Opinión | Dramatis Personae
El barrio

Vista de la ciudad de Prípiat, tras ser abandonada. / Sergey Dolzhenko | EFE
He salido como cada mañana, de recados. En el portal le he sujetado la puerta a Lucila, que años después de enviudar volvió a enamorarse y siempre parece ajetreada. «¡Qué mayores están tus hijas!», se ha asombrado. Me he cruzado a Juan, nada más asomarme, y me ha relatado lo bien que aguanta el tratamiento. Ya Divi, su mujer, me lo había contado en el gimnasio. Gael, el primogénito de Arturo y María José, ha pasado a nuestro lado. Se mudará a otra ciudad por la universidad, esa aventura, cuando concluya el verano. Javi me ha redondeado a la baja en la carnicería y en el supermercado Luisa ha presupuesto que necesitaba bolsa. Nunca me acuerdo de llevar una. Antes me atendía Kelly, que sigue tan pizpireta tras jubilarse. Hoy, cosa rara, no he visto a Manolo, que me recita las genealogías viguesas, ni a Reyes, la presidenta de mi peña céltica, con su elegante andar de pasarela pese al maltrecho calcaño. Rocío teclea tras el cristal de su oficina. De noche, si salgo pronto, nos tomaremos una cerveza con el resto de la pandilla. Sabrina nos las sirve sin necesidad de especificárselas, a cada uno según su gusto. Discutiremos a voces en la tertulia igual que Carlos en la mesa de al lado. Lo he visto apresurarse hacia la fábrica. Esta semana entra a mediodía. «Todo bien», nos hemos dicho. He regresado a casa, a cocinar, con las piernas cansadas y el alma llena.
Recorro estas aceras, en fin, como antaño mi padre, repartiendo sonrisas y saludos. Algunos son amigos y de muchos conozco, al menos, el nombre y un atisbo de sus biografías. También inclino la cabeza o musito un hola a otros por habernos visto tanto, sin saber en realidad quiénes somos. El viento nos ha congelado en la rotonda, delante del colegio, esperando a los niños. Nos hemos guarecido de la lluvia bajo las marquesinas. Hemos esperado turno en el cajero del banco, el despacho de la lotería y el estanco. Hemos asistido o eludido las misas de doce. Los años nos han atravesado a la vez. Recordamos la cuesta sin asfaltar y la cancha al aire libre, donde los adolescentes se retan, cuando aún era un descampado. Conservamos la arqueología de los comercios que han ido abriendo y cerrando. Hemos envejecido juntos, en la sequía de los anhelos. Nos acechan las mismas nostalgias.
Cada barrio, antes que sobre cemento y ladrillo, se edifica sobre la delicada coreografía de sus vecinos. Cientos de existencias se trenzan, como en un tejido de encaje, en esa geografía tan precisa, aunque no sabríamos delimitar sus fronteras. Nos abrazamos al vernos o nos rozamos sin querer. Nos afectamos e influimos o quizá, para la mayoría, sólo revoloteemos por sus paisajes como una bandada de estorninos. Incluso así, de alguna manera, nos tenemos por íntimos. Compartimos el relato de nuestras vidas.
En 1986, cuando no les quedó más remedio que revelar lo que había sucedido en Chernóbil, las autoridades soviéticas desalojaron a los 50.000 habitantes de la cercana Prípiat. Para reubicarlos se construyó otra ciudad, Slavútich. Algunos, pese al riesgo de contaminación, acabaron regresando a sus hogares. «Samosely», los apodan. Autoasentados. No fueron capaces de renunciar al lugar donde habían sido felices. Los que aún viven, ya ancianos, comparten hoy sus vecindarios con turistas excéntricos, animales asilvestrados y una frondosa maleza que lo cubre todo. También con los muertos que un día transitaron esas calles. Un barrio también pertenece a sus fantasmas. Como mi padre, que aún camina, repartiendo sonrisas y saludos, cuando cierro los ojos.
Suscríbete para seguir leyendo
- Dónde (y dónde no) ver el eclipse de este miércoles cerca de Vigo
- El cultivo de la cebada se extiende por Galicia: Hijos de Rivera se alía con 27 agricultores de A Limia y alcanza las 850 hectáreas
- Cada año 200 profesores piden compaginar la docencia con otro puesto de trabajo
- Denuncian a la protectora Os palleiros de Pontevedra por la desaparición y acogida posterior de una perra en Poio
- El Casino de Pontevedra mantiene la tradición: 22 chicas, «presentadas en sociedad»
- Dos policías nacionales salvan a una mujer que se quedó inconsciente al atragantarse en un bar de Vigo
- Pinchan las ruedas de 10 coches de portugueses en la playa de Areacova
- «Montando guardia» ante el escenario de D.Valentino en Pontevedra: «Yo llevo aquí desde las nueve»
