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Opinión | Anomalías

Eduardo Armada

Eduardo Armada

Escritor y fotógrafo

Una vida en retaguardia

El actor Robert Duvall, como el coronel William Kilgore en «Apocalypse Now».

El actor Robert Duvall, como el coronel William Kilgore en «Apocalypse Now».

No conozco la brutalidad de la guerra. Todas mis batallas las he librado conmigo mismo y solo he asistido al horror desde la seguridad de una sala de cine. Así he vivido siempre, a salvo. Una vida en retaguardia.

En una vida en retaguardia, la guerra es Willem Dafoe arrodillado en un claro de la selva con los brazos extendidos, muriendo a cámara lenta mientras suena el bello y emotivo Adagio para cuerdas de Samuel Barber. Es Rambo liándola parda en el pueblo de Hop, o el capitán Willard navegando en una barcaza por el río Nung en busca del enloquecido excoronel Kurtz, interpretado por un Marlon Brando que apenas asoma entre las sombras.

«Me gusta el olor a napalm por la mañana», decía el coronel William Kilgore, comandante de un escuadrón de helicópteros de ataque. Los aviones rocían con napalm una aldea del Vietcong mientras suena la música de La cabalgata de las valquirias.

Una vez tomada la playa, Kilgore y algunos de sus hombres se lanzan a surfear en medio de la artillería enemiga. Eso es lo que recuerdo y lo que sé del napalm, no que arde a mil grados de temperatura y se adhiere como gelatina a los objetos que toca, incluida la piel humana.

Más allá de las pantallas de cine, en las guerras que prosperan en estos tiempos de impunidad, yo sigo en la retaguardia. Combato desde el sofá, bajo la cálida luz del flexo de lectura y con los pies reposando en un mullido cojín sobre la mesa, lo que no me libra del peso del pudor y la vergüenza. ¿Por qué? ¿Por la suerte que he tenido? ¿Por los privilegios de los que disfruto? ¿Por haber llevado una vida plácida y modesta y aun así ceder al impulso de contarla?

Como objetor de conciencia, no realicé el servicio militar, así que nunca he cogido un fusil. Ni siquiera lo he visto de cerca. Mi única experiencia con armas de fuego son las escopetas de balines en las fiestas del barrio donde crecí, tratando de romper a tiros las serpentinas de las que colgaba algún objeto de deseo: una navaja con mango de marfil, un Casio sumergible, una baraja de cartas con mujeres desnudas.

Cuando un amigo se hizo con una de esas escopetas, cambiamos de objetivo y comenzamos a cazar lagartijas y dispararle a los gatos. Y a los pájaros. Nos apostábamos detrás de un muro y apuntábamos al cuerpo diminuto de un gorrión en alguna rama. Había que contener la respiración en el momento de apretar el gatillo –eso nos habían dicho– para evitar la trepidación del arma. Si acertábamos, corríamos exultantes hacia la presa, desplomada sobre la hierba, con la cabeza o las plumas del pecho ensangrentadas, y allí nos quedábamos, mirando sin saber muy bien qué hacer.

En realidad no sabíamos siquiera por qué habíamos disparado. Solo que matar era un divertimento. Una mezcla de adrenalina y arrogancia por haber abatido la presa desde lejos. Las chicas se horrorizaban. Los chicos alardeábamos de nuestra habilidad para matar a larga distancia. Pero el pájaro seguía en la hierba y ninguno se atrevía a tocarlo, apenas un tanteo con la punta del pie para cerciorarnos de que estaba muerto.

Luego, nada. De vuelta al muro a matar la tarde, instigados por ese instinto primitivo que con el tiempo fuimos domesticando.

Ese, pienso, es el poder de la cultura, una capa invisible que nos envuelve y nos protege y nos aleja aunque sea un poco de la barbarie. Una capa fina, en todo caso. Pero entonces ni siquiera eso, solo el desconcierto de un gorrión manchado de sangre sobre la hierba, con un perdigón dentro.

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