Opinión | Ni diestro ni siniestro

Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Vigo
La formación profesional, una emperatriz inesperada

Alumnado de formación profesional. / Iñaki Osorio
Hace apenas una década la formación profesional era la cenicienta del sistema educativo. Nadie la envidiaba y todos pensaban que la universidad era el lugar donde se diseñaba el futuro. Hoy la situación ha cambiado de manera espectacular y la formación profesional se ha convertido en la emperatriz del aprendizaje útil y rentable. Estos días FARO DE VIGO nos informaba de que «Galicia bate récord en plazas de FP para el próximo curso: impartirá el primer ciclo superior internacional de España». Este es el futuro.
La universidad, por su parte, se queda en un limbo, anquilosada en sí misma y alejada de todo, atrapada en estructuras rígidas, burocráticas y desfasadas, con polvo de antaño en unas aulas hoy vacías y profesores que no saben qué hacer para que los más jóvenes les presten atención. En su lugar, jubilados y sexagenarios muestran un gran interés por el «alma mater», pero se trata de una motivación más bien limitada a las Facultades de humanidades, más como una terapia de grupo que como un objetivo profesional orientado al mercado laboral.
Cada vez más personas competentes optan por la formación profesional antes que por la universidad, y no por capricho, sino porque resulta mucho más práctica y eficiente. Incluso algunas universidades públicas se han visto obligadas a homologar títulos de formación profesional, como si se tratara de un besamanos al señor feudal. Pero… ¿para qué quiere alguien que ya trabaja que una universidad le certifique lo que ya sabe? La respuesta, sin duda, no la da la universidad, sino el mercado.
Porque aquí el mercado no es un invitado invisible, sino el rey absoluto. Los fondos de inversión compran centros educativos, privatizan el conocimiento y buscan rentabilidades de entre el 15 y el 25 % anual, con la eficiencia de un algoritmo financiero y la paciencia de un inversor que sabe que el tiempo juega a su favor. Los másteres privados, que oscilan entre 10.000 y 20.000 euros, convierten al alumno en cliente antes que en estudiante. No es un reproche, es la realidad: es la lógica de un sistema que ha mercantilizado el conocimiento de manera irreversible.
Incluso la universidad pública imita malamente esta ilusión de convertir a los alumnos en clientes, olvidándose de sí misma, es decir, ignorando que no es una empresa, sino un servicio público. Se le hace creer al alumno que dispone de una serie de derechos y objetivos que, sin embargo, la institución no siempre puede cumplir. Como consecuencia de ello, se inflan calificaciones, se regalan aprobados y sobresalientes y se generan expectativas que ni la mejor universidad del mundo podría sostener sin desautorizarse a sí misma.
Es un autoengaño impresionante: el alumno, como la institución, se traiciona a sí mismo, y juntos construyen una ilusión de éxito imposible que en realidad es una ficción compartida. Si alguien se sorprende de que determinados alumnos utilicen la inteligencia artificial para hacerse trampas al solitario en sus estudios académicos, basta recordar que la universidad lleva años practicando su propio juego de trampantojos y cancamusas, sólo que con otros métodos más sutiles y preservados. Es un pacto tácito muy parecido al que tenían Lazarillo y el ciego con las uvas: cada uno come más de lo acordado y nadie se escandaliza.
Otro fenómeno relevante es el papel de la ciencia en la universidad: la pública desarrolla investigación, sí, pero en muchos casos lo hace para satisfacer a las agencias de evaluación y acreditación, no para hacer avanzar el conocimiento. Investigar para una agencia controladora es muy distinto a investigar para la ciencia libre: la primera busca informes y métricas; la segunda, avances y descubrimientos reales y efectivos. Una impone obediencia, la otra exige resolver problemas reales.
Mientras tanto, la universidad privada se ha convertido en una institución cada vez más elitista, y no por excelencia académica, sino por barreras económicas. Sólo aquellas familias con recursos suficientes pueden permitirse pagar másteres de entre 10.000 y 20.000 euros; los demás se ven relegados a la oferta pública, donde los títulos son accesibles, pero las oportunidades económicas pueden ser menores y las posibilidades del mercado se minimizan.

Alumnado de formación profesional. / FDV
La paradoja es que la formación profesional, antaño ignorada, ha tomado la delantera gracias a su capacidad para adaptarse al mercado laboral, ofrecer resultados inmediatos y economizar años de formación. Dos años de FP pueden abrir la puerta al mercado laboral mientras que un título universitario exige más tiempo y dinero, sin garantizar necesariamente mejores oportunidades al cabo incluso de una década.
El conocimiento se ha convertido en un bien de inversión: rentable, medible y eficiente, pero sometido a criterios mercantiles que nada tienen que ver con la curiosidad intelectual o el pensamiento crítico.
En definitiva, la educación en España experimenta un cambio tectónico: la universidad pública lucha por mantenerse en posiciones relevantes, la privada crece con elegancia financiera, los fondos de inversión compran centros y programas y finalmente los estudiantes se convierten en clientes de un mercado que antes era patrimonio casi exclusivo del conocimiento.
La formación profesional, por su parte, ha subido al trono, y ha demostrado que utilidad y adaptación tienen hoy más valor que el grotesco prestigio académico tradicional. Y mientras tanto, el Estado mira, observa y quizá se pregunta si alguna vez entenderá que, en esta nueva partida, las reglas han cambiado. El profesorado universitario ha envejecido más en la última década que en los últimos cincuenta años.
En esta batalla ruidosa y visible, que nadie quiere ver ni oír, quienes ganan son aquellos que entienden que el conocimiento no es sólo teoría, sino rentabilidad: tiempo, inversión, utilidad y resultados laborales. La formación profesional ha aprendido la lección, y la universidad aún busca su sitio en un tablero dentro del cual va perdiendo una ficha tras otra, porque la FP se las come todas.
El mundo del siglo XXI no espera por los universitarios. No lo digo yo: lo han dicho los gestores de Palantir.
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