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Opinión | Salud&Placer

Emma Placer

Emma Placer

Psicóloga y sexóloga

Food porn

@a2c_ilustracions

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El otro día iba caminando por el centro de Vigo cuando me encontré con un cartel enorme, fondo negro, letras rojas y una palabra muy directa: Vicio. Durante unos segundos no entendí nada. Pensé: ¿qué es esto? ¿Un local nocturno? ¿Una tienda erótica? Después vi que era una hamburguesería.

Mi intención no es hacer publicidad, ni buena ni mala. Pero reconozco que me dejó pensando. Porque, si una hamburguesa necesita presentarse como un vicio, algo estamos contando de nuestra relación con la comida. Como sexóloga, mi cabeza se fue rápidamente al otro lado del asunto: al porno, al deseo, al consumo rápido, a la dopamina y a esa promesa de placer inmediato.

Desde hace años se habla de food porn, comida porno o porno food, se ve en los hashtag de las redes sociales constantemente. No sé en qué momento empezamos a llamar pornográfica a una hamburguesa con queso cayendo por los bordes, a una tarta abierta en cámara lenta o a unas patatas fritas llenas de salsas vistosas. Pero la idea se entiende rápido: comida diseñada para entrar por los ojos, para provocar deseo instantáneo, para decirnos «cómeme ahora», no te lo pienses, gózatelo.

El problema no es disfrutar de una hamburguesa o una comida rica. No vengo aquí a quitarle la alegría a nadie ni a convertir el placer en pecado. El problema aparece cuando todo se diseña para excitarnos sin nutrirnos demasiado. Y no hablo solo de nutrición física. Hablo también de nutrición emocional.

Si se hace el paralelismo con el porno es por algo, y creo que no todo el consumo erótico es necesariamente dañino, pero cuando la sexualidad se reduce a estímulo rápido, cuerpos perfectos, escenas exageradas, disponibilidad total y cero contexto afectivo, empezamos a confundir excitación con encuentro. El porno puede enseñar a mirar, pero no siempre enseña a tocar. Puede enseñar posturas, pero no escucha. Puede enseñar intensidad, pero no intimidad.

La comida porno funciona con una lógica parecida: mucho brillo, mucho exceso, mucha salsa, mucha imagen, mucho «date el gustazo». Sí, la vida también necesita gustazos. Pero cuando todo placer se convierte en impacto, el paladar se acostumbra al grito y le cuesta escuchar lo suave. Igual que en el sexo: si todo tiene que ser espectacular, explosivo y peliculero, lo cotidiano empieza a parecer poco.

Y ahí está el riesgo. Que dejemos de disfrutar una comida sencilla porque no chorrea queso. Que dejemos de valorar un beso tranquilo porque no parece una escena. Que confundamos hambre con ansiedad, deseo con consumo, placer con compulsión.

Ya sabéis que soy una defensora del placer (solo faltaría, lo llevo de apellido), pero el placer de verdad, no el que nos empuja a tragar sin respirar. El placer que se saborea. El que deja espacio. El que no necesita siempre más cantidad, más intensidad, más estímulo. El que puede estar en una buena conversación, en una cena sin prisa, en una caricia lenta o una mirada larga y sinuosa.

Quizá por eso aquel cartel de «Vicio» me llamó tanto la atención. Porque cada vez usamos más palabras de adicción para vender placeres. Y no sé si eso dice más de la comida, del sexo o del cansancio que tenemos.

Placeres, comed hamburguesas si os apetecen. Mirad el queso fundirse si os da la gana. Pero por elección, no por coacción.

Nos leemos y escuchamos en www.saludplacer.com.

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