimentar a la inteligencia artificial. Por si acaso, asegúrense de tener en casa un ejemplar del Quijote.

Los libros son la caja fuerte del conocimiento. Sin embargo, hoy se anuncia una inquietante posibilidad: que los libros se destruyan precisamente para que ese conocimiento sobreviva... convertido en datos.

Esta paradoja no es un cuento de Borges ni pertenece a la literatura fantástica, sino a una controversia que ha salido de los tribunales estadounidenses y que obliga a preguntarse qué futuro espera al patrimonio bibliográfico en la era de la inteligencia artificial.

La noticia tiene nombre de país y de canal: «Proyecto Panamá». No se trata de una historia de espías ni de una fábula conspiranoica, sino de la denominación aparecida en documentos judiciales relacionados con Anthropic, una de las empresas más relevantes del sector de la inteligencia artificial.

Según la documentación revelada en Estados Unidos y difundida inicialmente por The Washington Post, la compañía habría diseñado un procedimiento para adquirir grandes cantidades de libros impresos, escanearlos mediante técnicas de digitalización destructiva —que implican desmontar físicamente los volúmenes para obtener imágenes de alta calidad— y utilizar posteriormente ese material como fuente de entrenamiento para sus modelos de inteligencia artificial.

El periódico alemán Frankfurter Rundschau ha ampliado posteriormente esta información mediante entrevistas con especialistas y un examen de las consecuencias culturales y económicas del fenómeno.

Diversos libreros europeos especializados en libro antiguo y de ocasión observaron durante meses una demanda extraordinariamente elevada de determinados títulos, adquiridos en grandes cantidades por compradores vinculados al desarrollo de sistemas de inteligencia artificial. Lo que la gente no lee lo engulle, como una gomia, la IA.

Mientras tanto, el mercado del libro también comienza a experimentar transformaciones irreversibles. Si una parte significativa de los ejemplares antiguos o descatalogados termina en procesos de digitalización destructiva, la disponibilidad física de determinadas obras podría reducirse progresivamente.

Aunque el contenido permanezca digitalizado, el objeto material desaparece. Y con él desaparecen también elementos que forman parte del patrimonio cultural: ediciones, anotaciones, encuadernaciones, variantes tipográficas, huellas de lectura e incluso la propia posibilidad de volver a consultar el volumen original.

La cuestión trasciende, por tanto, el ámbito económico. Afecta a la conservación del patrimonio bibliográfico y plantea una pregunta de fondo: ¿qué ocurre cuando el conocimiento deja de estar distribuido en millones de bibliotecas públicas y privadas para concentrarse en enormes infraestructuras digitales pertenecientes a unas pocas compañías tecnológicas?

¿Se imaginan que, una vez que hayan devorado todos los libros antiguos disponibles en el mercado, el proceso se extienda a hacer lo mismo con las bibliotecas nacionales y públicas de los diferentes estados del planeta? No lo descarten, porque el mercado se come al Estado desde hace ya varios años. Y la democracia le pone más ojitos al comercio que consideración a sus propios votantes.

A ello se añade otro fenómeno igualmente novedoso. Los mismos sistemas entrenados con millones de libros comienzan ahora a producir cantidades prácticamente ilimitadas de nuevos textos. El acceso al conocimiento impreso se verá inundado y saturado por publicaciones generadas de forma automática, hasta el punto de imposibilitar la visibilidad de obras escritas por seres humanos.

Es la deshumanización del conocimiento y la derogación de la literatura. La abundancia de contenido produce un efecto paradójico: cuanto más se escribe, más difícil resulta leer algo valioso. La IA no puede escribir literatura, pero puede simularlo, sobre todo ante lectores que no distinguen un texto literario de otro que no lo es. Y sin formación literaria, nadie puede parar los pies a la IA.

Conviene, sin embargo, evitar las conclusiones apresuradas. Que haya documentos judiciales sobre toda esta trama no significa que todas las interpretaciones derivadas de estos hechos sean igualmente ciertas. La prudencia intelectual exige distinguir constantemente entre prueba documentada y valoración interpretativa.

Lo que sí parece indiscutible es que asistimos a una transformación histórica de enorme magnitud en los procesos de escritura, conocimiento y creación literaria. Es algo comparable, por sus consecuencias, a la Revolución Industrial y a la deshumanización del trabajo. Entonces las máquinas alteraron el valor humano; hoy la inteligencia artificial comienza a modificar el valor de la producción, conservación y circulación del conocimiento.

Quizá dentro de unas décadas recordemos este momento como el comienzo de una crisis cultural sin precedentes, o tal vez como el nacimiento de una nueva etapa de la civilización, donde todos vivamos en un orwelliano tercer mundo semántico. Nadie puede saberlo todavía. Lo único seguro es que, mientras debatimos sobre algoritmos, derechos de autor y modelos de entrenamiento, miles de libros desaparecen silenciosamente de estanterías, librerías y acaso bibliotecas. Algunos acabarán en nubes digitales. Otros dejarán de existir como objetos físicos para siempre.

Y esa circunstancia, por sí sola, ya merece una reflexión mucho más profunda de la que hasta ahora hemos querido concederle. El mundo anglosajón impone un nihilismo globalista, no sólo vital, sino también bibliográfico. Lo dicho: asegúrense de tener en su casa un ejemplar del Quijote.

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