Opinión

Escritora
Alguien a quien llamar

Una mujer mayor camina sola en una ciudad. // Rafa Arjones
Sucedió muy rápido, como casi todas las tragedias. Yo me encontraba en Oviedo y acababa de salir de una radio de hacer prensa, tarea en la que llevaba ocupada ya unas cinco horas desde el amanecer: para que luego digan de la vida holgazana y bohemia de los escritores. El caso es que, antes de ver al hombre que es protagonista de esta historia, escuché el impacto de su nariz en el suelo. No fue como si se rompiese un hueso, sino el alma entera. Había cruzado la calle y, en el bordillo de la acera, ya casi a salvo de los coches, se había tropezado. Sangraba bastante en la parte externa del arranque de la nariz, y se encontraba tumbado de bruces en el suelo, incapaz de levantarse. En la carrera para ayudarlo, calculé que tendría unos setenta años, aunque luego supe que contaba ya setenta y nueve.
Entre dos lo pusimos en pie, y descubrimos una rodilla lastimada, casi invisible bajo el vaquero, y un hematoma oscuro en una de las manos, con la que había intentado frenar el impacto. Sacamos todos los pañuelos de papel que llevábamos encima para detener la hemorragia, y pudimos ver con claridad el hueso blanco tras la sangre, pues parte de la piel se había desgarrado. Salió el personal de una entidad bancaria de enfrente y llamaron a una ambulancia. Es curioso: en ningún momento le pregunté su nombre al herido, y supongo que ya nunca lo sabré. Solo indagué si se mareaba, lo invité a sentarse sobre el bordillo alto de una farola tremenda de esas que viste Oviedo y, viéndolo bastante consciente, le pregunté a quién podía llamar de su familia para informarles de lo que había pasado, porque estaba claro que iban a tener que darle unos puntos y hacerle un buen chequeo.
«No tengo a nadie».
¿Cómo? –le pregunté, y no porque necesitase que me lo repitiese, sino por puro estupor, sobrecogida. «No tengo a nadie a quien llamar». Lo repitió con resignada costumbre, sin dramatismo ni congoja. Mientras esperábamos a la ambulancia –cuarenta minutos tardó, que menos mal que no había sido un infarto–, nos limitamos a acompañar a aquel hombre que era pura soledad, y que aprovechó para pedirle al del banco que por favor le sacase dinero en efectivo para pagar una factura de noventa euros a una gestoría. Y todo esto con el huesecillo del tabique al aire, como les cuento. Observé al hombre: aseado y bien vestido, pero con trazos en la ropa que mostraban falta de planchado habitual. El detalle de la gestoría me mostraba que era, sin duda, cumplidor, pero no podía saber si era justo o no que estuviese solo en la vida.
Tal vez se hubiese quedado viudo y no tuviese hijos, ni hermanos. O, lo mejor, sí que tenía a algún conocido amable en su vida, pero tal vez no quisiese molestarlo con sus cosas. Podía ser, también, que se tratase de una malísima persona que mereciese la condena lenta y tortuosa de la vejez en soledad; pero nadie es malo todo el tiempo, y lo cierto es que el hombre me dio una pena tan sólida que el estómago se me hizo pequeño. Una vez que llegó la ambulancia y se fue, deseé que un asistente social lo visitase en el box de Urgencias, le preguntase por su vida y le hiciese un seguimiento. Porque nos vendieron un Estado de Bienestar, una sociedad amable y envolvente, y yo solo sé que el país se llena de ancianos a los que nadie tutela ni vigila su deterioro cognitivo ni social. Es fácil, porque el Estado cuenta con un ejército de cuidadores gratuitos, que casi siempre son femeninos. No es un problema más, es el gran problema que nadie resuelve ni ataja, mientras en las altas cumbres solo se especializan en maquillar corrupciones y esquivar responsabilidades. Qué hastío, de verdad. Espero que todos ustedes tengan, en caso de tragedia, alguien a quien llamar.
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