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Opinión | Haciendo amigos

El ruido y la furia

Un doble arcoíris en un día de mal tiempo sobre Vigo.

Un doble arcoíris en un día de mal tiempo sobre Vigo. / Marta G. Brea

Hoy me ha dado por pensar en los problemas. Yo, como todos ustedes, tengo mi pequeña colección de angustias y dolores. De hecho, hasta hace un instante estaba convencido de que mis problemas eran tantos como para componer una suerte de pirámide, cuya base estaría compuesta por una cantidad de bloques más pequeños en tamaño, pero mayores en cantidad. Sobre ellos otra fila, con bloques menos abundantes pero más voluminosos… Y así sucesivamente hasta el final de la suma, en la que ya solo quedarían dos problemas: uno en la cumbre de la pirámide y, el otro, la pirámide en sí misma, la constatación de que somos una pequeña gran composición de problemas. Y, una vez llegado a esta conclusión, me he quedado tan ancho. Pero qué bobo soy…

Porque, en realidad, esto mismo que acabo de describir somos todos y cada uno de nosotros en esa cosa extraña que es vivir.

En mi caso, estos son días en los que si uno se descuida al final no sabe ni por dónde le viene el viento: desde ataquitos de egolatría autoral y mala educación a carreras de absoluta urgencia al hospital. Noches de pesadilla, noches en blanco, noches de dolor. Estrés, angustia, tristeza, soledad… Y, por supuesto, al amanecer, después de una madrugada eterna (o dos, o tres, o…), es imposible encontrar nada bueno en ver salir el sol.

Por suerte, en un último instante de lucidez, llega el entendimiento necesario como para comprender que, en realidad, los auténticos problemas, los que de verdad importan, solo son esos dos o tres que están en lo alto de lo que tú creías que era un complejo entramado piramidal.

Porque, en realidad, el verdadero problema no es sino el dolor de las personas a las que queremos. Su sufrimiento, su tristeza. El resto…

El resto es ruido, el vocerío estúpido de toda esa gente estúpida que nos viene con sus estupideces, pequeños ataquitos de ego, furia y mala educación. Mala gente que camina y va apestando la tierra con sus odios, envidias y resentimientos, todo un elenco de idiotas convencidos de que no hay nada más importante que sus egos, sus avaricias y, en realidad, sus santos cojones, güevos y genitales varios.

Es entonces, envuelto en el medio de todo ese vendaval de ruido y furia, cuando por fin recuerdas lo verdaderamente importante: la vida en sí misma. Y ojo aquí, que yo no vengo a estafarles con ningún manual de autoayuda de baratillo ni nada que se le parezca. Ni se me ocurriría pretender tal cosa, ni mucho menos venirles con mandangas sobre lo bello que es vivir, los unicornios de colores y los arcos iris de mierda. De sobra sé que sí, que a veces la vida es hermosa, como también sé que en muchas otras ocasiones es todo lo contrario, una bestia feroz, injusta y tan caprichosa como despiadada. Si lo sabré yo… Pero, si algo les puedo asegurar con respecto a esa misma vida es que siempre, absolutamente siempre, es breve. Un poco como en el chiste aquel de Annie Hall, ¿lo recuerdan? En un hotel de montaña, un turista se queja a otro: «Aquí la comida es asquerosa», a lo que el otro le responde «Sí, y además las raciones son tan pequeñas…». Al final, la única verdad que importa es justamente esa: asquerosa o bella, la vida es, sobre todo, breve, de manera que no, no vale la pena malgastarla en dejarse llevar por el ruido y la furia.

Miren, la próxima vez que nos veamos ya habrá llegado el verano. Confíen en esto que les digo y, en la medida de lo posible, permítanse disfrutarlo. Hagan de todo si pueden. O, mejor aún, no hagan absolutamente nada si no les apetece. Apaguen el mundo, dense permiso para estar en paz. O, en su defecto, para estar lo más tranquilos posible. Para rascarse la barriga a manos llenas. Para no dejarse arrastrar por la corriente de los imbéciles. E incluso, llegado el caso, para disfrutar con la pronunciación de esa frase tan necesaria y maravillosa como a veces olvidada: Anda y que te folle un pez, imbécil…

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