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Opinión

Emma Placer

Emma Placer

Psicóloga y sexóloga

La crisis que no era una crisis

La crisis que no era una crisis | //@A2C_ILUSTRACIONS

La crisis que no era una crisis | //@A2C_ILUSTRACIONS

Hoy mi hermana cumple cuarenta años. Lo digo así, de entrada, porque me parece una coincidencia demasiado buena como para no aprovecharla. Justo el día en que se publique este texto, ella estará entrando oficialmente en esa década a la que tanta gente mira como si fuese una montaña rusa emocional: de un lado la juventud; del otro las cremas caras, las cervicales y las frases tipo «yo antes salía un jueves».

La famosa crisis de los cuarenta tiene muy buena prensa. «Los 40 son los nuevos 30». O mala, según se mire. Se ha convertido casi en un género propio: alguien cumple años, se mira al espejo, se compra una moto, se apunta a crossfit, se corta el flequillo o decide que necesita «reencontrarse». Como si reencontrarse fuese una actividad que pudiésemos reservar en una app, entre el dentista y la revisión del coche.

Para hacer justicia: crisis puede haber a los cuarenta, a los cincuenta, a los sesenta y también a los treinta y siete un martes cualquiera, mientras buscas donde aparcar. La vida no espera a los números redondos para movernos el suelo. Lo que pasa es que las décadas tienen una fuerza simbólica enorme. Nos obligan a hacer balance, aunque nadie nos lo haya pedido.

A los cuarenta suele aparecer una pregunta incómoda: «¿Esta era la vida que yo quería?». Y no siempre se formula con drama. A veces aparece como un susurro, mientras recoges la cocina, mientras contestas un correo, mientras ves una foto de esas sugeridas «hace 10 años». La movida tiene que ver con expectativas, con duelos pequeños, con decisiones tomadas y con caminos que ya no serán. También con el cuerpo, claro. El cuerpo cambia, desea distinto, se cansa distinto y pide otras cosas.

Desde la psicología se ha estudiado mucho esa bajada de bienestar en la mitad de la vida. Hay investigaciones que hablan de una especie de curva en U: el bienestar tiende a bajar en la mediana edad y a remontar después. No significa que todo el mundo tenga una crisis ni que cumplir cuarenta venga con tormenta incluida, pero sí nos recuerda que hay etapas vitales especialmente cargadas de responsabilidad, comparación y cansancio.

A esa edad muchas personas están sosteniendo demasiado: trabajo, pareja, hijos, padres y madres que envejecen, hipoteca, cuerpo que cambia, amistades que se recolocan y una sensación de que hay que estar bien porque, en teoría, «ya eres adulta». Y ahí está parte del problema: confundimos adultez con no dudar, no necesitar, no parar.

Quizá la crisis de los cuarenta no sea una avería. Quizá sea una revisión. Un momento para mirar qué sigue teniendo sentido y qué estamos manteniendo solo por inercia. Tal vez no haga falta comprarse una moto ni irse a Bali. A veces basta con dormir mejor, pedir ayuda, decir algún no pendiente, recuperar el deseo propio y dejar de vivir como si hubiera un tribunal invisible puntuando nuestra vida.

Así que, hermana, bienvenida a los cuarenta. No te prometo que no haya preguntas, pero sí que algunas respuestas llegan mejor cuando una deja de pelearse con la edad. Cumplir años no es perder juventud. Es ganar perspectiva, y eso, aunque no quita el dolor lumbar, también tiene su punto sexy. Te quiero mucho, Alba.

Placeres, gracias por la lectura. Nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com.

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