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Opinión | Quod bonum tenete...!

Monseñor Alberto Cuevas

Monseñor Alberto Cuevas

Sacerdote y periodista

El rey como recurso, ¡no por favor!

Felipe VI acompaña al papa León XIV hasta el Falcon real.

Felipe VI acompaña al papa León XIV hasta el Falcon real. / E.P.

Me resultó verdaderamente emocionante y modélico el contemplar los preparativos para la celebración en Vigo del pasado Día de la Fuerzas Armadas y cómo muchos ciudadanos, no todos naturalmente, curioseaban con gusto, en los días previos, la tan anticipada previsión de lo que haría falta tener a punto para las jornadas más solemnes: altavoces, estructuras, graderío, vallas, tribunas… Y «me llenó de orgullo y satisfacción» el contemplar, en el día más importante de esas jornadas, la riada de ciudadanos y familias con sus niños que en bullicioso hormigueo caminaron hacia Samil y alrededores, para contemplar y agradecer la generosidad y entrega, en su marcial desfile, a las representaciones de quienes nos cuidan y defienden: Guardia Civil, UME y demás formaciones de tierra, mar y aire, éstas menos representadas a causa de la niebla, que ese día se empeñó en tomar por asalto, a traición y por las bravas nuestra ría. Pena de que, por el cielo, no hubo más remedio que rendirse. Todo lo demás, sensacional.

Sin embargo, con frecuencia y así sucedió, la noticia que ensombrece todo lo demás y lo avinagra, llega por algún detalle descuidado. Muchos titulares de los medios de ese día y al siguiente destacaron: «Se rompe la cuerda de la bandera de España durante el izado en el desfile del Día de las Fuerzas Armadas. El incidente ha ocurrido cuando ha partido el enganche por donde pasaba la cuerda durante uno de los momentos más importantes del acto y ante la mirada del rey Felipe VI que presidía la ceremonia…». Extraordinarias las fotos de los gráficos que recogieron ese vergonzoso momento –uno es periodista y naturalmente lo aplaude–; y rápida, prudente y discreta la reacción del monarca que solo con un gesto ordenó que permaneciese presidiendo el acto su bandera, la de su Casa y Guardia Real. Porque el Día de las Fuerzas Armadas sin que lo esté presidiendo la Bandera de todos, deviene en un sin sentido y un vacío institucional. Pues eso, Majestad, se llama estar al quite, gracias.  

No quiero entretenerme mucho más en el otro episodio que nos hizo disfrutar de manera extraordinaria a una gran mayoría de españoles -no a todos naturalmente-, en los primeros días del pasado mes de junio: el viaje pastoral del Santo Padre León XIV. Ahí nos quedan para el recuerdo y la pausada reflexión, preciosas y sencillas enseñanzas válidas para todos acerca de la libertad personal y social, la solidaridad con todos y en todo tiempo, la apertura a los que llegan de afuera quienes quiera que sean…

Sin embargo, con frecuencia y así sucedió, la noticia que ensombrece todo lo demás y lo avinagra, llega por algún detalle descuidado. Muchos titulares de los medios de ese día y al siguiente destacaron: «El capitán del vuelo de Iberia que iba a transportar al papa León XIV desde Tenerife a Roma, anunció que se había detectado un problema técnico y el avión no podía despegar; instantes después, el pontífice y su séquito abandonaron la aeronave. Finalmente, nos indicaron a los periodistas que desembarcáramos y entonces se supo que al papa le había ofrecido el Rey el avión privado para regresar a Roma».

Por no gritar enfadado como me pide el cuerpo: «¡chapuzas, que sois unos chapuzas incompetentes y descuidados!», tendré que alabar de nuevo la discreta finura del Rey que sabe estar al quite. Pero la moraleja debe ser que el prestigio de España, la calidad y la productividad, el hacer bien las cosas, es asunto de la responsabilidad personal y no puede estar a merced de que vengan el rey u otros a arreglar y limpiar las propias cagadas.

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