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Opinión | Dramatis Personae

Hecho verbo

Quisling pasa revista.

Quisling pasa revista.

Sólo existe aquello que podemos pronunciar. Cada palabra parcela el mundo y lo dota de sentido igual que el catastro que ordena un territorio. Sin ese encapsulamiento, nos aturdiría la bruma que nos compone y nos rodea. Hemos sido capaces de delimitar la luz del sol en su ocaso, por ejemplo. Hemos capturado en la tristeza esa congoja del pecho que en ocasiones amenaza con desbordarse. Sin ocaso y sin tristeza quedaríamos a merced de la noche.

El lenguaje, antes que describirla, genera realidad. Debatimos con ardor en las tertulias y los tribunales internacionales si lo que sucede en Gaza constituye un genocidio o lo pretende. Importa, aunque el dolor se sustancie en la aritmética irrebatible de los cadáveres. Del epígrafe del delito dependerá la condena. Del concepto que lo resuma, la memoria de los siglos.

No hace tanto que en España se batallaba por el matrimonio. Ya que procede de madre, se le negaba a los homosexuales en su unión civil. No era sólo una controversia etimológica. Querían enclaustrarlos en el gueto de ese apartado legal. Las fronteras más impenetrables se han construido a voces y así igualmente se derriban. Sólo perviven aquellas palabras que en algún momento se han desanclado de su raíz. Sus lindes se mueven igual que los marcos en la alevosía de las aldeas gallegas. Los salarios ya no se componen de sal, pero aún se cobran.

El lenguaje contiene en sí la historia que lo atraviesa. Cada término incluye su museo. Ya no se cuelgan literalmente los teléfonos ni se tira de la cadena en los servicios. No se emplean llaves en las llaves de contacto. Podemos asomarnos a otros tiempos y otras generaciones en ese fraseo igual que a las capas de arcilla de una cata arqueológica que denuncian aquel incendio o delatan su reconstrucción.

Incluso los seres humanos se pueden convertir en palabra. Pudiera parecer un honor y no existe, sin embargo, peor maldición. Tras la batalla de Gavinana, en 1530, los imperiales capturaron a Francesco Ferruccio, condotiero de los florentinos. Herido y desarmado, Fabrizio Maramaldo lo mató por antiguas querellas. «Cobarde, asesinas a un hombre muerto», le gritó Ferruccio, a quien se ha convertido en protohéroe del nacionalismo italiano. Un maramaldo, en cambio, es «una persona malvada y vil que se aprovecha de los débiles y los derrotados», definen los diccionarios. Maramaldeggia quien tal ruindad comete.

No sabía Maramaldo que ese apuñalamiento, un simple ademán tantas veces repetido por otros, preservaría su infamia. No lo imaginaba Vidkun Quisling cuando aceptó el gobierno de la Noruega ocupada por los nazis. Su fusilamiento al concluir la guerra le impidió saber que su apellido, en inglés, se ha convertido en sinónimo de colaboracionista. To quisle o to quislingize es la acción del traidor que se somete al dictado del enemigo.

El verbo se hizo carne para redimirnos. A veces la carne se hace verbo. España hoy pedrosanchea, asomándose a su feijoolización abascalada, sin que entre bandos se acuerde la acepción. El tiempo distinguirá benefactores de salvapatrias o si acaso ninguno de ellos merece más posteridad que el silencio. La única eterna palabra que atraviesa el universo.

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