Opinión | Dramatis Personae
Las islas fugaces

Grabado de la efímera isla Ferdinandea.
Allá donde vamos siempre estamos nosotros. No se puede remediar. Fernand Braudel defendía que la geografía determina en gran medida el desarrollo de las civilizaciones y el devenir de sus acontecimientos. En realidad, es el hombre el que contamina con su codicia cualquier porción de tierra firme o mar que descubra a su alcance. Nos hemos convertido en verdad en ese virus que ha infectado la corteza del planeta y que ya horada sus entrañas.
«¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra?», cuentan que escribió el jefe indio Seattle en 1854 al presidente de los Estados Unidos Franklin Pierce en respuesta a su oferta. Poco importa que se tratase de un discurso anterior que se embelleció en la transcripción o de la falsificación de un guionista texano en 1971. La pregunta sigue resultando pertinente. Nos hemos inventado a Dios para justificar que consideremos su herencia esta arcilla que hollan nuestros pies. Hemos empleado su don de la palabra para apropiarnos del horizonte que nuestros ojos contemplan. Sentimos poseer aquello que cartografiamos.
«Las Malvinas son argentinas», rezaba la pancarta que sacaron los jugadores albicelestes tras derrotar a Inglaterra. El gobierno inglés ha instado a la FIFA a adoptar sanciones por este agravio sobre las Falklands. Al menos Gibraltar se ha llamado siempre igual en ambos lados de la verja, que ahora al fin se derriba. Los mayores crímenes se justifican en quién plantó primero su pendón o a quién se nombra antes en las fábulas de un anciano libro.
En todas las generaciones y lugares se ha soñado con una nación nueva o un territorio inexplorado, sobre los que recuperar un pasado que jamás existió o edificar un paraíso que jamás ha sido posible. Ese Make America Great Again, sin precisar qué época se reivindica. Esa Ítaca de los catalanes, que los impulsa a la vez que los frustra. La Ítaca a la que Odiseo regresó ya no era la misma de la que había partido. Su nostalgia había urdido la que anhelaba.
Muchos filósofos eligieron islas para disertar sobre las sociedades perfectas que deseaban, como Moro en su Utopía. Pero ninguna isla, ni siquiera la más remota o efímera, se libra de nosotros. En julio de 1831, las erupciones elevaron el volcán Empédocles, hasta entonces submarino, hasta 65 metros sobre el nivel del mar. Gran Bretaña la reclamó enseguida, bautizándola Graham. El reino de las Dos Sicilias le dijo Ferdinandea. Un destacamento francés desembarcó sobre la que denominaron Julia. España manifestó igualmente su derecho. Cuando la flota británica navegó en diciembre hasta aquellas coordenadas, no quedaba rastro de ella. Había vuelto a sumergirse.
No concluye ahí el relato de nuestros desvaríos. La isla ha dormitado desde entonces casi asomada a la superficie, entre 25 y 5 metros de profundidad. En 1980 un avión estadounidense la confundió con un submarino libio y la bombardeó. En 2002, varios buceadores italianos anclaron en su cima su bandera y una placa: «La isla Ferdinandea era y sigue siendo de los sicilianos».
Hoy ambicionamos las simas más profundas e incluso las estrellas más distantes, aunque nos sean imposibles. Parcelamos ese cielo que el jefe Seattle consideraba inalienable y será el catrastro por lo que guerrearemos cuando alcancemos Marte. Allá donde vamos siempre estamos nosotros. No se puede remediar. Al menos hasta el día en que dejemos de estar. «Somos islas», compuso Mike Oldfield y cantaba Bonnie Tyler, que en paz descanse. Islas fugaces.
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