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Opinión | Dramatis Personae

En la niebla

La Tonada Nacional de Petöfi es recitada en público.

La Tonada Nacional de Petöfi es recitada en público.

Entre tantas otras cosas, también quise ser poeta. Creí serlo durante un tiempo o al menos cada vez que compuse un poema. En ese breve lapso. A veces de verso libre y a veces de rima consonante. De soneto y de endecha. En realidad, siempre de arte menor más allá de su métrica. Ninguno de mis ripios alzó jamás el vuelo. Ni los existenciales de la adolescencia ni los eróticos con los que me entretenía en las clases universitarias, sentado al fondo. Luego dejé de ir para jugar al tute y así quedó mi poemario, inconcluso. Me gustaría decir que lo quemé en un arrebato de ira o desesperación. Nada tan poético. Se me perdió en alguna mudanza como el más vulgar calcetín.

Ser poeta trasciende lo que se versifica. Supone una actitud antes que un oficio. Por sobre todo, una perspectiva. Esa dolorosa capacidad de penetrar en la verdad profunda de lo que sucede y de cómo lo sentimos. El poeta, en ocasiones, se arrancaría los ojos como Ray Milland por sus rayos X. La metáfora desnuda aquello que en apariencia disfraza. Como casi cualquier don, también este está maldito.

Los poderosos siempre han temido a los poetas precisamente por esa clarividencia. Una sátira de Juvenal hacía temblar a los césares. En la corte de los Austrias se airaban con las coplillas de Quevedo, que se susurraban en plazas y fondas. A Víctor Jara le machacaron las manos antes de acribillarlo. «Hace más daño con la pluma que muchos con pistolas», denunciaron de García Lorca. Miguel Hernández combatió desde las revistas igual que desde las trincheras y John McRae describió las amapolas que crecían sobre las tumbas de Flandes, ganando más batallas que los generales. «Grândola...», tronaron las radios e incluso las bocas de los fusiles se llenaron de claveles.

Patrias enteras se han fundado sobre un solo poema. La revolución húngara se inició el 15 de marzo de 1848, cuando Sandor Petöfi se alzó en el café Pilvax de Pest y le leyó a sus camaradas su Nemzeti dal. Luego todos recorrieron las alamedas, declamándolo a gritos. «¡Al Dios de los húngaros / le juramos / le juramos, que esclavos más / no seremos!». Aunque los políticos mercadeasen después en los salones y palacios, ninguneando a Petöfi, su voz seguía vibrando en la memoria de esos días. Lo vieron por última vez en la batalla de Segesvár. Nunca hallaron su cadáver.

Ya no parecieran relevantes los poetas. No por estos vecindarios. Se han enclaustrado en sus cenáculos. Los rechazan los editores y los ignoran los enamorados. Ningún miliciano canta «a galopar» y ningún niño recita a Gloria Fuertes, igualmente subversiva. «Nací para poeta o para muerto», confesaba. «Nací para puta o payaso». Y siempre escogió lo difícil. También el gazatí Refaat Alareer. Lo mató un bombardeo israelí de precisión el 6 de diciembre de 2023. Poco antes una llamada telefónica le había advertido de que lo asesinarían si no dejaba de escribir. Sí que importan. Sí que cuentan. Redactan nuestra redención aunque les cueste su condena.

Necesitamos a los poetas, hoy más que nunca. Esa sinceridad brutal que nos escrute y nos esperance. Siquiera la añoranza de haberlos comprendido un instante, comprendiéndonos de paso. Su pérdida nos extravía. «Eltünt, mint Petöfi a ködben», siguen diciéndose los húngaros cuando buscan algo y no lo encuentran. «Desaparecido, como Petöfi en la niebla».

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